Comentarios políticos de este fin de semana
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Rafael Grossi reclama una ONU más activa ante el avance de los conflictos globales
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Impacto en aprendizajes: advierten que los alumnos pierden hasta un año de clases
Vladimir Lenin y Aníbal Ibarra
«La Nación».
«La Nación».
El argumento puede ser discutible, como todo razonamiento contrafáctico (en este caso: si Alemania no hubiera auspiciado la revolución rusa, Stalin no habría infligido la derrota de 1945). Pero ilumina bien lo que Grondona quiere plantearles a sus lectores argentinos esta semana: Kirchner consiguió un triunfo de corto plazo, la baja en el precio de la carne al suspender, por prohibición, la demanda externa; pero tal vez destruya el proceso exportador de la Argentina en un rubro crucial de la economía. La tesis sería piadosa con el Presidente si no fuera porque el ensayista anota: era imposible que los alemanes supieran las consecuencias de sus actos casi 30 años más tarde; en cambio Kirchner podría estar al tanto de los efectos de sus decisiones, ya que los expertos se los anuncian en estos días.
Grondona sostiene que el cierre de las exportaciones es un disuasivo para la inversión pecuaria, que se suma al de la rentabilidad que presenta la soja. Desde hace años la Argentina tiene 50 millones de cabezas. Podría tener menos, podría llegar a importar carne, dramatiza el columnista, si no se estimula la inversión.
Recomienda, como casi todos los profesionales, destinar al mercado interno los cortes más baratos, diversificar las pautas de consumo local y aumentar la producción. Cita el ejemplo brasileño: de 50 millones de cabezas llegó ahora a 200 millones, desmintiendo aquella vieja especialización según la cual a una Argentina agropecuaria le correspondería un Brasil industrial. Brasil ya se comporta como un país productor de ganado y la Argentina no se industrializó en gran escala.
¿Hay sólo un error técnico en el comportamientode Kirchner? Para Grondona también hay una secuela del primer peronismo: el odio a la «oligarquía vacuna».
VAN DER KOOY, EDUARDO,
«Clarín».
El columnista repasa con nuevos detalles temas previsibles de la semana. Sobre el acuerdo Kirchner-Vázquez por las papeleras destaca que el presidente argentino se enojó con el del Uruguay porque esperó otra actitud tras apoyarlo «como nadie» para ganar las elecciones. Lo critica a Kirchner por ser terco en este punto; si aquello fuera cierto, le cabría el reproche de la ingenuidad en el mandatario argentino.
Sobre el fondo del acuerdo el columnista de «Clarín» sabe tan poco como el resto de los diarios de ayer. Que el levantamiento de los cortes dependa de los ambientalistas y del gobernador Busti es una obviedad pero es la clave de que el acuerdo camine hacia el futuro, algo que hoy nadie puede vaticinar.
En el segundo tema de la columna, el columnista es igualmente crítico con el gobierno, al que le atribuye «bronca» e «impotencia» ante la caída de Aníbal Ibarra. Si Kirchner construyó ese estereotipo del presidente omnipresente y omnipotente -reflexiona Van der Kooy- no debe enojarse si se lo considera entre los perjudicados por la crisis en Capital Federal. Reparte responsabilidades el columnista entre Ibarra, Kirchner, los legisladores, los padres y la oposición que lo destituyó como si todos hubieran jugado al margen de la legitimidad, aunque dentro de la legalidad.
Van der Kooy acierta al describir el voto de Helio Rebot -como adelantó este diario- en sus motivaciones últimas: una represalia, muchos años después, de la destitución que Ibarra logró de Carlos Grosso, a cuyo «sistema» perteneció el legislador del voto clave en la década anterior. Es compasivo Van der Kooy al describir la ingenuidad con la cual el propio Kirchner no estaba enterado de estas entretelas cuando el referente principal de Rebot, Jorge Argüello, ha sido uno de los pioneros del kirchnerismo en el distrito Capital.
VERBITSKY, HORACIO,
«Página/12».
El columnista y asesor dedica su columna a celebrar cómo una ley sancionada por la Legislatura de Buenos Aires -y alentada, según revela, por el gobierno nacional- retrotrajo el Código Penal al tiempo anterior a la asunción como gobernador de Carlos Ruckauf. Esas reformas complican las facultades de los jueces para dictar prisiones preventivas, algo que según la imaginación de Verbitsky sería una de las causas del crecimiento de la criminalidad.
Esa insólita hipótesis -que debería revestir de alguna ciencia para hacerla creíble- la expresa así: hay criminalidad porque los presos se hacinan en las cárceles («el hacinamiento y la brutalidad intramuros de las cárceles se vuelcan luego a las calles»). Se podrá discutir la afirmación de que la criminalidad se eliminaría encerrando más gente; proferir lo contrario parece un juego de palabras.
Basta para justificar esta hipótesis que esta ley la promovió el CELS, la ONG que maneja el asesor y columnista, quien empleó la gravitación que le da su cercanía al gobierno para que la propia Corte Suprema de Justicia de la Nación le reclamase la sanción de esta ley a la provincia de Buenos Aires. El fondo, como muchas de estas campañas, es ideológico: evitar que el país entre en el «sendero represivo» de EE.UU. o la Federación Rusa, que tienen récord de presos en porcentaje sobre la totalidadde la población. Mucha literatura sobre un tema en el cual el país sigue fracasando, y más cuando se ata a estas consignas.
En un recuadro de su nota, el columnista remacha a su enemigo Aníbal Ibarra tras la destitución, según dice, por nepotismo y corrupción (ninguna de estas causales presentes figuró en el juicio político). Usa para esto una copia de los emails cruzados con un sacerdote que vive afuera del país, quien defiende a Ibarra por haber sido elegido por el voto popular. En un extremo de personalismo, Verbitsky se queja de que Ibarra no le haya hecho caso a él: «escribí sobre corrupción», recuerda, y «le presenté detalles de un caso, con la intención de ayudarlo» y no me hizo caso, recuerda. No como el Presidente, termina diciendo, que ahora va a las elecciones de 2007 «sin el lastre de Ibarra».




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