Hay una sustancia de la que la política depende más que otras actividades humanas: el tiempo. Lo que puede resultar muy adecuado a una hora se vuelve letal en otra. Néstor Kirchner comenzó a advertirlo, aunque deje la impresión de conocer una sola velocidad. Por eso, ya está arrepentido de haber invitado a Hugo Chávez, el controvertido presidente de Venezuela, a conmemorar en Buenos Aires el aniversario de la muerte del general José de San Martín.
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Cuando se le cursó la invitación a Chávez, su llegada parecía un hecho auspicioso. Un «bolivariano», el visitante, se abrazaría a un «sanmartiniano», el anfitrión, en un gesto que pretende mantener vivo el «sueño trunco de los libertadores», como diría la retórica de Raúl Alfonsín. La escena se imaginó hace un mes y medio, cuando se le sugirió al venezolano bajar a Buenos Aires después de los fastos por la asunción de Nicanor Duarte, el nuevo mandatario de Paraguay.
Por entonces, Kirchner se atragantaba de «neopopulismo»: Fidel Castro acababa de dejar las escalinatas de la Facultad de Derecho, las Madres de Plaza de Mayo bendecían la reapertura de los procesos contra los militares, crecía en la cabeza de Julio De Vido la candidatura de Eugenio Zaffaroni para ocupar un lugar en la Corte, y distintas ligas de piqueteros presentaban cartas credenciales en la Casa Rosada.
•Simpatía
A los empresarios se los tendría a raya (o «a rayas»), y Estados Unidos todavía era el país que fue «a Irak por el petróleo para después venir aquí por el agua», como dijo Kirchner, encendido, en uno de sus actos de campaña. Chávez, el único huésped latinoamericano de Saddam Hussein, hacía juego con el paisaje. A Kirchner le resultó simpatiquísimo cuando estuvo en su asunción, sobre todo por las recomendaciones de dos amigos de la pareja gobernante: Miguel Bonasso yAlicia Castro. Por eso, bien pronto los funcionarios de Economía y Planificación, comandados por Oscar Tangelson, viajaron a Caracas y fueron agasajados por Chávez, quien, además, envió a Kirchner recuerdos de Fidel.
Aquel contexto cambió más rápido de lo que el Presidente y sus amigos hubieran deseado. George W. Bush mandó «a comparecer» (el verbo es de Rodolfo Terragno) con dos meses de adelanto. El Fondo Monetario Internacional aprieta las clavijas a Roberto Lavagna (llamó al secretario de Cultura, Torcuato Di Tella, para quejarse de que en la universidad que lleva su nombre trascendieran confesiones sobre lo que pensaba ceder ante el Fondo; las publicó este diario). El viaje a Europa dejó casi como único corolario para los empresarios que «Kirchner no es Lula», dicho en detrimento del argentino, claro.
Por si faltaba algo, la campaña en la Capital Federal se ha puesto cuesta arriba para Aníbal Ibarra, y los propios encuestadores del gobierno (desde Artemio López hasta Ricardo Rouvier) encienden alertas sobre el eventual triunfo de Mauricio Macri en segunda vuelta, por la retracción del voto independiente frente al jefe de Gobierno. ¿Cómo incluir a Chávez en este cuadro? La orden de la Casa Rosada a la Cancillería fue cursada el viernes pasado. «Cuanto menos circo, mejor.» Esto quiere decir convertir la visita de Chávez, en lo que corresponde al Estado, en un acontecimiento casi protocolar.
Al venezolano comenzaron a cortarle las alas por el Congreso. Ya no se prevé una asamblea legislativa, sino, apenas, una «reunión conjunta». Es decir: asistencia de parlamentarios, sin invitación a figuras de otros poderes y citada no en el recinto de Diputados, sino en uno de los salones del Palacio (tampoco es cuestión de ofender). En público, la única cita que se agregará es una ofrenda floral en la estatua de San Martín, en Retiro. Nada de exhibiciones conjuntas en la Plaza de Mayo y mucho menos uso del balcón legendario. La temática también quedará restringida. Nada de política, mucho menos de consignas agresivas para los Estados Unidos o cualquier otra potencia de las que votan en el Fondo.
Oficialmente, la Cancillería transmite: «Vamos a resaltar los aspectos económicos de la relación con Venezuela; inversiones, balanza comercial, ese tipo de intercambios». Como si se tratara de la visita del presidente de Bielorrusia. Aclaran que todo lo que sea tumulto o exaltación de la personalidad del visitante «no tiene que ver con el programa oficial». Se refieren así, misteriosamente, a una concentración a favor del militar caribeño que realizarán los piqueteros amigos del Presidente. En estas ocasiones es cuando en el gobierno echan de menos la cercanía de algún empresario que sea capaz de «raptar» a Chávez para alguna jornada campera, con doma y asado con cuero incluidos. Kirchner apenas cuenta con la quinta de Osvaldo Cornide, aproximado por De Vido.
Estos contratiempos demuestran que al Presidente se le escapaba, a la hora de invitar a Chávez, una de las condiciones del gobernante astuto, que es la de prever a mediano plazo. El venezolano, en cambio, demostró cultivar esa destreza cuando aceptó la invitación. Para él, el paseo por el Río de la Plata será providencial. Sucede que el 20 de agosto una manifestación que prometen inédita presentará al Comando Nacional Electoral tres millones de firmas pidiendo la convocatoria a un plebiscito que revoque el mandato del primer mandatario y lo expulse del poder. Como el 19 está prevista la movilización de fuerzas amigas del gobierno, Venezuela se prepara para días aciagos. ¿Qué mejor que pasarle fuera de Caracas, en casa de amigos? Por eso, el parlanchín Chávez estará en Buenos Aires el 17 y el 18 cruzará a Montevideo para estar el 19 y el 20. Para Batlle, más que un contratiempo, es casi un disgusto: hace dos años llamó a su despacho al embajador venezolano para pedirle explicaciones por actividades conspirativas que había detectado en su residencia. A Chávez le importa poco y se establecerá del otro lado del río. Habrá que ver cuánto duran las expresiones de repudio a su figura en Venezuela para saber qué duración tendrá su viaje.
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