Cristina, presa de otra utopía en nuevo proyecto de tránsito
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Mauricio Macri estrenó ayer su
nueva guardia de seguridad
vial, en realidad agentes de la
Guardia Urbana reconvertidos.
Igual que Cristina de Kirchner,
deberá esperar meses para
poder aplicar el
nuevo registro de
conducir por puntos.
Esto significa que ninguna provincia o municipio podrá otorgar una licencia de conducir si el titular tiene otra ya emitida en cualquier lugar del país, si registra tres o más infracciones graves o cinco leves o el conductor no hubiera cumplido con las penalidades impuestas.
Por eso, tanto el convenio como la ley fijan que cada provincia deberá adoptar no sólo el sistema unificado de licenciaspor puntajes, sino también un procedimiento único de medición de alcoholemia a los conductores. Las partes también acordaron allí que habrá controles de velocidades máximas unificados, sistemas de radar y fotografía, de velocidad promedio entre estaciones de peaje, y se le asigna a una fuerza federal, la Gendarmería Nacional, el control del tránsito en las rutas nacionales.
El proyecto que el gobierno envió al Congreso abarca así toda la problemática del tránsito, además de crear una agencia nacional de seguridad vial con plenos poderes para manejar la cuestión.
Hasta allí el esquema no parece tener inconvenientes, más cuando todos los gobernadores ratificaron el acuerdo.
El problema es que eso no basta para que la ley, una vez votada por el Congreso, rija en todo el país. Tal como lo fija el proyecto en el artículo 35, para que sea operativa debe ser ratificada por cada Legislatura local. Y allí es donde la historia indica que la nueva normapuede convertirse en una utopía.
El destino de las leyes convenio en la Argentina no siempre fue feliz. El mayor fracaso lo muestra la Ley de Coparticipación Federal. Su última versión fue aprobada en 1988, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, y desde entonces no pudo renovarse, a pesar de que hoy la distribución de fondos entre la Nación y las provincias es un caótico laberinto donde la Casa Rosada termina resolviendo los problemas por leyes-parche o simplemente por decretos. Nunca más volvieron a sentarse las 24 provincias con la Nación a analizar seriamente una nueva ley -a pesar de que la Constitución de 1994 había dado un plazo de dos años para hacerlo-; resultó siempre imposible ante un reparto de suma cero como ése que se pusieran de acuerdo tantas voluntades.
Otros ejemplos más cercanos prueban también que esos consensos son difíciles de lograr. Por ejemplo, hasta en el cambio de uso horario, que Cristina de Kirchner dispuso a fin de año, hubo tanto conflicto que hoy San Luis se rige por la hora anterior, es decir, está 60 minutos detrás del resto del país.
Lo mismo sucede con el Registro Unico de Adoptantes, que no termina de instaurarse en el país; la famosa Ley de Protección de Bosques Nativos que, a la fuerza, fue aprobada por el Congreso después de meses de disputas y aún sigue sin ratificarse en las provincias con producción forestal, y hasta con la Ley de Responsabilidad Fiscal, que muchas provincias intentan cumplir pero no pueden llegar a cubrir sus parámetros.
Ese es el peligro que corre hoy la noble intención de la Presidente de terminar con la tasa récord de accidentes y la criminalidad en el tránsito en todo el país. Habrá anuncio, como de costumbre, cuando el proyecto sea aprobado en el Congreso, tal como lo hubo la semana pasada en el Salón Blanco de la Casa Rosada. Pero ése será recién el comienzo de un proceso que, como en otros casos de leyes convenio, puede demorarse años.



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