De diván: Moyano cree que es quien sostiene gobierno de los Kirchner
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Hugo Moyano
Se topa con dos objeciones. «Esto no es peronismo», le dijeron, al menos dos laderos. El moyanismo se asume como de un populismo centrista -o de centroderecha, como la matriz del sindicalismo argentino- mientras ven a los Kirchner como un «falso progresismo».
Adquiere un valor testigo, ante esa lectura, el impulso que tuvo desde la CGT, y particularmente de Moyano, la reapertura de la causa del crimen de José Ignacio Rucci.
Tiene que irse a los extremos para moderar a su tropa: se ve en la obligación de advertir que el gobierno de Cristina de Kirchner depende del respaldo de los gremios y que sin ese apoyo, su gestión quedaría condenada al fracaso y a un derrumbe.
Al lado de Moyano ese comentario, cuya certeza está en veremos, es comentario diario. Y transitan el camino de la interpretación: sostienen que Kirchner es consciente de esa dependencia pero que especula con que los gremios no harán nada en su contra porque eso sería suicida.
En criollo, la lectura de los moyanistas es que los Kirchner deducen que en un hipotético traspié del gobierno implicaría, además, un traspié para Moyano y sus aliados. A ambos lados de la mesa, como truqueros que se conocen las cartas, piensan lo mismo.
El interrogante, sin resolver, es cómo y hasta cuándo Moyano podrá contener a su tropa enojada con Kirchner. De hecho, más allá de Gerónimo «Momo» Venegas, líder de Las 62 que jamás se despegó de Duhalde, otros moyanistas han recalado en el ex gobernador.
Una radiografía del moyanismo, tomando como base a los que tienen butaca en el consejo directivo de la CGT, arroja un panorama complejo. Sólo Omar Viviani (Taxis) pegado a Moyano como un tatuaje y Julio Piumato ( Judiciales) pueden computarse como ultra-K.
Horacio Ghilini (Sadop) y Juan Carlos Schmid ( Dragado) se mueven en línea con el camionero pero, en paralelo, han tenido gestos de rebeldía con el gobierno: Ghilini impulsó la creación de un índice de precios propio de la CGT; Schmid activó un paro portuario.
La postura de Venegas, a quien Moyano preservó como secretario de Interior a pesar de la objeción de Kirchner se conoce: patalea contra el gobierno usando como argumento su falta de «gestos peronistas». Es quien más abiertamente opera al lado de Duhalde.
Con Roberto Fernández (UTA), el vínculo de Moyano está resentido hace tiempo: no pierden oportunidad de espadearse mutuamente. Fernández, igual, tiene una terminal directa en el despacho de Julio De Vido, al igual que Omar Maturano (Fraternidad).
El jefe de APL, Norberto Di Próspero, tiene juego propio en el Congreso -será electo como jefe de la Federación de Personal Legislativo- y suele objetar algunos modos de los Kirchner, igual que Abel Frutos (Panadero), también crítico del gobierno.
Fuera de los que tienen cargo, hay dos actores centrales en el esquema Moyano: el abogado laboralista y diputado Héctor Recalde, cercano a Kirchner, y Juan Manuel Palacios, «El Bocha», antiguo jefe de la UTA, recluido en La Plata a quien le queda más cerca Lomas de Zamora que Olivos.
Por ahora, Moyano surfea sobre esas disidencias que, claro, deja trascender para que Kirchner sepa que -una vez más- es el garante del acompañamiento sindical. Para eso necesita -y pide- gestos de Olivos y medidas sólidas desde la Casa Rosada que lo confirmen como jefe único.
Es lo que los moyanistas críticos, sin poner en duda un segundo su alineamiento con el camionero, reclaman. « Antes, con Kirchner, Moyano estaba en todos los anuncios sobre temas de empleo y salario. Ahora parece que no nos quieren más tener cerca», se quejó un dirigente. Vueltas de la vida, el argumento que usa Moyano para apaciguar a los enojos sobre la «dependencia» del esquema K de la CGT, Duhalde lo aplicó cuando charló días atrás con hombres del moyanismo. «No hagan eso: si no los van a culpar de querer voltear al gobierno», les dijo. De eso, el bonaerense conoce algo.




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