Alfonsín ni explica ni cuenta, justifica
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Raúl Alfonsín sigue debiéndole al público un volumen de memorias donde no busque, como en el que acaba de aparecer, justificaciones a los actos principales de su trayectoria política. En la foto aparece en una de sus inolvidables poses de campaña en 1983.
Igualmente inoportuno es concederle el balance de la experiencia del Alfonsín gobernante a la fidelísima Elva Roulet, que escribe un larguísimo epílogo de más de 70 páginas que pudo ser un libro aparte y que es previsiblemente complaciente. ¿Necesita Alfonsín -hasta hoy jefe indiscutido del radicalismo-fabricarse coronas de laurel en casa?
Alfonsín es en el trato personal un hombre interesante, ocurrente, pícaro, observador, memorioso, divertido en la charla, y era esperable que aportase ese segundo aspecto que se pretende de una «memoria», que es la anécdota.
Defrauda también el volumen en este terreno: la pluma de un hombre que mantuvo diálogos gravitantes con todo el abanico político de los últimos 30 años, que inauguró un estado nuevo en 1983, que se peleó en público y en privado con Ronald Reagan cuando éste estaba en su mejor momento, que frecuentó a contemporáneos de Fidel Castro a François Mitterrand, pasando por Felipe González y Gabriel García Márquez, no regala ni una anécdota, ningún retrato, pincelada o diálogo de ésos que suele brindar en persona a sus visitantes en las rondas de café de su oficina de la avenida Santa Fe en la Capital Federal o en las sobremesas partidarias.
Lo poco que trae de anecdótico tampoco es nuevo. Por ejemplo, los detalles de la negociación del pacto de Olivos en 1993 reproducen textual-mente el relato que el propio Alfonsín había hecho en un libro anterior, «Democracia y consenso» (1996).
Otras ráfagas de sensibilidad personal son intrascendentes, como cuando Alfonsín recuerda cómo durante el segundo alzamiento de los carapintadas la información que se recibía en la Casa de Gobierno venía de un empleado que escuchaba con una Spica radio «Colonia», fuente clásica de la información política en tiempos de censura.
Más entretenida es la anécdota en la misma página de cuando Alfonsín recibe en esa crisis de 1988 la amenaza de comandos rebeldes que pretenderían atentar contra él, y un grupo de amigos se organizó en su defensa. Eran Enrique Nosiglia, Leopoldo Moreau, Carlos Becerra, Raúl Alconada Sempé y Ezequiel Lanusse. «Los saludé diciéndoles que gracias a su presencia me podía ir a descansar tranquilo», se ríe el autor.
Un aporte que está entre la anécdota y la interpretación es, sí, el relato de la conversación con los carapintadas en 1987, cuando el ex militar Breide Obeid le pide una charla aparte y le explica las razones del alzamiento. Va a ser citado en el futuro como un testimonio importante de aquella época.
¿Revelaciones? Ninguna tampoco, y es algo que un editor debería ocuparse de arrancarle a Alfonsín para un libro futuro; el ex presidente es papelero, trafica escritos, libros y archivos y bien podría echar más luz sobre su propia biografía aportando datos que permanecen aún en la oscuridad: ¿existió el pacto sindical-militar o fue una patraña proselitista?, ¿negoció impunidad Alfonsín con los carapintadas?, ¿en qué términos le ofreció a Menem firmar juntos un indulto a los ex militares en la transición tumultuosa de 1989?, ¿se pagó el pacto de Olivos o es una infamia de sus detractores?
Nadie puede creer que el ex presidente, por más que esté interesado en construirse él mismo su pedestal, no tenga explicaciones solventes para los principales hitos de su biografía.
Si de explicar, o de contar, se trataba, el lector se queda con otra insatisfacción: la omisión en esta «Memoria» del triste capítulo de la alianza UCRFrepaso y su actuación como padrino del gobierno de Fernando de la Rúa, cómo peleó las leyes que ese gobierno necesitaba en el Congreso con la convicción de quien apreciaba más estar en el gobierno que cumplir con una cartilla ideológica, la pelea final contra Domingo Cavallo, la alianza con Eduardo Duhalde. De estos misterios, nada. Temas quizás para otro libro. Lo mismo su tendencia a imaginar «complots». Desde ya el último que denunció contra Kirchner para antes de marzo próximo no figura pero tampoco el que durante su gestión presidencial imaginó desde el periodismo al extremo de caer en el bochorno de imponer el estado de sitio durante una se-mana y detener a periodistas -otros se exiliaron-y es una vergüenza que elude.
Dista este libro de ser una creación de un hombre capaz de enseñar sobre sus errores. Apenas si trata de justificarlos, sin éxito.
Alfonsín será recordado como demócrata, incapaz de sobornar medios con dinero. También incapaz de provocar que alguien tema un exceso autoritario -su estado de sitio fue una anormalidad que pronto recapituló que era ridícula-o atentatorio contra su libertad.
Históricamente pese a ser tan mal administrador del Estado y poseer ideas tan retrógradas en política ya sin uso en el mundo, tendrá más recuerdos que sus correligionarios como Ricardo Balbín y Arturo Illia que dieron nombres a autopistas.
(*) Raúl Alfonsín, «Memoria política: transición a la democracia y derechos humanos», prólogo de Juan Carlos Portantiero, epílogo de Elva Roulet. (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2004, 340 págs.)




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