Comentarios políticos de este fin de semana
(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)
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Sturzenegger justificó los despidos en el Servicio Meteorológico y planteó una reforma total del organismo
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Cae la aprobación del Gobierno y se erosiona el pacto anticasta: qué dicen las encuestas
Roberto Lavagna
«Clarín».
«La Nación».
Morales Solá le hace un reproche esta vez al ministro porque no haya hablado de los '90: injusto, hay que decirlo, porque en su presentación en la DAIA, Lavagna fue tan duro con los '90 como con los '70. Llama la atención también que el periodista adopte como propia, sin el menor espíritu crítico, la clasificación de Lavagna: «populismo setentista» «insensibilidad noventista». ¿Y el populismo de hace apenas 2 años? ¿O Eduardo Duhalde, con Lavagna como ministro, no destinó $ 100 millones a la SIDE para hacer política electoral en la interna del PJ, además de otras demagógicas? Claro, Duhalde designó ministro a Lavagna, y Morales Solá respeta esto. El populismo de Duhalde fundió el Banco Provincia de Buenos Aires.
El resto de la nota de Morales Solá pasa sin pena ni gloria: informa una vez más que Washington es el abogado más enfático de la Argentina ante el Fondo y que, en homenaje a esa conducta, Kirchner no viajará a La Habana, decisión en la que intervino Lavagna.
GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».
Bueno: Volvió el mejor Grondona, ayer, al ensayo dominical, con una sistematización muy clara del diálogo de enero de 2004 entre el filósofo Jürgen Habermas y el teólogo Joseph Ratzinger (ahora Benedicto XVI), que «La Nación» publicó hace dos sábados.
La nota de Grondona expone el planteo central de Habermas: la democracia no requiere de una instancia previa, prepolítica, que la justifique. Le basta para justificarse con el pacto racional entre ciudadanos que deciden respetar una misma constitución. Sin embargo, este racionalismo no necesariamente debe ser antirreligioso, como supuso durante mucho tiempo un laicismo extremo.
Grondona refleja con gran sencillez -lo que es clave tratándose de un pensador intrincado como Habermas- cómo el filósofo alemán le reconoce a la religión haber acuñado ideas fundamentales de la democracia como la justicia y los derechos humanos. Esta observación supone modificar la concepción que vio en la religión una supervivencia irracional ajena y aún nociva para la convivencia democrática. En vez de mantener esa oposición, Habermas -enseña Grondona- «propuso en Munich que el espíritu religioso y el espíritu secular aprendan juntos las reglas de la convivencia universal, ofreciéndose el uno al otro como remedios de sus respectivas patologías»: el fanatismo, en el caso de la religión; el individualismo extremo, en el caso del racionalismo.
El columnista expone también el planteo de Ratzinger en su diálogo con el filósofo. La pregunta, en su caso, parece ser la inversa: cómo garantizar la diversidad democrática cuando se reconoce la existencia de un orden de valores y principios absolutos. El teólogo apela aquí, expone Grondona, a la noción de interculturalismo. Consagrar la multiplicidad de culturas como si se tratara de universos cerrados conduciría a un relativismo que renuncia definitivamente a la contemplación de la verdad. Por eso Ratzinger prefiere reconocer la variedad de culturas (racionalista, judeocristiana, islámica, confucianista, budista), pero proponer una relación entre ellas que permita un convergencia en la consagración de los principios democráticos universales de justicia y solidaridad.
Benedicto XVI continúa así el camino de Juan Pablo II, interpreta el ensayista, quien abrió la ventana del ecumenismo hacia protestantes, judíos y cientificistas.




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