Cristina: "Igual viajo a Nueva York"
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A esa hora ya giraba el comunicado de Taiana en los mismos términos y voceaba sus argumentos el grupo de respuesta rápida del oficialismo para estas emergencias (Massa, Aníbal Fernández, Miguel Pichetto, Florencio Randazzo, etc.) A todos les dijo Cristina de Kirchner que la respuesta de la Argentina irá en escalada y que puede ser tema en sus presentaciones ante anfitriones que la esperan en Nueva York para la tercera semana de setiembre.
Pero va a tener que entregar algo más que gacetillas y declaraciones el gobierno para responder a las acusaciones que hacen los acusados en el juicio del valijero bolivariano. Hace más de un año que sabía que las peripecias de los funcionarios argentinos iban a ser expuestas en el juicio, por más que los acusados y testigos -como ironizó ayer el abogado Guillermo Ledesma- «declaran con grilletes», y se presume que van a decir todo lo que los aleje del calabozo. Pero el gobierno no hizo nada para responder, no ya a las denuncias que se escuchan en Miami, sino al público y la oposición que ven cómo consiente con el silencio o los tonos altos de voz que algo falta por contar sobre esta novela en la que el gobierno es el acusado, por más que intente ponerse como acusador.
No lo hizo ni aun cuando la trama del financiamiento de las campañas mostró otro costado obsceno al revelarse que presuntos socios de narcotraficantes habían pagado gastos de la fórmula presidencial Cristina-Cobos, otra advertencia sobre el método del silencio y la gacetilla ante acusaciones que el público tiene derecho que le expliquen.
Tampoco ha rodado ninguna cabeza, seguramente porque esos aportes del área saludable del empresariado tocan la médula de la sociedad del poder peronista con los caciques sindicales. Los jueces actúan sobre los poderosos cuando éstos comienzan a perder el poder, aquí y en todo el mundo (lo demostró la tangente italiana, que volteó un sistema político que había perdido sus padrinos políticos).
Hasta ahora el gobierno contó con un sistema judicial que dictó la falta de mérito sobre Claudio Uberti, señalado ahora como quien pidió a uno de los viajeros del avión negro que llevase la valija con la plata para la campaña oficialista. Hoy habrá sentencia en Miami sobre algunos acusados de pedirle a Guido Antonini Wilson que se callase la boca. Si en el dictamen del juez en esas sentencias negociadas a cambio de admitir culpabilidad queda por escrito que esos dineros venían de Caracas con destino político a Buenos Aires, la historia puede ser otra. Ya ocurrió antes en Colombia, cuando un presidente en ejercicio perdió la visa para ingresar a los Estados Unidos. Dramático que ocurriera algo parecido para un gobierno que se ha convertido, en los hechos, aunque no lo admita en el discurso, en uno de los mejores amigos de las iniciativas de ese país en la región.
Con el gesto, el gobierno acentúa la personalización del Estado en quienes ejercen el poder de manera circunstancial: la Presidente y los funcionarios reaccionan ante las noticias como los acusados en un juicio, cuando los mandatarios lo son del conjunto y no de su suerte personal.
Por eso se entiende que un acusado guarde silencio ante fiscales y acusadores (es un recurso legítimo para defenderse); no es lo más prudente para un gobierno que debe algo más que un contraataque ingenioso.
Ensaya también el gobierno la aplicación de su política más vieja respecto de la Justicia global. Néstor Kirchner basó su política de derechos humanos, más allá de las convicciones, en que nunca más quería, cuando viajara por el mundo, que lo recibieran con pedidos de extradición de militares represores. Por eso promovió los juicios en el país. Ahora reclama el gobierno -negando también cualquier tentáculo de la Justicia global que él justifica en otros casos- que el caso de la valija se juzgue en la Argentina, que Antonini venga a decir aquí lo que tiene que decir. A lo mejor le conviene para seguir la suerte del exculpado Uberti.




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