Busca aliados Kirchner para una guerra santa

Política

Nunca en tan poco espacio habían entrado tantos lugares comunes. Las declaraciones escritas que acercaron ayer al hotel Panamericano los sellos de goma aliados del gobierno acumularon toda la fraseología publicitaria: distribución del ingreso, inclusión social, soberanía alimentaria, etc. Nadie habló de inflación, desocupación, caída de la actividad, pérdida de riqueza, ese cóctel de desgracias que se siguen de la interminable puja entre el gobierno y el campo.

Néstor Kirchner usó la reunión para dos propósitos: cederle la vocería al presidente en funciones del país, Julio Cobos, de quien pretende usar su estilo llano, sencillo, negociador, básico pero pícaro; en suma el que han aportado los mendocinos a la política argentina a través de modelos famosos (los Bauzá, los Manzano y los Dromi). Cumplió el vicepresidente la función al llamar al diálogo pero sin paros, el mismo reclamo de Cristina de Kirchner y de Alberto Fernández. No el de Néstor Kirchner, que encargó el segundo propósito de la multipartidaria de ayer: llamar a los aliados del gobierno a la guerra santa. «Acá se terminó el jugueteo del progresismo. El paro del campo es una bisagra en la historia argentina: por un lado los liberales de derecha, del otro los progresistas, pero los progresistas en serio.Vamos a ver quienes son los verdaderos, era fácil ser progresista cuando gobernaba Carlos Menem».

La doctrina que sintetizó ayer el ex presidente repite la lectura del conflicto que se empecina en imponer el gobierno. De un lado están los progresistas (como los Kirchner, pero también los Bancalari y los Mussi), del otro las entidades que antes respaldaron a los gobiernos militares. No le ha servido mucho el argumento a esta administración que se ha complicado cada día más por aferrarse a una explicación críptica, libresca, alejada de la realidad. Decir que el primer cacerolazo lo organizó una Cecilia Pando, o que el rechazo de las retenciones móviles expresaba el rechazo de los juicios a represores, o mandar hoy a los piqueteros-funcionarios a quemar cubiertas al edificio Kavanagh (domicilio de José Martínez de Hoz, pero también de la bolivariana Alicia Castro), todo esto no ha sacado al gobierno de las arenas movedizas. En la última entrega de «Indiana Jones» le recomiendan, cuando queda atrapado en el cenagal, que no se mueva porque el que se mueve se hunde más; es lo que parece ocurrirle al gobierno.

Kirchner cree que los huelguistas del campo se van a desgastar ante el público si se los somete a la trituradora del tiempo. Si el gobierno no les responde, los dirigentes no tendrán otro remedio que redoblar la agresividad de las medidas y del discurso. De hecho ayer Alfredo de Angeli y Eduardo Buzzi estuvieron más duros que hace una semana en Rosario. Repitieron las mismas frases y Bussi agregó que en la Argentina «hay que cambiar la economía y la política». ¿Qué dirán en el acto del 20 de junio para seguir atrayendo la atención del público?, versa la estrategia del gobierno. En su solipsismo quizá no repara Kirchner que su táctica de inundar a la sociedad de frases huecas también los forzará a redoblar la propaganda. El público puede cansarse de las señales de guerra del campo, pero puede también hacerlo ante la andanada de lugares comunes con los cuales el gobierno busca justificarse en esta puja sin fin. Igual redobló esa doctrina ayer Kirchner ante los transversales: «Ya sabemos en dónde estaba antes esta gente, cuando buscaban los fierros de los militares; ahora -dijo aguzando el ingenio- buscan los fierros de los medios». Lo miraron sorprendidos algunos invitados: «Sí, el fierro, el fierrito, ¿o cómo llaman los movileros al micrófono?» Sí, el fierrito, confirmó un gobernador más que mediático.

El ex presidente está resuelto a no salirse del carril político en esta puja, así como el campo no quiere salirse del carril sectorial. Uno incita a otro a venir a pelear a su terreno, pero los dos prosperan en el propio; eso los refuerza a cada cual, pero los aleja de una solución, que es lo que espera el público anonadado por una puja que a veces parece olvidar cómo se inició, pero produce ya el daño de una contienda civil. Pérdidas materiales, pero también enconos que tardarán mucho en repararse.

El campo, dice -al menos en palabras de Buzzi- que hay que cambiar la economía y la política; no dice cómo ni por qué medio y por eso el gobierno lo acusa de golpismo. Kirchner mira la pelea, como todo político, con los tiempos electorales. En la reunión de ayer en el Panamericano se cebó en los personajes de la oposición que estuvieron en Rosario. «¡Ahí estaban! Macri, De Narváez! ¡La Unión Democrática! No estaban los progresistas.» Y remató: «Encima nos acusan a nosotros. ¿Qué hubieran dicho si hubiéramos pintado una ciudad con los colores del Frente para la Victoria? ¡Nos hubieran dicho autoritarios! Acá, en la Capital Federal, Macri ha pintado las calles con los colores de su partido, el PRO. ¿Y quién le dice algo?», terminó entre los aplausos tímidos de quienes creen tener una respuesta pero que nunca se animarían a dársela a Kirchner.

Dejá tu comentario