5 de junio 2022 - 18:29

Daniel Scioli, el hombre que asumirá con una economía que se enfría bajo la atenta mirada del FMI (y de Guzmán)

Scioli será un ministro que asumirá con una carga especial. Deberá enfrentarse con dos enemigos: la falta de dólares y el impacto del shock externo en la economía local.

1570725667652.jpg

Daniel Scioli, el hombre que el Gobierno tiene designado para ocupar la silla del ministerio de Desarrollo Productivo tendrá un desafío impar. Por un lado, deberá gestionar la cartera de Producción en todas las áreas que su antecesor Matías Kulfas supo forjar y transitar. Por otro, será un ministro que asumirá la conducción del ciclo productivo con una economía que se enfría de forma progresiva, y que no podrá invertir ese ciclo.

La primera es una agenda nutrida que debe sostenerse y que representa numerosos compromisos. Siempre en el plano técnico, esos compromisos no sólo deben ser rápidamente asumidos, sino también reforzados para dar una idea de continuidad que es estratégica en áreas como son la energía y las materias primas, entre muchas otras. Dicho en criollo, debe conservarse todo lo que ha resultado valioso en materia de definiciones productivistas (muchas de ellas vinculadas a las políticas extractivistas como la minería y el litio), que las hay y son valiosas. Sin embargo, existe otro registro que es necesario profundizar.

Scioli será un ministro que asumirá con una carga especial. La inflación, que está frenando el crecimiento económico en el mundo, también lo hace en la Argentina. Las últimas cifras hablan: según el Indec, la actividad económica creció 4,8% en marzo en términos interanuales, pero registró una caída de 0,7% en comparación con febrero. Cualquiera podría argumentar que este dato, el interanual, lleva 13 meses consecutivos de suba. Pero sin embargo habrá que pensar mejor en una especie de “serrucho”: en diciembre, este indicador, en términos mensuales, había terminado el 2021 con una suba de 1,1 por ciento. Pero inició el 2022 con un retroceso de 0,7% en enero, una recuperación de 1,2% en febrero y una nueva caída de 0,7% en marzo. Si alguien quisiese hacer una comparación de ese ciclo, podría pensar que la economía “se enfría”, ya que hasta mitad del año pasado avanzaba todos los meses a ritmo de 0,6%, terminó el 2021 en 0,3% y ahora ya se ubica en torno a 0,2 por ciento.

Scioli deberá enfrentarse con dos enemigos: la falta de dólares y el impacto del shock externo en la economía local. Esto último podría entenderse como la sumatoria de mayores costos globales en fletes, obturación de las cadenas de valor, escalamiento de los precios internacionales y profecías autocumplidas, al cerrar los países productores de alimentos las líneas de exportación y generar una nueva ola de incrementos y mayor inflación. Uno más: la suba de tasas de interés global y local. Como se sabe, no hay divisas suficientes para financiar importaciones lo que le pone un límite a la velocidad de la expansión económica, porque a mayor nivel de avance de la actividad, mayores divisas requeridas para la compra de insumos y bienes de capital en el exterior. Para tomar una referencia, el Índice de producción industrial manufacturero (IPI manufacturero) mostró una caída de 1,9% en marzo respecto a febrero mientras que la construcción registró un retroceso de 1,9 por ciento (ambos indicadores tuvieron subas en la medición interanual).

Súmese a eso un detalle: el Banco Central cerró mayo con u$s 935 millones a favor. Pero a la entidad monetaria se le viene haciendo difícil la compra de dólares, ya que hasta esa fecha el saldo neto desde el arranque del año apenas alcanzaba los u$s 1.047 millones, una cifra que luce mucho más baja que los u$s 5.728 millones adquiridos en el mismo periodo del año pasado.

¿Razones? El pago de la factura de importación de energía y la liquidación de los vencimientos de deuda que tienen las empresas, además de las importaciones indispensables para sostener el aparato productivo y algo más de dólar turista. Ah, también algo más: por dólar ahorro, se adquieren ahora cuatro veces más cantidad de billetes verdes de la que demandaban hace un año. Guzmán sabe todo, pero no dice demasiado. Prefiere el voluntarismo y la retórica política mientras administra su relación con Georgieva. Confía en que, de presentarse algún cuestionamiento, podrá solventarlo. Lo mismo cavila el presidente Fernández.

Lo relevante en todo esto es la propia definición del Gobierno y el FMI, de lo que tienen pensado para el país: la economía tiene que crecer a una velocidad que sea compatible con el objetivo de acumulación de reservas, donde, lo primero, para el Fondo, es la acumulación de reservas… Por ende, en la próxima revisión del organismo pesarán los condicionantes. El BCRA ya lleva cinco en el año, llevó el tasa de referencia a 49%, lo que arroja un depósito bancario en plazo fijo ofrecería un rendimiento anual de 60%. Para el final, conviene recordar que el propio ministro Guzmán había homologado con el FMI un aterrizaje suave del crecimiento económico. Había sellado un crecimiento de 4% para este año (es la proyección oficial del FMI), seguido de uno mucho más magro, de apenas el 3% para 2023.

Hay que recordar que el programa del organismo con la Argentina prevé una expansión del PBI de entre el 3,5% y el 4,5% en 2022; de entre el 2,5% y el 3,5% en 2023 y entre el 2,5% y el 3% en 2024. Ese pronóstico pareciera estar pensado a la medida del ahorro de divisas necesario para acumular reservas y la baja intensidad en materia del motor del consumo en el PBI, para no demandar importaciones adicionales. De alguna forma, y en esos aspectos, el Gobierno sigue por la ruta que imaginó hace algunos meses, a pesar de la guerra, que pondrá más presión de ahora en más para cumplir con lo comprometido con Kristalina Georgieva, la directora gerente del FMI.

La advertencia de CFK

Muchas veces, la deuda permite a los países fondear su desarrollo. Otras tantas, le da recursos para pagar vencimientos de otras deudas. Incluso a veces, permite fortalecer la falta de divisas para pagar aquello que no se produce en el país, las importaciones. Cada tanto, se recurre al Fondo Monetario Internacional, un prestamista de última instancia. Este último tiene, a diferencia del resto de los acreedores, un detalle: puede pedirle condiciones al país que le presta. Esas condiciones son transversales: afecta lo fiscal, lo monetario e incluso lo macroeconómico, por ende, lo social.

Sería largo enumerar la historia de la Argentina con el FMI. Baste señalar, como lo hizo la vicepresidenta Cristina Kirchner que, en los últimos cuarenta y seis años, desde 1974 en adelante, el stock de su deuda pública externa creció a un ritmo superior al 8% mensual. No es broma. Pasó de unos u$s 4000 millones a más de u$s 160.000 millones.

Pero el foco, como lo hizo CFK, podría estar dedicado al ex presidente Mauricio Macri. Bajo su mandato, se sumaron u$S 90.000 millones, si se toma en cuenta el préstamo del FMI por u$s 44.500 millones de junio de 2018. Como las condiciones acordadas con el organismo eran incumplibles, el gobierno de Alberto Fernández cerró un nuevo acuerdo.

Más allá de las cuestiones numéricas, lo que parece una anécdota es lo más importante. La naturaleza del préstamo con el FMI hace que lo más “pesado” de resolver hacia adelante sea siempre el grosero condicionamiento que se impone. Si se lo piensa, nada ha cambiado. Lo de CFK es una nueva advertencia.

El FMI busca asegurarse el repago del préstamo y, para eso, aplicará una y otra vez aquello que conoce: un plan económico que reducirá el gasto público, buscará un déficit cero, atará de manos la emisión monetaria y buscará asegurar la acumulación de reservas del BCRA. El ministro de economía Martín Guzmán intuye que, con este plan económico, se está cerca de lo que pide el FMI.

Que la matriz económica va virando lentamente hacia la de un país que concentrará sus esfuerzos en el frente externo, que pondrá el foco y los beneficios para impulsar aún más a aquellos que se dedican a la exportación de materias primas y energía. Y que eso resolverá, tarde o temprano, la falta de divisas. Puede ser que así sea. Pero el costo de oportunidad de ese programa económico podría ser, en términos sociales, inexorable.

Movilizar la maquinaria del frente externo en detrimento de la del consumo y la inversión pública podría, en el peor de los casos, congelar una forma de producción y distribución de la riqueza muy desigual. Y sin la maquinaria del consumo, las mejoras de dicho ciclo económico podrían quedar “atrapadas” en reducidos sectores corporativos y sociales.

La decisión no es sencilla, pero lo peor que puede pasar es mantenerse inadvertido de que eso tiene lugar por estas horas en la Argentina. Al margen de haber transitado una política irresponsable de endeudamiento que terminó con la soberanía económica en manos del FMI, se define ahora un modelo económico. Además, se consolida este modelo vía paquetes de leyes, arquitecturas impositivas, grupos de beneficios y subsidios y otras herramientas. Y mientras eso sucede, existe también una elección que deja de lado otra forma de producir y distribuir, es el costo de oportunidad de crecer con una enorme deuda con el FMI en la espalda.

La advertencia es esta: el condicionante de la deuda, lo que viene aparejado con el FMI, es lo que le está dando forma a la matriz económica argentina. De ese proceso, la Argentina saldrá como el exportador de materias primas y energía que ya es, pero potenciado, en detrimento de otras variantes que podrían equilibrar esa ecuación. No es una mala noticia que la Argentina exporte más, todo lo contrario. Sin embargo, sin los cuidados y políticas necesarias para una mayor inclusión de amplios sectores de la sociedad que no participan de esas actividades, podría transformarse en una nueva maquinaria de la desigualdad, incluso con un PBI creciendo y con empleo creándose.

Dejá tu comentario

Te puede interesar