24 de agosto 2004 - 00:00

Aníbal Fernández en Seguridad: altas y bajas que provoca el cambio

Aníbal Fernández
Aníbal Fernández
Movió una ficha sensible, Néstor Kirchner, con la transferencia del área de Seguridad al Ministerio del Interior. No sólo por la razón más evidente, que es el nivel de impacto político que tiene hoy para la imagen del gobierno y la estabilidad de sus funcionarios la insatisfacción del electorado frente a la política de Seguridad de la administración. También afecta la decisión al equilibrio interno del gabinete y al juego de fuerzas de la provincia de Buenos Aires. Todo eso se juega en el decreto por el cual se pone en manos de Aníbal Fernández una materia que hasta el viernes estaba en las de Horacio Rosatti:

• Fernández interpretó bien cuando dijo, como citó ayer este diario, que su suerte está entre «la gloria o el cementerio». El soñó con ser «jefe de policía» desde que llegó al gobierno. Tal vez más temprano, desde el día en que comenzó a dejar crecer esos bigotes suburbanos. Gustavo Béliz le respondía a esa ambición anunciando reformas políticas, que es la competencia propia de Interior. Ahora, cuando alcanzó su sueño -se le nota la satisfacción a Aníbal en el modo en que se hace retratar rodeado de uniformados-, comienza a advertir que se trata de un triunfo controvertido. Es difícil que desde el Ministerio del Interior pueda generarse una candidatura a la gobernación de Buenos Aires, como pretende el ex intendente de Quilmes. Aun cuando le vaya bien. Por lo demás, su riesgo es altísimo: él mira la evolución de la imagen de León Arslanian y tiembla.

• Hay algunas manualidades menos peligrosas -en apariencia- que a Aníbal le resultan muy alentadoras y que tienen que ver con el área de Seguridad, ahora conquistada. Hace tiempo que el ministro defendía la idea de unificar en Interior todos los trámites de emisión de documentos de identidad. «Si emitimos el DNI, deberíamos hacer lo mismo con la cédula y el pasaporte, de los que se encarga la Federal», razonaban sus amigos. Ahora consiguió concentrar todos esos trámites. ¿Será fatigosa tanta responsabilidad burocrática? Al parecer, el ministro tiene amigos de la infancia presidiendo empresas del ramo electrónico que pueden hacerle más fácil la tarea. Néstor Kirchner ha ordenado a los suyos estar atentos en las licitaciones sobre identificación de personas e inteligencia criminal.

• Con el traspaso de Seguridad a Interior quedó herido Alberto Iribarne, el titular de la Secretaría, a quien ni le avisaron de los cambios mientras éstos se disponían. Este funcionario había sido promovido junto con Horacio Rosatti, quien se convirtió en ministro de Justicia. Su rol estaba destinado a crecer a la sombra de un jefe con más vocación por los tribunales que por las comisarías. Pero ahora Iribarne corre el riesgo de ser eclipsado por un Fernández que aspira a ejercer un control directo sobre las fuerzas de Seguridad y sobre las demás cuestiones que se tramitan en relación con ellas. Nadie se hace esta pregunta en la Secretaría de Seguridad, salvo su titular: ¿querrá el ministro seguir confiando ese terreno a alguien ajeno o preferirá, a la larga, promover a alguno de sus colaboradores en Interior? Hay un dato fuera de discusión: Aníbal asumió un desafío que le da derecho, a cambio, a armar su propio esquema de poder. Esa posibilidad se extiende también al seno de las fuerzas, sobre todo de la Federal. Hay facturas dando vueltas por la manera en que se despidió del cargo Gustavo Béliz. Ya se debe haber enterado el comisario retirado Norberto Ramis, a quien se lo enfoca en el gobierno como el autor ideológico de las denuncias del joven apostólico.

• Con este traspié de Iribarne paga un costo su socio y amigo, Alberto Fernández, el jefe de Gabinete. Atareado con las obligaciones que le impone cotidianamente el Presidente, este otro Fernández aprovechará seguramente el ascenso de su tocayo para retraerse y cerrar algunas heridas mediáticas, que van desde la polémica con la señora de Garnil o hasta el debate sobre la cumbia villera. Además, corre el calendario porteño y deben resolverse los trámites que lo pongan al frente del PJ en ese distrito, faena de la que se encarga Ramón Ruiz.

• En la provincia de Buenos Aires la expansión de Aníbal Fernández fue registrada como una gran incógnita. Todo el mundo sabe que si Kirchner le confió el área de Seguridad fue en la certeza de que su ministro tendrá un atractivo irresistible sobre los intendentes del conurbano. Llegó la hora de demostrarlo y el duhaldismo entero observa el fenómeno: el quilmeño debe comenzar a tejer lealtades en favor de su jefe en ese entramado, inquietando a los duhaldistas. No sólo por el capital político que pueda acumular sino por las relaciones íntimas que los hombres del ex presidente tienen siempre con el aparato de seguridad bonaerense (afinidades que el ministro Arslanian no ha querido interrumpir, tal como se desprende del organigrama de su área). Se sabe, además, que Fernández tiene en el alto mando del duhaldismo algunos odios ancestrales, como el que le profesa Eduardo Camaño, el presidente de la Cámara de Diputados. O la rivalidad que sostiene con José Pampuro, quien también aspira a la gobernación de la provincia desde el Ministerio de Defensa.

• Finalmente, parece haber un involuntario ganador de esta remoción: Horacio Rosatti. Lo elevaron a ministro con el costo de enfrentar la crisis de Seguridad. Ahora lo aliviaron de ese lastre y le dejaron la jerarquía. Envidiable para el resto del gabinete.

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