20 de diciembre 2001 - 00:00

Cacerolazos espontáneos e incidentes en Plaza de Mayo

El discurso de Fernando de la Rúa, acusando a activistas por los saqueos y pidiendo la unidad nacional, tuvo una respuesta inmediata y espontánea: cientos de miles de vecinos de toda la Ciudad de Buenos Aires se asomaron a los balcones e iniciaron un espontáneo cacerolazo.

Al cierre de esta edición miles de personas se concentraban en la Plaza de Mayo, frente al Congreso y en los alrededores de la Residencia de Olivos. Por la 9 de Julio y las principales avenidas, columnas de manifestantes -integradas inclusive por familias completas, con chicos de corta edad-marchaban a engrosar la protesta frente a la Casa de Gobierno. La gente obligaba a los militantes de partidos políticos a bajar sus pancartas partidarias y sólo permitían que se enarbolaran banderas argentinas.

Desde Núñez hasta Recoleta, desde el monumento del Cid Campeador hasta La Boca, cacerolazos y bocinas se entremezclaban. No había alegría, sólo angustia.

Los periodistas de este diario recibían el llamado de sus familiares que, a través del teléfono, les hacían escuchar la desacompasada percusión.

Al poco de empezar la ruidosa exteriorización de la bronca, los vecinos comenzaron a cortar avenidas. Corrientes y Angel Gallardo, Las Heras y Scalabrini Ortiz, Avenida Del Libertador y Scalabrini Ortiz. Barrancas de Belgrano, Parque Centenario y toda la zona de Plaza de Mayo hasta San Telmo eran ocupados por estos improvisados piquetes de la clase media. Lo más impactante fue cuando los vecinos rodearon el Congreso nacional, cacerolas en mano.

No eran militantes, no eran activistas. No había dirigentes. Eran ahorristas preocupados, futuros jubilados angustiados porque el dinero de las AFJP se transformó en bonos, amas de casa sobrepasadas porque no saben si hoy podrán hacer las compras, empleados abatidos por su futuro incierto, jóvenes que no consiguen empleo y desempleados. No era un cacerolazo violento para destituir a un presidente, sonaba más a un ruego para que terminen tantos desaciertos.

Los vecinos anoche no ejercieron la violencia de los saqueadores, pero su reclamo fue más contundente. No duró minutos, el cacerolazo duró horas. La noche no calmó los ´ánimos y dio un empujón más al gobierno.

• Incidentes

La «pueblada» que se vivió esta madrugada en la Capital Federal culminó en la Plaza de Mayo en represión policial contra miles de personas que allí se habían congregado y que terminaron dispersadas por los gases lacrimógenos lanzados por personal de la Policía Federal.

La intervención policial se produjo luego de que se registraran algunos disturbios en las puertas de la Casa de Gobierno, donde la gente exigía la renuncia del ministro Domingo Cavallo, a las pocas horas de que el gobierno decretara el estado de sitio en todo el país.

Los disturbios se registraron a la 0.50, cuando un pequeño grupo de manifestantes comenzó a arrojar piedras contra la puerta central sobre la calle Balcarce, donde había una guardia de Infantería de la Policía Federal. Rápidamente, los uniformados arrojaron gases lacrimógenos contra los manifestantes, lo que provocó corridas, algunos contusos y desmayados.

Una vez más la histórica Plaza de Mayo ratificó esta madrugada su condición de epicentro de la protesta nacional, cuando miles de manifestantes demostraron su descontento con el gobierno nacional luego de que Fernando de la Rúa decretara el estado de sitio.

Vecinos de la zona, familias con sus chicos, taxistas y manifestantes vestidos de traje y corbata coparon la plaza desde la calle Balcarce hasta la Catedral porteña, e hicieron sonar cacerolas y cornetas mientras gritaban: «Que se vayan, que se vayan».

En este inédito escenario, la Casa Rosada apareció custodiada por cientos de efectivos del cuerpo de Infantería de la Policía Federal, que se apostaron frente a la sede gubernamental para «evitar desbordes».

Antes de la 1 de la madrugada comenzó a circular la versión de que el ministro de Economía, Domingo Cavallo, había presentado la renuncia, y la gente en Plaza de Mayo comenzó a festejar haciendo sonar cacerolas, gritando y tocando las bocinas.

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