La aparición de Elisa Carrió ayer en radio «Mitre» sirvió para probar una de sus afirmaciones más acertadas: «El periodista que no sabe preguntar es la desaparición del espacio público». Tan complacientes eran los animadores -Lorena Maciel y Jorge Halperín- que no le repreguntaron ni, claro, se dieron por aludidos.
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Si entendieran el reproche, la hubieran ayudado a despejar los aciertos de los disparates. Por caso, Carrió da en el centro al criticar al profesor de Derecho Romano de La Plata por publicitar los bloopers de sus alumnos. «Debería mostrar no cómo llegan los alumnos a él, sino cuánto aprenden al final del curso.»
Impecable en la crítica, acusó al docente de humillar a los estudiantes.
Pudo agregar que en todos los países abundan estos interrogatorios que revelan lo poco que sabe la gente de lo que debería saber. La revista «Playboy» (muy buscada por sus reportajes) suele tener una sección de bloopers que hacen escarnio sobre la ignorancia popular. No hace mucho, se reseñó cómo más de 50% de los estudiantes de secundaria de los EE.UU. ignoraba la existencia de la Constitución de su país. Un alto porcentaje del resto -el que sí sabía de su existencia- manifestaba ignorar para qué servía. «Además, esto es -remató- el resultado de la reforma de Susana Decibe (ministra de Carlos Menem), de quien era asesor el actual ministro Daniel Filmus. Es la reforma de la Flacso (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, think tank pedagógico desde hace 15 años).»
• Lastre
La desmesura, a veces el error, ¿son el costo que debe pagar Carrió para imponer sus aciertos argumentales? Sí, son el lastre que despierta en quien la escucha hablar la idea de que lo bueno que dice termina frustrándose por los disparates con que lo condimenta. Explican la desmesura y el error entrecruzado de verdades porque la ex diputada es un fenómeno que intenta morder en la política, pero termina dominando como fenómeno cultural. De allí que la traducción de su altísimo protagonismo hacia el voto o la construcción partidaria sea casi un imposible.
Si se pusiera en contexto tan acertada crítica, Carrió no podría extraer conclusiones tan aberrantes como decir «lo que falta en el país es reflexión, pensamiento», una manera de sancionar lisa y llanamente que los argentinos son una raza inferior y que cualquier esfuerzo de mejora es imposible sin una revolución mental de esas que nunca ocurren.
O decir, sin más explicación, que «ésta es una sociedad perversa y que h umilla-», obliterando cualquier camino de resolución de los problemas. Es algo que ella ve a través de las telarañas verbales, cuando dice «esto viene de parto, pero de parto con dolor», que «haber salido del Congreso es como divorciarse de un marido malo», que odia a los cuadros políticos, o que «hay que ir a una sociedad de la ternura».
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