Chacho, tras el portazo, ahora amenaza con hacer oposición
Carlos Chacho Alvarez anunció el viernes su retiro de la jefatura del Frepaso y de la actividad política partidaria en gesto que enojó al gobierno y a su propia tropa frepasista. El ex vicepresidente confirmó así el adelanto de este diario de una semana antes sobre el paso al costado del socio de Fernando de la Rúa en la victoria electoral de 1999. Inexplicable final para una talentosa trayectoria parecida a la de la otra figura de su partido, también ya en el retiro, Graciela Fernández Meijide. Arrollados los dos por la incapacidad para ejercer cargos ejecutivos que lograron con el voto mayoritario, su salida parece también como el final de un método de hacer política en la Argentina, nacido de la instalación mediática y del ejercicio casi maníaco de la oposición, aun siendo gobierno. Lo que temen ahora radicales y frepasistas es que Chacho en pocos días más se lance a una rabiosa oposición de la mano de la persona a la que el viernes señaló como la promesa del futuro, la polémica Elisa Carrió.
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Reencuentro
Como en 1995 dijo que había que ir hasta el abismo detrás de José Bordón y en 1999 hasta la cima detrás de Fernando de la Rúa, Chacho -un hombre estragado por la lectura de diarioshabía elegido nueva madrina para seguir a Elisa Carrió.
De Bordón lo sedujo la agenda personal, llena de teléfonos de funcionarios norteamericanos; de De la Rúa que era más antiperonista que él; de Carrió lo atrae la poderosa convicción de sus dichos, la inclaudicable disciplina respecto de lo que le ordenan decir y pensar los animadores de la TV pero más que nada lo mismo que había visto en los otros dos: la formidable erección de su imagen en las encuestas de opinión pública.
Cholulismo
Chacho, un extraordinario tactista pero un pésimo conductor, se revela ya más como un cholulo de la política que como un protagonista con poder para sostener su propio físico.
Ninguno con esas condiciones y carencias había llegado tan alto. Logró calibrar tan bien el ánimo de la opinión de las grandes ciudades contra algunos símbolos de la era Menem que pasó de ser un muchacho peronista en una ciudad antiperonista como la Capital Federal, a tener una virtual parada en la esquina de Rivadavia y Riobamba (está allí el Congreso y el bar Casablanca, santuario legislativo), donde recibía los saludos de los vecinos que lo besaban al pasar y lo alentaban con un: « Metele, Chacho, metele Chacho».
Pasar a gobernador era perder ese encanto popular, un sacrificio que no estaba en sus papeles, pero no de ahora sino de siempre. En mayo de 1994, a pocas horas de iniciarse la convención reformadora de la Constitución -escenario que dio el mejor lucimiento a las condiciones del Chacho-le reveló a este cronista esta doctrina.
Era a propósito de su intención de aprovechar la convención para romper con su socio de entonces, Fernando Solanas. « Tengo que romper con Pino -dijo- porque tengo un pacto con él para el año que viene -1995-. Pino va a ser candidato a presidente y yo a intendente. Y lo peor que me puede pasar es ganar porque la silla de intendente es la silla eléctrica, gobernador te hace terminar preso.»
Pocas semanas después, la alianza con Solanas se quebraba mientras se veía por horas a escondidas con Bordón en hoteles clandestinos, en aquel momento senador nacional antimenemista pero animador secreto de un lote de convencionales que romperían también con el peronismo.
Este Chacho se limita a aplicar esta doctrina a rajatabla. Solitario como nunca, por la dimensión de la catástrofe a la que llevó a la tropa, cada gesto levanta más rencor en quienes alentó un hiperoficialismo sin retorno que ahora repudia.
Aplastado ante la opinión, no puede recuperar la parada de Rivadavia y Riobamba sin correr el riesgo de algún agravio callejero, nada más grave que lo que sufren sus colegas de oficio. Sin olfato, cada gesto se parece a una flagelación autodestructiva en la que busca algún castigo. Igual que cuando se prendió a la denuncia de Antonio Cafiero de los sobornos en el Senado: si no los podía probar era a puro daño de su gobierno; si los podía probar hubiera rodado su cabeza porque era el presidente del Senado. Ese fue el peor Chacho, que eligió tirarse a las vías para huir de la tarea de gobernador para la que lo habían votado.
¿El mejor Chacho? El Chacho del pullover blanco -atuendo que solía usar en los mejores discursos que se escucharon en el Paraninfo de Santa Fe. Fue entonces el látigo de los reformistas del pacto de Olivos, a quienes avergonzaba con acusaciones ilevantables -aunque exageradas- de codicia política. Entusiasmado por el éxito en una época de oro hasta se permitía bromas retóricas como interrumpir su mejor discurso con la célebre frase, como indicándole un plano a un director de cámaras en plena sesión por TV: «Ahí me mira Alasino, pensativo».




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