Es el camino que va de la conmoción total a la secuencia lamentable de eventos que parecían preanunciarlo. De la emoción más profunda a la indignante lógica más peregrina. Un hombre intentó dispararle a la vicepresidenta Cristina Kirchner cuando arribaba a su casa. Quiso matarla y afortunadamente el tiro no salió. Como escribió el dirigente Juan Grabois, “Dios la protegió”.
¿Quién protege a Cristina?
¿Quién protege a la vicepresidenta de la Nación? ¿Quién vela por su seguridad? ¿De quién es la responsabilidad de cuidar a quien reviste una investidura solo comparable con la del presidente de la Nación?
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El hecho, de una gravedad institucional sin precedentes, plantea de forma impactante una pregunta: ¿quién protege a la vicepresidenta de la Nación? ¿Quién vela por su seguridad? ¿De quién es la responsabilidad de cuidar a quien reviste una investidura solo comparable con la del presidente de la Nación?
Ante la indiferencia de un gobierno nacional y de las fuerzas de seguridad dependientes del poder ejecutivo que nunca creyeron en la necesidad de implementar un operativo para reforzar y garantizar la seguridad de Cristina Fernández, era claro que la posibilidad de un atentado se alzaba como algo no improbable.
El culto del odio más atávico, las reiteradas incitaciones a la agresión, el permanente ejercicio del desprecio desde distintos sectores políticos pero también mediáticos, han generado un clima de violencia política y social extremo e inédito para las últimas décadas. Esa violencia -aún hoy- parece ser parte del negocio de algunos personajes nefastos, que impulsa a un sector de la sociedad a pasar por alto el estado de derecho y contribuir así a la legitimación del odio. Es necesaria una reacción inmediata.
No fue sólo el intento de atentar contra Cristina Kirchner. Fue también, a no dudarlo, el tributo esencial a aquellos que quieren borrar de plano una parte fundamental de la historia democrática nacional, y todo lo extraordinario que Cristina Fernández representa en esa secuencia.



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