18 de febrero 2004 - 00:00

Confirman cese del embajador en Madrid

Ya regresa un embajador de Eduardo Duhalde, uno de los pocos que él mismo impulsó ya que no era hombre -cuando estaba en el gobierno- de interesarse en cuestiones diplomáticas. Se sabe que no es una actividad para él, por más que hoy revolotee por el Mercosur. La vuelta es la de Abel Posse (ayer se publicó el decreto), quizá más conocido por algunas de sus novelas que por su propio trabajo en Madrid -él mismo, en un ejemplo de modestia a seguir, instaló una mesa en la sinecura con todos sus libros publicados, incluyendo las traducciones, no vaya a ser que los visitantes ignoraran su estatura literaria- lugar de donde retorna por expresa disposición de Néstor Kirchner. No andaba bien esa herencia de Duhalde con la Casa Rosada.

Pero lo de Posse, entredichos, marginaciones, es apenas la punta de un iceberg que abarca a otros representantes diplomáticos. Primero, el pésimo gusto de despedirlo ayer cuando hoy Posse está citado en Madrid por el canciller Bielsa para una «reunión de trabajo».

Segundo, otros embajadores también han sido postergados, sea por cuestiones personales o por una metodología del propio jefe de Estado, quien decidió excluirlos de encuentros en los que habitualmente participaban. Sucedió también con Hernán Patiño Mayer (Uruguay), Archibaldo Lanús (Francia) y Rodolfo Gil (OEA). A Patiño Mayer quizá lo gratificó no participar de las tensas reuniones entre Kirchner y Jorge Batlle, aunque no ignora que su cercanía o militancia duhaldista también lo mortifica con su jefe.

Menos trabas subjetivas hubo en los casos de Gil y de Lanús, pero ellos tampoco fueron incluidos en reuniones clave de México o del canciller francés en Buenos Aires. Nadie reconoce la causa, salvo cierta pasión privada del Presidente para que no trasciendan pormenores de sus reuniones. Con esa bonhomía deben haber atendido las explicaciones Lanús y Gil, quienes por otras vías han sido protegidos por el gobierno. Pero ese buen trato no garantiza que luego los inviten a la fiesta. Quizá porque esta administración, a los embajadores, no les otorga demasiada importancia. Y de eso puede dar fe César Mayoral, hombre cercano a Carlos Chacho Alvarez y quien albergó a Cristina Kirchner en los Estados Unidos, aparte de ser su cicerone. Ni siquiera pudo con ese respaldo que saliera su pliego para convertirse en embajador, mientras personajes de la «casa» -García Moritan y Dumont- ya han sido bendecidos. A Mayoral lo debe afectar cierta especialidad por el IVA o que no reúne, por ahora, las condiciones necesarias para el cargo. ¿O acaso habrá pensado que por ser gentil con la señora del Presidente en Nueva York obtuvo un ticket para su promoción? Por si no lo sabía, Lanús también tuvo a la primera dama en su casa y luego, cuando vino el ministro francés, tampoco lo invitaron a ciertas reuniones.

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