¿Anécdota o anticipo de diálogo frustrado?

Política

La tendencia del gobierno a fantasear con conspiraciones tuvo ayer, como pocas veces antes, materia prima para florecer con los incidentes violentos registrados -casi en simultáneo en las dos orillas-entre argentinos y uruguayos por la crisis de la pastera Botnia.

No faltará quien se cuelgue de esa presunción con el argumento de que coincide con el respiro, luego de tanto forcejeo, que surgió tras la promesa de negociación entre ambos países a partir de la mediación que se ensayó en nombre del rey Juan Carlos.

De hecho, sobre ese proyectado pero difuso diálogo de Madrid caían ayer las dudas. ¿El episodio en Montevideo será sólo una anécdota o enturbiará todavía más el de por sí complejo vínculo entre las dos administraciones en torno a la papelera de Fray Bentos?

Algo es inocultable: luego de la trabajosa gestión de Juan Antonio Yáñez Barnuevo para volver a sentar a la mesa a las partes en discordia, el incidente entre asambleístas y uruguayos genera más rispideces.

El deseo del gobierno es, claro, que todo se agote ahí. «Fue un hecho deplorable y triste», tal la frase usada para referirse al revuelo en la plaza montevideana. Con un anexo: no involucró a los gobiernos por lo cual, en teoría, no tiene eco diplomático.

Sobre el caso de Colón la visión era otra: además de plantear que fue un conflicto entre pocas personas, la Casa Rosada interpretó el hecho como un indicador de que se debilita el planteo de bloquear los pasos con Uruguay. Salvo, aclaran, en Gualeguaychú.

  • Falta de acción

    Al margen, los entreveros de ayer en Montevideo y Colón, responden a una matriz más simple y llana: la falta de acción -o de reacción- de Néstor Kirchner frente a un conflicto (y sus efectos derivados) que no permite imaginar ninguna salida negociada.

    En Montevideo y en Colón hubo gritos, trompadas, fuego y amenazas de sangre. En dos marcadas diferencias: en Uruguay, intervino la policía charrúa para custodiar a los asambleístas y piqueteros argentinos; en Entre Ríos, en cambio, Gendarmería miró «de cerca».

    Esto último no sorprende. Salvo en el caso Buquebús, inyectado de otras cuestiones mundanas, la Casa Rosada decidió dejar hacer libremente tanto a los asambleístas que bloquean los puentes como a los vecinos o militantes que se oponen a los cortes.

    Un hecho similar, que involucró al mismo actor -el dueño de una estación de servicio lindera a la ruta-ocurrió en Colón en abril pasado. A fin de año, en Concordia un grupo logró evitar una movilización que se dirigíaa interrumpir el tránsito entre esa ciudad y Salto.

    En Uruguay, en tanto, hubo incidentes aislados con turistas argentinos a principios de año, pero lo de ayer fue diferente: la « visita» de asambleístas y piqueteros puede interpretarse como una provocación a pesar de que se hicieron sondeos oficiales previamente.

    El embajador Hernán Patiño Meyer consultó si las protestas serían permitidas y le informaron que sí. Pidió custodia para los argentinos que viajarían y ayer un grupo de uniformados uruguayos impidió que la agresión verbal escale a violencia física.

    En Colón, por el contrario, unos quince efectivos de Gendarmería que estaban apostados al lado del bloqueo, se limitaron a observar cómo un grupo de personas amenazaba a los asambleístas. Siguieron como observadores privilegiados cuando despejaron la ruta.

    Se mantiene así una regla de oro para la administración Kirchner: no intervenir para levantar los cortes ni, tampoco, actuar si se intenta despejar la ruta. Así y todo, nunca se dejará de manifestar la inconveniencia de los bloqueos para la negociación.

    Hay un dato adicional: los gritos y apretujones de uruguayos en la plaza de Montevideo contra una comitiva de argentinos que retransmitió la TV de ambos países, modificó la percepción sobre el rol, autoimpuesto, de « víctimas» de los uruguayos.
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