24 de diciembre 2001 - 00:00

Avatares

• Los senadores y diputados, ensoberbecidos por el carácter de «asamblea legislativa», se sintieron «padres de la patria, convocados por la historia», y protagonizaron un debate ciertamente pobre. Eran indispensables frente a la crisis institucional que provocó la renuncia de Fernando de la Rúa, pero justificaron en sus exposiciones, politizadas y partidarias, la nula credibilidad que tienen en la gente.

El diputado José Vittar llegó a decir que «si elimináramos todos los gobiernos nacionales, provinciales y municipales apenas si bajaría 20% el déficit». Si ubicamos el déficit y real drama argentino en $ 10.000 millones anuales hay que convenir que Vittar admite que nuestros políticos cuestan $ 2.000 millones. No es tan así, no llega a 20% que sería una barbaridad, pero sí que es costosísimo y es una prioridad de un país que quiera zafar reducir el costo político.

• Luis Zamora del trotskismo se encargó de golpear a todos, desde los frepasistas, los de la ex Alianza, radicales, justicialistas, Raúl Alfonsín, hasta a Eduardo Duhalde. Pasó el aviso de que él fue a Plaza de Mayo y otros no. En realidad si Zamora fuera cabeza de gobierno e impusiera ideas como repudiar al exterior, a los bancos, a las empresas, darle plata a todos los sectores, duraría un mes gobernando y no podría ni salir de Casa de Gobierno por la indignación popular.


Esta utopía de decir con facilidad que se acaba con la pobreza, con los costos actuales de los combustibles, que se pagan $ 380 pesos mínimos a desocupados y a jubilados, dar créditos a todas las pequeñas y medianas empresas, pero sin decir en ningún momento con qué aportes -cómo fue el tema predominante y decepcionante de tantos discursos-, desde Alicia Castro a Elisa Carrió. Los hechos callejeros volvieron a alentar la demagogia, el voluntarismo de nuestros gastados políticos, olvidándose que es la causa, precisamente, de los motines ciudadanos.


Sólo se puede destacar un aspecto positivo dominante en el debate: se reconocía que la verdadera manifestación popular fue la de la noche del miércoles 19 de diciembre. Ahí tuvieron razón y era bueno reconocerlo. La gente salió espontánea con utensilios mecánicos sonoros, en familia, algunos con sus hijos. Protestaron esgrimiendo banderas, ninguno encapuchado, sin convocatoria, realmente espontáneos.

La izquierda y los ultras, en cambio, se notaban más entusiastas con la penosa jornada del jueves 20 donde salieron los vándalos, los activistas sindicales y de ultraizquierda, la juventud comunista. El «Día de la Furia» llegó a llamar ese viernes de vandalismo la diputada Alicia Castro. Es comprensible porque el marxismo aún sueña para la Argentina lo que fue repudiado en todo el mundo y ya es historia como el esquema marxista, la «dictadura del proletariado», una igualdad que en los 77 años que tuvo vigencia en el mundo mató a casi 70 millones de personas, sacrificó casi 3 generaciones a las que hizo vivir en pobreza y privaciones mientras los jerarcas del partido gozaban de privilegios únicos. Por supuesto que la izquierda que aplaudía el vandalismo de ese jueves se dedicó a atacar a la Policía que reprimió tanto bandidaje, tantos robos y saqueos -al menos los que pudo-. No admitió que la gran mayoría de los 26 muertos fueron de otros pequeños comerciantes o guardias que defendieron las propiedades privadas. Es comprensible esta posición de la izquierda y los ultras que mostró la asamblea legislativa: mezclar sus activistas violentos, profesionales con gente pobre o la que salía de sus empleos era el sueño de «revuelta popular».

• Lo que más hizo penosa la asamblea legislativa del sábado y domingo es que no hubo un solo parlamentario expositor que se refiriera al verdadero drama nacional, la crisis económica, lo difícil de las soluciones, la poca fuerza que le da a la recuperación que entre el 19 de diciembre y la primera o segunda semana de marzo, si hay ballottage. O sea que en menos de 50 días habrán pasado 4 presidentes de la Nación: De la Rúa, Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá y el electo. ¿Puede así superarse una crisis económico social tan profunda? El peronismo admitió en el debate que tienen que recurrir a la ley de lemas «porque no tenemos definidos los candidatos, porque no esperábamos este desenlace ya que recién en setiembre del año próximo íbamos a definir candidaturas». En cambio los radicales en ningún momento reconocieron que el verdadero temor que le produce la ley de lemas no es tanto sus aspectos legales sino el hecho de sumar poco o nada a una elección en un pésimo momento, por total caída de imagen, lo que significa la posibilidad de que a los pocos candidatos opositores -Terragno, Ibarra, Elisa Carrió, Rosas- se enfrente a las mejores figuras que tiene el justicialismo como De la Sota, Carlos Ruckauf, tal vez Duhalde, Puerta, Kirchner y eventualmente hasta el mismo Adolfo Rodríguez Saá si sale airoso de estos 3 meses de gestión provisoria.


En estas condiciones, tras el desprestigio de la ex Alianza y del radicalismo, el justicialismo podría llegar a superar su propio récord de 1973 cuando Juan Perón logró 72% de los votos.


El sábado por la noche, la incertidumbre en la Administración Pública llegó hasta el Congreso. En esas horas, donde algunos grupos de izquierda manifestaban en la Plaza Congreso, el cuerpo de seguridad de Diputados clausuraba y habilitaba intermitentemente las entradas al Palacio, provocando que muchos esperaran en las veredas. Pero al mismo tiempo la puerta de acceso al Senado quedó abierta y sin custodia, por lo que entraba quien quisiera. Eso posibilitó que un señor en short y remera, que no pudo ser identificado, llegara hasta el Salón de los Pasos Perdidos y se deleitara insultando a diputados y senadores hasta que un guardia de seguridad se dio cuenta y lo invitó a salir.


• El calor acompañaba los discursos en la madrugada. El tiempo fue aprovechado por una nutrida delegación de puntanos que ocuparon dos pisos enteros de los palcos del recinto a la espera del nombramiento de Rodríguez Saá. Ingresaron al Congreso con unas voluminosas cajas llenas de remeras blancas con la inscripción «San Luis». Para repartirlas comisionaron a tres señoras que recorrieron los palcos, incluso el de periodistas y luego llegaron al Salón de los Pasos Perdidos. Allí no pudieron completar su labor ya que un grupo de peronistas más mesurados les recomendó dejar de lado la idea, lo que hicieron después de algún griterío. Mientras tanto, seguían sucediéndose los discursos.

Adolfo Rodríguez Saá pasó la noche en el Congreso, en un sillón especial de las oficinas de Ramón Puerta en el Senado. Cientos de personas -en su mayoría llegados de San Luis- dormían en los despachos del Palacio y el Salón de los Pasos Perdidos esperando que terminaran los discursos.

• Pero lo que más curiosidad causó en el Congreso fue la vuelta de algunas figuras del peronismo que hacía años no transitaban lugares públicos. Por ejemplo, Carlos Grosso, que circuló por el Salón de los Pasos Perdidos, y Matilde Menéndez. El bailantero Alcides, por caso, se instaló en la entrada del recinto y le dio la bienvenida a todos los diputados y senadores peronistas mientras iban entrando, como si fuera el dueño de casa.

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