7 de septiembre 2004 - 00:00

Angulo, casi un duhaldista, nuevo embajador español

Néstor Kirchner, Eduardo Duhalde y Carmelo Angulo Barturén
Néstor Kirchner, Eduardo Duhalde y Carmelo Angulo Barturén
Así como Néstor Kirchner creyó encontrar ventajas en que su representante ante José Luis Rodríguez Zapatero sea un amigo del socialismo español como Carlos Bettini, Zapatero supone que las relaciones con la Argentina se encaminarán mejor si designa como embajador a un allegado al PJ. El Bettini de Zapatero será Carmelo Angulo Barturén, para quien la cancillería española pidió el plácet la semana pasada. Miguel Angel Moratinos, el ministro de Relaciones Exteriores de España, llegará a Buenos Aires este viernes y seguramente escuchará una respuesta afirmativa para su sugerencia.

Bettini y Angulo hacen juego hasta en los detalles. El argentino, que todavía deambula por Buenos Aires ajustando los detalles de su gestión madrileña, no tiene tanta intimidad con Zapatero como con su mentor Felipe González, el hombre que lo acompañó hasta el poder, el factor principal de su instalación en La Moncloa (después del atentado de Atocha, claro). Angulo no cultiva a Kirchner con la familiaridad con que se acerca a quien le dio el gobierno, Eduardo Duhalde. En uno y otro caso, se desobedece la doctrina que aconseja nominar embajador a figuras independientes y hasta levemente hostiles en la relación con los gobiernos frente a los que deberá negociar. «¿Acaso estamos en guerra para que haya que designar a un enemigo como embajador?», se pregunta Bettini, pitada de Cohiba mediante, cuando se le expone ese criterio.

• Antecedentes

Pero ¿quién es Angulo? Diplomático profesional, el nuevo representante del gobierno español ya se desempeñó como embajador ante Bolivia y Colombia. Tiempos de Felipe González, quien ubicó a este socialista en la primera línea de las relaciones entre Madrid e Iberoamérica. Con la llegada del Partido Popular al gobierno en Madrid, Angulo se eclipsó. Discreto, pidió licencia en el Ministerio de Asuntos Exteriores y comenzó a desempeñarse como funcionario del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Sus jefes estaban en Nueva York y él podía disfrutar de Buenos Aires mientras esperaba el retorno de la rosa colorada a La Moncloa.

Este hombre de gran estatura y buen sentido del humor jamás sospechó que las aguas se revolverían tanto en la Argentina hasta el punto de que una ola inesperada lo pondría a él en el centro del ring, casi en el gobierno. En efecto, cuando la crisis comenzó a devorar la base del gobierno de Fernando de la Rúa, el entonces presidente del Banco Nación, Enrique Olivera, imaginó una red de contención para que su amigo presidente no se derrumbara. Imaginó una especie de concertación, con eje en el Episcopado católico (recordar la visita postrera de De la Rúa a Cáritas, con monseñor Jorge Casaretto como anfitrión) y el auxilio neutral del PNUD. Llegó tarde Olivera para envolver al gobierno de la Alianza: fue Duhalde quien se aprovechó del experimento.

El inminente embajador de España fue conducido hasta el seno del poder por el mismo dirigente radical, quien durante los primeros días del gobierno de Duhalde siguió al frente del Nación a pesar de la fantasmagórica nominación de David Expósito.

Colaboró también con esa aproximación el periodista José Ignacio López. Con Casaretto
terminó de configurarse el núcleo de lo que se conocería como «Diálogo Argentino». Una trama de relaciones muy amplia imaginada por Duhalde para disolver las responsabilidades de la crisis en un ciclo que vio caer a dos presidentes en una semana.

Sentado en sus oficinas del PNUD, Angulo vio en esos meses pasar delante de sí a toda la dirigencia argentina.
Empresarios, banqueros, sindicalistas, religiosos, piqueteros, intelectuales, no hubo sector que no hablara con él. De pronto se vio centro de todos los flashes hasta el extremo de que Duhalde proclamó, ante una consulta de los periodistas, que «mi programa es el del 'Diálogo Argentino'». Angulo quedó convertido desde entonces casi en una « manzanera» de lujo.

• Amigos

A pesar de la multitud de contactos ganados durante esos meses, el círculo más estrecho de amigos de Angulo -a quienes invitaba por las noches a comer pescados a Oviedo, en Ecuador y Beruti-lo componen Olivera, «Nacho» López, Ricardo Gil Lavedra, Casaretto y Víctor De Gennaro, el sindicalista preferido de Kirchner. Serán, en adelante, el elenco estable de la embajada, cuando de allí se aleje Manuel Alabart, el representante del gobierno de Aznar y, paradójicamente, gran amigo de Bettini. En el gabinete, el hombre de Zapatero tiene intimidad con José Pampuro, Aníbal Fernández (por su condición de ex ministros duhaldistas) y Rafael Bielsa, que lo condecoró antes de que dejara la representación del PNUD (bien mirado, el canciller también es hoy más hombre de Duhalde que de Kirchner, como el nuevo embajador de España).

¿Mejorarán las relaciones con España gracias a esta designación amistosa? Un desafío para Angulo, seguramente. Ahora no será el terapeuta de la crisis sino el representante de «la metrópoli» en que se transformó Madrid a partir de la « segunda conquista de América» protagonizada en los '90. En esa condición, el nuevo embajador deberá defender los ingresos y utilidades de las empresas reguladas de servicios públicos, restringir las expectativas del gobierno de Kirchner respecto del estatus de los argentinos indocumentados radicados en España y conseguir que el Congreso Internacional de la Lengua se salve del destino de fracaso en noviembre.

Si se atiende a la argumentación del oficialismo frente a la comunidad internacional, cuya mejor versión la produjo Horacio Rosatti en sus alegatos del Ciadi, todos los incumplimientos nacionales se deben a la dimensión de la crisis de 2001, que sumergió al país en el estado de necesidad. ¿Serán las razones que esgrimirán los funcionarios ante Angulo cuando el diplomático reclame por tarifas o por la devolución del dinero -en realidad, u$s 2.000 millones- que prestó España para el blindaje de José Luis Machinea? Tal vez le citen sus propias expresiones cuando administraba el «Diálogo», se codeaba con obispos y expresaba la voz de la clemencia.

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