Confirmó la información adelantada por este diario hace más de una semana Aníbal-Fe rnández, al anunciar en Mendoza, durante el precoloquio de IDEA, la orientación de la reforma política que piensa impulsar en el Congreso. Finalmente, Néstor Kirchner le quitó la mordaza, y él pudo hablar de su proyecto a pesar de las objeciones de Cristina Kirchner y sus asesoras del Senado. Se podría decir, entonces, Aníbal 1, Cristina 0, aunque el ex intendente de Quilmes haya ido hasta la cordillera para poder hacer su anuncio. Para esta contienda entre dos Fernández cabe todavía esperar una revancha en el Congreso, donde la primera dama preside la Comisión de Asuntos Constitucionales de la Cámara alta.
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Hasta que se llegue a esa instancia, vale lo anunciado por el ministro del Interior en Mendoza, donde lanzó los que acaso sean sus últimos productos en materia de reforma institucional. El fin de semana ya lo encontró a Fernández en su nuevo rol de patrullero, inspeccionando calles de San Isidro con periodistas convocados al efecto, un show de luz y sonido que debe hacer reír a los malvivientes cuando leen en los diarios que se trata de un «operativo sorpresa». Mientras, en Lanús, se pagaba el rescate de otro secuestro sin que el aparato de seguridad pudiera detectar a los delincuentes.
En Mendoza, delante del empresariado, el titular de la cartera política confirmó que su propuesta para la reforma del sistema electoral es adoptar un régimen mixto: 66% de los cargos se elegiría por lista sábana; y 33%, por voto uninominal por circunscripción. Como en la fórmula de ballottage que rige en la Argentina, también aquí el país innovaría con números «sui generis». Todo sea para cumplir con los resultados que arrojó durante meses la computadora del ministro del Interior, quien pasó horas jugando con programas hasta dar con la cifra mágica que, modificando el sistema electoral, permitiría que no cambie el reparto actual de bancas entre partidos. Todo sea para cumplir con el eslogan «abajo la lista sábana», que tampoco esta reforma dará por abolida. Ahora hay que desear que, por lo menos, en Interior puedan diseñar las circunscripciones para el voto uninominal y no se les confundan con el mapa de las departamentalesde la Policía o con la cuadrículapara controlar a los delincuentes. También habló Fernández de las ventajas del voto electrónico y de la digitalización de los padrones, que terminaría por arrancar de las manos de los punteros los listados sobre los que se realizan las internas y las elecciones generales, siempre viciados de picardías.
Sobre el financiamiento político, el ministro confirmó también a este diario y anunció que, si por él fuera, se establecerá un sistema de cuenta única del Banco Nación que servirá para que se controlen más estrictamente los ingresos y egresos de los partidos políticos durante las campañas electorales. Fernández tiene pensado, como se adelantó en estas páginas, el fortalecimiento de la Cámara Nacional Electoral, aunque no se animó a deshacer a su cartera del control de las elecciones, como debería suceder en un país políticamente moderno. ¿Hasta qué punto hay que esperar resultados del reformismo de este Solón del conurbano en que se transformó Aníbal Fernández? El interrogante no tiene que ver con sus nuevas funciones de sheriff que encabeza operativos de tránsito en la zona norte. Tiene que ver también con sus propias convicciones. Porque si se atiende a los debates en los que viene participando durante los últimos meses, el ministro deja la sensación de que ningún cambio de régimen legal conseguirá mejorar la calidad de la política tal como se la desarrolla en la Argentina. Sin ir más lejos, el jueves pasado, el titular de la cartera política asistió a un debate en la Biblioteca Nacional en el marco de un seminario organizado por varias organizaciones abocadas a demandar mejor calidad institucional. Compartió la tribuna con el filósofo del Derecho Martín Bohmer (rector de la Universidad de Palermo), quien intentó demostrar una tesis audaz por lo sincera. Según Bohmer, no habría que confiar demasiado en modificaciones legales, sino más bien admitir que los vicios del sistema obedecen al deseo deliberado de la dirigencia política. Según este punto de vista, es mentira que quienes controlan el poder pretenden potenciar al Parlamento y emancipar de cualquier tutela cesarista a la Justicia, por citar dos casos. Al contrario, hay una política deliberada de sometimiento del Congreso y de vaciamiento de la Justicia para que los gobiernos puedan alcanzar sus pretensiones sin demasiados obstáculos. A un deseo de esta naturaleza por parte de los políticos les corresponde una sociedad desencantada, partidos destruidos y un nivel de debate y participación cada día menos interesante. Esto no es una situación no querida, según Bohmer, sino el resultado más eficiente del sistema que concibió Juan Bautista Alberdi, en el que existe casi un solo jugador: el Ejecutivo.
• Exposición atractiva
Bohmer esperaba cualquier respuesta menos el asentimiento por parte de Fernández, quien como una especie de Zellig se sumó a la tesis de su inteligente contertulio. Para esto se sirvió de ideas y argumentos en los que resonaba la voz de Norbert Lechner, teórico político chileno que falleció en febrero pasado. El ministro del Interior adujo que no hay reforma institucional que sirva si no se advierte que lo que cambió en las últimas décadas es el funcionamiento mismo de la política, con la gravitación creciente de los medios de comunicación, las organizaciones no gubernamentales y hasta el concepto mismo de ciudadanía. «En Chile hicieron todo lo que había que hacer en términos de reforma y, sin embargo, no subió el prestigio de la clase política», terminó Fernández.
Su exposición fue muy atractiva no tanto por el valor de sus ideas, sino por la adscripción a una tradición muy definida: en sus palabras resonaron las de otros peronistas del conurbano bonaerense (aunque no de la línea Quilmes, sino de la línea Temperley del Roca), como Osvaldo Mércuri, cuyo pensamiento también abreva en el de Lechner. El titular de la Cámara de Diputados de la provincia suele citar a este pensador en sus tardes del Colmegna, mientras se demora en el baño turco. Allí, entre amigos que juegan al dominó, Mércuri se refiere a Lechner como «el Pingüino». Se ve que lo leyó. Ambos, Fernández y Mércuri, parecen deudores de otros lectores del teórico chileno: ya Rodolfo Díaz citaba a este autor cuando era ministro de Trabajo de Carlos Menem y trataba de darles consistencia teórica a las reformas políticas que se esbozaban en ese entonces. Y hasta Jorge Rodríguez, como jefe de Gabinete de Menem, solía citar al chileno. Como la pretensión de cambiar las reglas de juego de la política, aún con escepticismo, todo vuelve. Hasta las lecturas trasandinas.
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