14 de julio 2004 - 00:00

CGT: será Kirchner, al fin, quien decida cuál es el jefe

Hugo Moyano
Hugo Moyano
O Carlos Tomada es vidente o conoce del mundo sindical más de lo que aprovecha su propio jefe, Néstor Kirchner. Mientras almorzaba con un amigo hace casi dos meses, el ministro de Trabajo confesó: «La interna de la CGT la voy a terminar pagando yo, que tendré que decidir cuál congreso es el bueno». En efecto, desde anoche será el gobierno quien, en definitiva, deberá decidir a qué grupo sindical quiere convalidar como interlocutor oficial: si a los «gordos» que anoche reunieron al consejo directivo de la central obrera para postergar hasta el 3 de agosto el congreso convocado para hoy en Obras Sanitarias, o a los disidentes de Hugo Moyano, quienes reunidos en el sindicato de trabajadores rurales resolveránhoy por la mañana si celebran esa asamblea. Para que quede todavía más claro: Moyano decidió sacar partido de la amistad (o el miedo) que le profesa el Presidente para obtener, con menos congresales que ambiciones, que el Ministerio de Trabajo lo ponga al frente de la CGT. Ya le fue bien en el conflicto con Armando Cavalieri por los empleados de logística de Carrefour. ¿Por qué le irá mal ahora? Así acostumbra razonar el camionero.

Si se repasa lo sucedido hora por hora, el desenlace de la interna sindical, ayer, parecía el resultado de una negociación endiablada, en la que se discutió hasta último momento el margen de maniobra que tendría Moyano para manejar la vida sindical y, sobre todo, para establecer que los males de la clase trabajadora se debieron a que los que la representaron en los '90 fueron concesivos y corruptos (operación que completaría la historiografía que se promueve desde Olivos).

Si, en cambio, se atiende a las intenciones confesadas por los distintos bandos con varios días de anticipación, ayer los gremialistas llegaron al destino previsto: mantener la ruptura pero culpando a la otra barra de haber roto los pactos simulados durante la negociación.

Para salpimentar esta rutina, bastante conocida entre gente adiestrada hace más de cuatro décadas en su oficio, anoche corrían versiones de todo tipo por las sedes de los sindicatos: en UPCN, donde sesionaron los «gordos», se temía que los activistas camioneros tomaran el edificio de Azopardo 802, sede tradicional (y abandonada) de la CGT. En Gastronómicos, donde Luis Barrionuevo invitó a sus amigos a ver el partido de la Selección argentina, se especulaba con que los militantes de la UOCRA habían tomado el estadio de Obras Sanitarias de avenida Del Libertador, donde ellos pensaban hacer su congreso para hoy.

A media tarde, la simulación de un acuerdo era tan perfecta que hasta algunos de los caciques involucrados se convenció de que habría una CGT unificada, con un triunvirato al frente. La idea de un comando colectivo había sido una de las condiciones no negociables para Armando Cavalieri y Carlos West Ocampo, los dos «gordos» que más resistieron la combinación con Moyano. Ellos se abrazaron al argumento explicado más arriba: dejarlo solo al camionero sería proveerle el micrófono oficial para que los insulte a ellos, los que administraron la vida del movimiento obrero durante los años '90. «Pongámosle dos o tres de los nuestros al lado para que, no bien diga algo, renuncien y se vayan con todo», sugirió Cavalieri.

• Acompañantes

Desde la otra vereda, aceptaron la propuesta. Al lado de Hugo Moyano estarían Susana Rueda (Sanidad) y José Luis Lingeri (Aguas Argentinas). Rueda es lo más izquierdista que encontró West, revisando todo el padrón de su gremio, para ponerse a gusto del gobierno. Encontró a esta dirigente en Santa Fe.

Lingeri es un menemista moderado, que conoce la radiografía de todos sus colegas: administró la ANSSAL durante casi todo el período Menem. Antes de Lingeri, los « gordos» habían considerado a un hombre de SMATA, Jorge Pardo, que luego rechazaron porque «es más nuestro que de ustedes».

Todo estaba acordado hastaque el otro yo de Moyano, Juan Manuel Palacios, sugirió: «Nosotros aceptamos el triunvirato pero siempre y cuando los otros dos sean adscriptos a la secretaría general. Es decir, Hugo es secretario general y Rueda y Lingeri sus adscriptos.

Además, podríamos firmar una cláusula comprometiéndonos a que en 6 meses de los tres queda uno solo».

¿Por qué introdujo esa condición adicional el colectivero Palacios? En la superficie, muchos suponen que su amigo y socio Moyano ya había comenzado a disfrutar del caramelo de ser secretario general de todo el sindicalismo y que no estaba dispuesto a la degradación de compartir esa jerarquía. Los más astutos suponen que, en realidad, tampoco a Moyano y Palacios les interesó plenamente nunca mezclarse con el resto de los sindicalistas. «Son los únicos que realmente pueden hacer un paro; tienen plata de sobra que les da el gobierno de manera exclusiva; hablan al celular privado de Kirchner, ¿por qué van a compartir todo eso?», se preguntó anoche delante de este diario un sindicalista de los más veteranos.

Del otro lado, el de Cavalieri y West, se aferraron rápidamentea esa excusa y, mostrándoseofendidos, rechazaronla condición impuesta por Palacios. La estrategia había sido diseñada la semana pasada, de manera explícita, por Oscar Lescano, acaso el más experimentado dirigente sindical con que cuenta hoy la Argentina. El secretario general de Luz y Fuerza razonó el jueves pasado delante de los amigos de Moyano: «Estuvimos 12 años peleados por cuestiones de concepto, que tienen que ver con nuestra visión del país, de la economía y de nuestro rol de sindicalistas. ¿Qué sucedió de nuevo en los últimos meses para que todo eso pase a ser una anécdota y nos unamos bajo un mismo techo? Hay algo artificial en todo esto que lo hará fracasar».

Es lo que se vio ayer. Los «gordos» resolvieron postergar el congreso y suspender las negociaciones, en la convicción de que cuentan con la mayoría de los delegados a esa asamblea. Sobre todo porque los dos fieles de la balanza, Gerardo Martínez y Andrés «Centauro» Rodríguez, se recostaron sobre la CGT oficial, como era obvio que ocurriría en una opción de hierro.

Moyano todavía pensaba anoche en realizar el congreso, convencido de que con la convalidación del Ministerio de Trabajo reemplazaría el faltante de congresales de su sector.

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