La derrota del peronismo en Santiago del Estero encierra para el gobierno una lección de la que Néstor Kirchner ya estará sacando, es de suponer, varias enseñanzas. Se podrían repasar estos mensajes, emitidos desde una provincia en la que la UCR suele encontrar consuelo en sus travesías por el desierto: también, durante la extensa hegemonía peronista que encabezó Carlos Menem, los radicales festejaron, con una cabalgata casi surrealista, la victoria de José Zavalía. El balance de lo ocurrido en Santiago arroja hasta ahora los siguientes corolarios: 1) Billetera no mata galán.
Esta es la conclusión inicial que hay que sacar de los comicios santiagueños, que vienen a desmentir la sentencia popularizada por el creativo Jacobo Winograd. Kirchner habrá aprendido que hay conflictos políticos y corrientes de adhesiones y rechazos que no pueden ser superados con dinero, como si fueran fuerzas físicas. El Presidente aplicó muchos recursos del Estado en rescatar al peronismo de esa provincia de las arenas movedizas a las que él mismo lo arrojó. No sólo envió a Santiago a casi todo su gabinete, comenzando por el ministro del Interior, Aníbal Fernández, y terminando por Daniel Scioli. También mandó dinero, sobre todo, a través de su hermana Alicia, quien administra una caudalosa cuenta destinada al asistencialismo.
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Sin embargo, esos esfuerzos no compensaron la crisis que el mismo gobierno nacional introdujo en el distrito. Al comienzo, persiguiendo a Carlos Juárez y su tan primitivo como eficiente aparato de clientelismo. Después, cuando puso en manos de Pablo Lanusse la intervención federal, con un cirujano (Gustavo Béliz) que debió abandonar el quirófano con el enfermo anestesiado y a medio abrir. Con este funcionario terminó de demostrarse el otro error del Presidente que aflora en Santiago: el de confiar la política a fiscales inexpertos, que cuando abandonan la función terminan amparándose en los fueros judiciales. Ya sucedió con José María Campagnoli y Norberto Quantín en el área de Seguridad. Lanusse superó las marcas conocidas: expulsó a los enviados de Aníbal Fernández acusándolos de corrupción y terminó financiando a la oposición de Gerardo Zamora a través de su ministro de Economía radical. Curioso pasamanos para el camión de caudales que enviaban desde la Capital Federal.
Para terminar la obra de arte, la interna peronista consagró a un ultramenemista como José Figueroa, quien emergió de las urnas con acusaciones de fraude y debiendo simular una fe patagónica adquirida una hora antes. Imposible montar sobre ese sainete una saga de renovación política como la que se pretendía llevar adelante en la provincia. Por más plata que se pusiera. Sin embargo, la frase « billetera no mata galán» vale especialmente por otra evidencia: el gobierno carece de galán. Kirchner deberá revisar su marketing si quiere convertirse en una figura electoralmente atractiva. Su convocatoria al conflicto; su irascibilidad, presente en cada tribuna a la que sube; esa disconformidad permanente con todo lo que lo precedió y aun con lo que actualmente lo rodea pueden servir para una primera instancia « cacerolera» de instalación en el poder, pero al cabo de dos años tal vez termine crispando los ánimos sin sumar más adhesiones. Sobre todo, en provincias tradicionales como Santiago, en las que el conflicto es habitualmente solapado en capas de complicidades silenciosas. La experiencia de esa provincia subraya, precisamente por la cantidad de recursos que se volcaron allí, que el gobierno no cuenta con un jefe carismático. Lentamente, se le acerca a Kirchner la hora de convocar a algún tipo de consenso y de entusiasmar con alguna convocatoria positiva. Sobre todo, porque la opinión pública podrá imputarle, al cabo de dos años de gestión, la responsabilidad sobre algunos males que él denuncia. Todavía no se le conoce el talento para esa operación. 2) No se puede competir con el argumento de Chacho y los candidatos de Menem.
La segunda lección que puede extraer el gobierno de su mala experiencia santiagueña esconde un dilema general, válido para todo el ciclo electoral y aun para la constitución misma del kirchnerismo como fuerza. Durante dos años, Kirchner y su equipo elaboraron una imagen del país calcada sobre la escala de valores y las preferencias estéticas del electorado urbano de clase media, no peronista y aun pasablemente antiperonista. Esa agenda apuntó contra la denominada «corporación política» en una contradicción algo gaseosa. La agresión a todo lo que caracteriza la versión periodística de «los '90» (indulto a los militares, privatizaciones, « relaciones carnales» con Washington, contaminación entre poderes del Estado, la extranjerización de la economía, endeudamiento, etc.) sintonizó con el público que se opuso a aquella experiencia y al peronismo que la llevó adelante. Este problema está en el origen mismo de un candidato que, como Kirchner, debía representar en el eventual ballottage contra Carlos Menem a una mayoría no peronista con una minoría de ese partido.
Porque hay que recordarlo siempre, en especial, para los comicios de este año: Kirchner llegó al poder sin internas partidarias, porque esas internas las perdía. Es decir, hasta ahora, no consiguió representar al promedio de los peronistas. Por eso Santiago le duele tanto. Además, el casete porteño de «los malditos '90» en el interior no parece despertar las mismas emociones.
• Laberinto
Ahora, a dos años de haberseabrazado a aquel credo «chachoalvarista», el juego se transformó para Kirchner en un laberinto político. Primero, porque el gobierno debe concurrir a las elecciones a babucha de lo más caracterizado de la «corporación política», que es el PJ de todas las provincias. Así, desde la Casa Rosada se alimentó durante meses a aquellos a quienes ahora se pretende enfrentar. La idea de articular una «transversalidad» fue una idea inviable, por cuya infantilidad alguien deberá pagar algún día su costo político: no hay «transversalidad» posible con un Congreso dominado mayoritariamente por el PJ más tradicional. La contradicción estalló para estas elecciones: la maniobra por la cual se pretende ir a las urnas con el discurso del Frepaso y los candidatos de Menem, Duhalde, Romero, Marín o Fellner es harto dificultosa. Tanto como querer combatir al «viejo Juárez» con un enamorado de Vicente Saadi como «Pepe» Figueroa.
El otro motivo que vuelve todavía más esquiva esta alquimia hay que buscarlo en el escándalo de Southern Winds. En la complicidad de funcionarios y de empresarios privados vinculados a operaciones de narcotráfico y en la protección que Kirchner decidió extender sobre esos lazos, surgió una evidencia incómoda: el santacruceño y su grupo más íntimo aparecen en ese retrato aeronáutico más parecidos a Juárez que a sus adversarios. En el caso Southern Winds, reaparecieron los rasgos de esa « corporación política» a la que se quiere denostar y todavía no se encontró la pluma amiga que pueda disimularlo. 3) En Santiago no hay brigadieres.
Finalmente, en Santiago del Estero el gobierno cosechará adversidades y reproches que se fueron sembrando a lo largo de la intervención porteña. Con una dificultad especial: en la provincia de la derrota no hay brigadieres a los que cargarles la romana. En principio, varios personajes de la segunda línea del kirchnerismo deberán dar explicaciones: desde el santacruceño José Salvini, jefe de operaciones en el distrito, hasta el esposo de Felisa Miceli, Ricardo Velazco, quien le puso los anabólicos del Banco Nación a una vieja agrupación santiagueña sin mayores resultados (más que la pérdida del dinero, claro). También un coronel como Juan Carlos Mazzón tendrá que rendir cuentas ante Kirchner, por más que tiene una excusa inobjetable: «No puedo hacer asado si ya me trajeron la carne quemada». Alberto Fernández seguirá creyendo que este año los astros se alinearon en su contra: carga con la cruz de ser el «heredero de Béliz», sobre todo por su padrinazgo sobre Lanusse. Es cierto que su estrategia original suponía el fracaso del domingo pasado: él hubiera preferido una alianza « transversal» con Zamora, que ocultara la inferioridad del gobierno en el distrito.
Si Kirchner y su grupo aprendieron en la escuela santiagueña se sabrá en las próximas lecciones. En Santa Fe, donde competirá el otrora predilecto Hermes Binner con el peronismo de Jorge Obeid y Carlos Reutemann; en Misiones, donde la «transversalidad» tropical de Carlos Rovira enfrentará al PJ de Ramón Puerta; y en Catamarca, donde el regreso a la casa paterna se hará casi intolerable para el santacruceño: ¿enviará a sus ministros allí para apoyar a Luis Barrionuevo o alentará las posibilidades de Oscar Castillo y de Horacio Pernasetti, el jefe de bloque de la oposición? Nunca la transversalidad se hizo desear tanto por Kirchner como en ese rincón del país.
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