Cuando estalló la Revolución Francesa y las cabezas ensangrentadas de los nobles empezaron a rodar por la Place de la Concorde, el filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel hizo un alto en sus cavilaciones y exclamó: «El cambio recién empieza». Aunque sólo tenía 19 años, la inquietante frase que le brotó como un exabrupto lo llevaría a edificar un portentoso sistema de ideas, cuyas derivaciones fue incapaz de prever.
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Por ejemplo, que el marxismo lo pusiera a él mismo de cabeza, que los totalitarismos de derecha se montaran igualmente sobre sus conceptos sobre el Estado, o que más de dos siglos después, en la lejana Argentina, la flamante presidente electa se declarara su discípula. Y la historia se puso del lado de Cristina, la primera mandataria hegeliana electa que tendrá el país (así se autodefinió ella, pocos meses atrás, en el II Congreso Internacional de Filosofía en San Juan).
Si Hegel había superado dialécticamente el sistema K (no el de Kirchner, claro, sino el de Kant), en conceptos tales como Razón, Estado y Ciencia, ¿de qué manera superará Cristina a su propio K, más allá de recibir de sus manos el bastón de mando el próximo 10 de diciembre? (¿Habrá que llamar ahora a Néstor el Primer Caballero?)
Enigma político y filosófico, el peso de la historia sobre el individuo es más intrincado aun cuando de peronismo se trata, movimiento ante cuya definición fracasaría un simposio entero de pensadores, hegelianos o no. Baste recordar que, para Evita, la Razón de su Vida era únicamente Perón, de quien emanaba todo lo justo y real. Evita, en las antípodas de Cristina, era tomista: una negación de lo dialéctico que terminaba en el Primer Trabajador.
La intención superadora e historicista de la presidente electa es tal que hasta acarreará problemas de nomenclatura: ya ordenó en campaña -tal como publicó este diario- que no se la llame «Cristina de Kirchner», ¿ sumará entonces un nuevo Fernández a la tradición de los Fernández estatales, u obligará a todos a dirigirse a ella con el impráctico y parroquial Fernández de Kirchner? Aunque, seguramente, lo que más desea es ser, simplemente, la Cristina nacional a secas, como Mirtha, Moria, Susana o Diego.
Sin embargo, más allá de las denominaciones, más intrigante resulta imaginar cómo se manifestará el hegelianismo cristinista en el poder. En aquel congreso,Fernández se había quejado de quienes creen que ya no importan las ideologías y limitan la filosofía a una mera cuestión académica. Cristina quiere, pretende, clama y hasta grita, con ese enojo tan suyo que luce en las tribunas (y que nada indica que morigere desde el mando, todo lo contrario) por ideas vivas, ideas que encarnen en la acción, en el movimiento.
Con esa crispación también dijo que no quería ser identificada ni con Hillary Clinton ni con Eva Perón. Ni con nadie. «No hay mejor cosa que ser parecido a uno mismo», declaró, finalmente. Dos conceptos fundantes y plenamente hegelianos: el pensador, también un hombre malhumorado, incluyó entre sus preocupaciones a la unidad y el movimiento.
Sin Primer Trabajador a sus espaldas, ¿hará suyos la primera Cristina (o Cristina I) algunos otros postulados de Hegel? Cuando habló del Estado, el filósofo lo definió como «la perfecta expresión de la racionalidad y de la libertad que, por lo tanto, representa la forma más alta del espíritu objetivo». En el Estado, dijo Hegel, no cabe la arbitrariedad del individuo, sino que esa arbitrariedad se supera a sí misma en la racionalidad plena. Desde luego, en ese caso, el filósofo se movía en la pura abstracción, territorio donde nunca hay ruido de bombos ni de crispaciones.
Pero, al término de sus días, Hegel llegó a decir de manera menos metafísica: «El Estado es perfecto, sí, pero el problema es la gente. ¿Y qué es la gente? La gente es esa parte del Estado que no sabe lo que quiere». Casi un precursor de Freud, que dijo lo mismo de una manera más machista.
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