Fernando de la Rúa demostró ayer que no está dispuesto a que sus funcionarios sometan a discusión pública la política exterior de su gobierno en relación con el ataque sufrido por los Estados Unidos la semana pasada. El secretario de Desarrollo Sustentable y Medio Ambiente, Rafael Flores, difundió ayer por radio sus propias opiniones sobre lo que debería hacerse frente a los atentados y luego tuvo que renunciar. Fue lejos y casi justificó a los terroristas: entendió que esas agresiones están provocadas por un orden económico injusto. Abandonó un cargo que ejerció durante tres semanas por una razón gris, casi pueril: hablar de más.
De la Rúa saluda a la esposa del embajador de EEUU, James Walsh (izq.)
Fernando de la Rúa se comportó ayer de una manera inusual, al menos para quienes le atribuyen un temperamento dubitativo, reacio a las determinaciones rápidas y drásticas: ni bien leyó que el secretario de Desarrollo Sustentable y Política Ambiental había manifestado que «formar un ejército de cowboys no le hará nada bien a la Argentina» y que «no se debe seguir la política menemista», ordenó que lo echaran del puesto. El exonerado es Rafael Flores, un frepasista que entendió que entre las misiones de su cargo ecológico estaba también la de dictar la política exterior del gobierno. Ahora volverá a la Cámara de Diputados a la banca que no quiso abandonar cuando se lo convocó para el Ejecutivo.
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De la Rúa no especificó cuál de todas las declaraciones de Flores le molestó más. Si fueron las que se citaron más arriba o esa especie de justificación larvada de los atentados que contiene esta apreciación del flamante internacionalista: «No me cabe duda que la irracionalidad de un orden económico como el que hay hoy planetariamente también provoca la irracionalidad demencial de gestos terribles como éste».
Flores se había incorporado al Ejecutivo hace dos semanas, secundando a Juan Pablo Cafiero en el área ambiental del Ministerio de Desarrollo Social. Cafiero fue el encargado de transmitirle a su subordinado la decisión de De la Rúa, que justificó de manera procesal: «Ningún secretario puede opinar sobre la política que está siguiendo el gobierno en relación con los ataques terroristas». «Juampi» se mostró compungido, pero no solidario y decapitó a su compañero de partido. Antes le había llegado una sugerencia similar de Chrystian Colombo, a quien intentó convencer de que «ya arreglé todo, ya está claro que no debe seguir hablando». El jefe de Gabinete le hizo saber al ministro que la decisión había sido tomada, un instante antes, por el propio De la Rúa en su despacho de la Casa Rosada.
Más allá de la «petite histoire» de este funcionario santacruceño, sobre su cabeza se estableció ayer una ley tácita: De la Rúa no tolerará debate alguno sobre sus decisiones de política exterior en el seno del gabinete. Flores amenazó con convertirse en la hendija por la cual se infiltraría en el gobierno el ánimo disidente de dirigentes del partido que no comulgan con la «alianza y amistad» que el Presidente y su Cancillería cultivan con los Estados Unidos. Raúl Alfonsín, su vocero en la materia Raúl Alconada Sempé y Federico Storani fueron los primeros en insinuar su fastidio acaso para condicionar decisiones eventuales del Ejecutivo, como podría ser el envío de tropas a alguna operación conjunta. Es obvio: De la Rúa quiere evitar que las resoluciones de su administración en la arena internacional se conviertan en materia de debate en las reuniones de su equipo, como ya sucedió con el caso del voto argentino sobre la situación de los derechos humanos en Cuba.
Si el Presidente, Colombo y hasta el mismo Cafiero consideraron que la locuacidad de Flores era especialmente grave fue porque ayer mismo, al cabo de la habitual reunión de gabinete, los ministros escucharon un informe de Adalberto Rodríguez Giavarini y se conjuraron a mantener una posición unívoca sobre la participación argentina en la reacción internacional contra el terrorismo.
El destino de Flores terminó siendo curioso. Crítico del menemismo como los demás prosélitos de Carlos Chacho Alvarez, terminó sus días en el Ejecutivo como solían hacerlo los funcionarios del gobierno anterior: hablando de más.
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