Comentarios políticos de este fin de semana

Política

WAINFELD, MARIO
«Página/12».


De nuevo el panorama de este columnista resulta el más útil del domingo. Por lo que informa, no tanto por el concepto, excesivamente comprometido por una mirada exaltatoria del Presidente, a quien ve como un prócer cuyos gestos hay que adivinar. Resabios del romanticismo político, que radica todas las razones en la luz que brilla sobre el héroe.

Util la reproducción de una reunión con el Presidente en el despacho de Alberto Fernández, con un Néstor Kirchner que le encanta por cómo ingresa a la oficina con una botella de agua mineral y descansadamente deja enfriar una lágrima (pocillo de leche cortado con café, apto para una digestión ácida). No dice que esa práctica insincera impide que queden registradas las visitas al Presidente en el récord de entrevistas a que obliga el decreto de ética pública a los funcionarios (en la página de Internet no figuran entrevistas de Kirchner, así como abundan en la del jefe de Gabinete).

Lo que le dice el Presidenteal cronista es que no sabe aún si será candidato o no a una reelección; que «falta mucho» aunque consiente que se trabaje la hipótesis de Cristina candidata porque mide más de 50% en Tandil y Chivilcoy, distritos testigo que representarían la opinión general del país.

Se ensaña en la charla Kirchner con Roberto Lavagna, casi con los mismos conceptos que suele proferir Eduardo Duhalde: es un buen funcionario, algo testarudo, mide por ahora muy mal.

Imagina que el peronismo que se le opone se sindicará en Mauricio Macri, descree de la posibilidad de que se amplíe el arco de apoyos transversales, lo ve subir a Rafael Bielsa en Santa Fe y se admiró del resultado del aplausómetro favorable a José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti cuando visitó Río Cuarto.

Esta acumulación de intuiciones permite reconstruir el rastro de las pulsiones presidenciales, que Wainfeld trata de adaptar a los prejuicios positivos que tiene hacia Kirchner. Lo ve, cándido, como un hombre que quiere redistribuir mejor el ingreso pero después de 2007, que quiere reformarla política, ambicioso en su pelea con el poder (como si no estuviese en el vértice de ese poder que dice querer combatir). Todas empresas que requerirían de una biografía bien distinta de la que elogió protagonizar Kirchner.

Un acierto en la pincelada es cómo Kirchner es consciente de la fragilidad del cargo que ejerce y cómo su proyecto es más modesto de lo que presume: sacar el año que viene el doble de los votos que obtuvo en 2003, es decir ubicarse por debajo aun de 50% de los sufragios. Un cálculo que tampoco le asegura la continuidad si se pone alguien enfrente que le tome el tiempo.

MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».


Casi con fruición el columnista dedica la entrega de ayer a glosar el nuevo perfil del Kirchner « burgués». El Presidente lo atizó a Morales Solá cuando éste destaca sus excesos de presunto progresismo. Ahora con ironía mira cómo intenta convencerlo a Hugo Chávez de no quedarse solo en un continente en el cual él, Tabaré Vázquez o Lula mejoran sus relaciones con Washington.

En este nuevo retrato del Presidente que arma el columnista, Kirchner cumple con su vieja promesa de ser el regulador de los excesos de sus colegas latinoamericanos. El ejemplo es el acuerdo gasífero con Bolivia, que marcó un rumbo más pacífico para las relaciones del gobierno de Evo Morales con los inversores extranjeros en ese país.

La información que aporta no es mucha; el relato del diálogo Kirchner-Chávez se publicó en este diario, así como los detalles de la negociación argentina con la española ENCE para trasladarse de Fray Bentos a Nueva Palmira. Es útil el dato que aporta de cómo Juan Luis Arregui, presidente de ese grupo, esperó dos días en vano a que lo recibiese Tabaré en Montevideo (¿comienzaa imitarlo a Kirchner en estos desaires?). La columna transmite cómo se puede haber entretenido su autor en hacer retoques al retrato, que corona con una frase que le atribuye al propio presidente: «Yo soy sólo un burgués».

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».


La nota de la columna es el pesimismo que proyecta sobre la gestión de un presidente al cual el monopolio adornó en algún momento con atributos de imbatible. El fantasma que le hace perder el sueño, dice Van der Kooy, es la reacción del humor social ante los cortes de luz y el retorno de los piqueteros violentos a las calles de Buenos Aires.

En lo primero los auspicios son lúgubres: va a hacer más calor, va a haber más cortes y el Presidente ya tomó nota de un primer cacerolazo en el Barrio Norte de la Capital Federal. Lo que el gobierno puede hacer ahora, acierta Van der Kooy, puede ser tardío: no permitió aumentos de tarifas y tiene cortes. Pero el estado del sistema es tan precario a nivel nacional que aun en provincias como Santa Fe o Córdoba, en donde se paga el doble por la luz que la Capital y Buenos Aires después de autorizarse los aumentos, también se suceden los cortes de energía.

Sobre los piquetes el panorama para el Presidente no es más alentador. Consiente los cortes de calles y Luis D'Elía, cree el columnista, no tardará en ir más allá de sus críticas contra Alberto Fernández y las extenderá hacia el Presidente. Kirchner tolera esto sólo por la limitación de no contar con algún recurso eficaz contra las alteraciones del orden público que permita superar los excesos represivos o la anarquía que hoy reina en el país.

La columna aporta un dato extraño: le atribuyeal Presidente haber designado a Jorge Ceballos,de la agrupación Barrios de Pie, como sucesorde D'Elía en la Secretaría de Hábitat. Anoche el propio Ceballos desmintió esa información a este diario. De ser así habría sido otra inconsecuencia presidencial, ya que el agitador de Barrios de Pie dedica sus horas libres a hacer campaña contra Daniel Scioli, la elección de Kirchner para la provincia de Buenos Aires. No sea tampoco que el gobierno se inspire en esa afirmación de Van der Kooy y corra a ofrecerle el cargo -hoy en manos del propio Julio de Vido en el Ministerio de Infraestructura-.

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».


También este columnista parece -como su colega Wainfeld de «Página/12»- distraído por el romanticismo político. Agota el artículo de ayer en un intento de taxonomía de las personalidades de la política según sus motivaciones. Como si fuera posible acceder a esa subjetividad extrema que es la «motivación» de los protagonistas de la política (es el sueño de los encuestadores y de los expertos en marketing), los divide entre «pragmáticos», «oportunistas» y «utópicos».

Este ensayo de antropología política navega en lugares comunes, como decir que los actos del dirigente obedecen a veces a la razón y otras al corazón. Debió agregar que la Argentina no termina en la General Paz.

Kirchner, que es el centro de sus obsesiones, para Grondona mezcla el pragmatismo con ciertos arrebatos del corazón.

El pragmático es cuando se pone contra las reelecciones de gobernadores, reduce la Corte a cinco miembros o elige a Scioli como candidato en Buenos Aires (acá anota sin más examen al vicepresidente en la casilla de los «oportunistas»). Se deja llevar por los arrebatos cuando ataca a militares, a los productores agropecuarios, a la Iglesia o las multinacionales.

El colofón es tranquilizador para el lector de domingo: «No nos gustaría un presidente que fuera enteramente pragmático y, por lo tanto oportunista», expresión que le habrá quitado a Kirchner el sueño, por lo menos durante la noche que pasó.

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