Cómo frenar los ataques en patota y las golpizas a la salida de los boliches

Opiniones

La herida narcisista de la exclusión del lazo social puede desencadenar una reacción violenta por parte de personas que sienten desesperación ante su vivencia de inexistencia.

Los fenómenos actuales de lo que parecería ser un incremento de las expresiones de ira, constituyen el reflejo de un clima social actual en nuestro país, en el cual cada vez más asistimos al resquebrajamiento del lazo social, y como consecuencia de ello la persona, su subjetividad, queda por fuera de lo que lo vinculaba de manera simbólica y relacional a sus semejantes.

A dos años del presunto asesinato de un joven por un grupo de forajidos a la salida de un boliche en La Plata, se suman regularmente otros jóvenes asesinados a golpes luego de noches de consumos problemáticos en boliches, casi como un epílogo inexorable a una excesiva pulsionalidad, cuya única expresión parece ser la agresión a un otro, frecuentemente en patota.

Chaco, castelli Feroz paliza a un joven a la salida de un boliche.mp4

Esto lleva a la anomia de la que hablaba el sociólogo E. Durkheim en la cual se pierden la cohesión social y el desmoronamiento de los valores que permiten un contrato social implícito de convivencia que de sentido a una pertenencia social. Múltiples son las causas.

Frente a dicha anomia, la persona se siente marginada e impotente y su reacción puede ser entonces de ira y violencia como respuesta equivocada a la misma. La ira es el fracaso de la posibilidad de resolución de conflictos por vía de la palabra en un contexto de desligazón social y pérdida de sentido grupal, donde se ha resquebrajado el contrato social, la persona no admite renunciar a sus pulsiones y la caída del valor de la palabra lo compele al pasaje al acto incontrolado.

Freud, en Malestar en la Cultura, ya había llamado la atención sobre la necesidad de renunciar en parte a la descarga pulsional directa para no caer en la barbarie. Es el precio y el tributo que la persona debe aportar para que se pueda funcionar en sociedad de manera civilizada, es decir sujeta al Código Civil, pero sobre todo a la ley simbólica de la prohibición de agredir al otro. El sujeto no puede constituirse de manera aislada, sino que se constituye en una permanente interacción con el otro. Si el lazo social se desagrega, eso tiene una implicancia directa en la construcción del psiquismo de la persona y en su capacidad simbólica de sentirse respaldado en su necesaria renuncia a la satisfacción pulsional directa.

La herida narcisista de la exclusión del lazo social puede desencadenar una reacción violenta por parte de personas que sienten desesperación ante su vivencia de inexistencia. La ira sería así una expresión pulsional directa de un sentimiento de impotencia. No sentirse respetado y tenido en cuenta como ciudadano, o incluso como cliente de servicios que no se brindan, aunque se paguen de manera directa o indirecta por intermedio de impuestos (salud, educación, transportes), atenta a la percepción de la propia subjetividad, e incrementa la vivencia de inexistencia de la persona.

La corrupción de ciertos dirigentes, la desvalorización del trabajo y del esfuerzo, la anonimización de los reclamos, someterse a largas colas que podrían subsanarse fácilmente, perderse en el laberinto de la burocracia, sentirse a la intemperie aún en su casa frente a la inseguridad que crece de manera exponencial, atenta a la percepción de la propia subjetividad y tiene efectos disolventes para la persona, generando violencia y a veces reacción de ira como expresión de desamparo.

La persona se siente estafada por una respuesta que en definitiva equivale a una no-respuesta. Es la caída de la palabra como mediadora de conflictos, lo cual compele al pasaje al acto violento como extrema tentativa de sentirse escuchado. La violencia como un desesperado intento de alcanzar el sentimiento de existencia. La persona presume, equivocadamente, que, si el otro se convierte en el putching ball de su violencia, aún si lo conduce a la muerte, se siente paradójicamente existir: al menos no se siente invisible. Si destruyo, existo.

Aunque el corolario sea auto-destruirse simultáneamente. La institución judicial nace justamente para regular y mediar los conflictos, evitando la ley taliónica. Si no se puede confiar en la misma como mediadora de conflictos, los litigios se hacen especulares y a la violencia del uno se responde con la violencia del otro en una espiral interminable.

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Algunas personas suelen pensar que la violencia social se mitiga con la violencia de las fuerzas llamadas de seguridad. A mayor delito mayor represión. No sostengo que los delitos no deban ser sancionados, pero se olvida a menudo que el castigo debería estar asociado a políticas públicas a largo plazo para prevenir la violencia. Las mismas deberían comenzar en las maternidades y jardines de infancia, favoreciendo el vínculo entre padres e hijos, crisol de todos los sentimientos humanos, desde los más loables hasta los más sádicos.

La violencia doméstica es la que genera odio y una cierta ”naturalización” de la violencia como modo de resolver conflictos. Modalidad que se transmite transgeneracionalmente. El niño sometido a violencia es probable que sea él mismo violento. Es la violencia doméstica que habría que prevenir, dándole al niño su verdadero estatuto de persona sujeto de derechos. Así como paliar a la violencia social que implica que haya niños desnutridos, en la calle y/o en situación de abuso. La manera de prevenir la violencia social es brindando al niño la posibilidad de ser querido, nutrido, cuidado, educado, es decir gozar de sus derechos de niño. Que su cuerpo y su psiquismo sean respetados y se le brinde la posibilidad de expresarse a través de una palabra escuchada, en su familia de origen o eventualmente en una familia substituta.

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Si bien la violencia es inherente a la condición humana, el desafío común a toda sociedad es lograr que pueda sublimarse de manera creativa. Si la descarga del enojo puede ser verbalizada, la misma no se convertirá en una furia enquistada en el psiquismo. La prevención de la violencia hacia la infancia es la mejor manera de mitigar la violencia social, haciendo de las personas ciudadanos responsables. No es una tarea fácil, requiere una acción permanente, con políticas a largo plazo que no se resuman a una acción meramente represiva.

En las sociedades desprovistas de sistema judicial, muchas veces la violencia social se canalizaba a través del sacrificio ritual, de animales o incluso de seres humanos, en su mayoría niños, como en la antigua Grecia o en la cultura andina. En su sistema de creencias, eran ofrendas a los dioses en busca de su benevolencia. La infancia ha sido desde el origen de la humanidad la que pagó el pato de la violencia social. No volvamos a la época del sacrificio, dejando a la infancia en situación de desamparo como exutorio de la violencia social. La sociedad está compuesta de niños y de adultos que alguna vez fueron niños.

La violencia probablemente no desaparezca, la violencia cero es un objetivo utópico. Las pulsiones destructivas son inherentes al ser humano. Pero se pueden mitigar. Se requiere una reflexión muy amplia y políticas públicas de prevención.

Médico UBA, Psicoanalista, Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina, Psiquiatra de la Universidad de París XII, Doctor en Psicología y profesor asociado de la Universidad de París-Nanterre, Profesor emérito de la USAL, autor de libro “En las huellas del nombre propio".

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