José Manuel de la Sota pasará la semana en Buenos Aires, expuesto a cuanto programa de TV admita políticos a su mesa, desarrollando los argumentos pacifistas que elaboró el asesor brasileño Joao Santana (cada vez más temeroso de confundir «productos» porque también influye en lo que dice Eduardo Duhalde durante su programa radial «Conversando con el Presidente» y hace algún aporte para la carrera de Lula Da Silva en su país de origen). El raid mediático será la superficie, la rutina que le preparó César Mansilla, operador de imagen ante los medios que todavía no consiguió que el gobernador se desprenda de esas camisas de cuello redondeado.
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Por debajo de esa recorrida, que lo tendrá maquillado mañana, tarde y noche, «José Manuel» (así lo llaman los íntimos, no «el Gallego», como confunden los falsos allegados) intentará una serie de negociaciones al cabo de las cuales aspira a estabilizar su candidatura. No vaya a ser que todo se reduzca a un fenómeno virtual, televisivo.
El primer frente que quiere despejar De la Sota es el del gobierno. No por la plata, que ya está garantizada y lo podría convertir en un modelo: gobernador que se presenta en contra de Carlos Menem se nutre de fondos imprescindibles para evitar una crisis mayor en su provincia. Por lo tanto, son otros los fantasmas que rodean al candidato, los mismos que ayer secretamente le confesó al Presidente. Sospecha de la sinceridad de Duhalde en su apoyo -quizá porque nunca los unió una buena relación-y teme por los movimientos de dos funcionarios clave para esta etapa de su carrera hacia el poder: Miguel Angel Toma y Jorge Matzkin. El cordobés cree que ambos están empeñados en hacer un acuerdo entre el Presidente y Carlos Menem. «¿Tienen a Duhalde para ese convenio?», pregunta un curioso. «No importa, les basta con el acuerdo sin Duhalde, es decir, con la traición», contesta la almohada de De la Sota. Temores que el gobernador sólo desahoga en sus más íntimos colaboradores: su esposa Olga Riutort, el ministro de Gobierno, Carlos Caserio, y el factotum Horacio Miró, hombre clave del entorno del cordobés, que en su momento ocupó la controvertida intervención de la obra social de la UOM.
Esos confesores intentan tranquilizar al candidato: «Toma y Matzkin no quieren ningún acuerdo con Menem; quieren subirte el precio y no que recibas su apoyo en la cuenta de Duhalde. Tenés que hablar con el jefe de los dos». De la Sota cabecea. No le gusta reunirse con José Luis Manzano -»el jefe» de ambos al que refiere el consejo-en plena campaña electoral. Si por él fuera, se reuniría en el cuarto subsuelo de una cochera, a oscuras, como en los filmes norteamericanos. La cuestión para él es crucial:Toma maneja resortes desde la SIDE que en una campaña electoral no pueden quedar sueltos y Matzkin controla nada menos que la organización de los comicios.
Además, con el Presidente De la Sota debe liquidar otra cuestión: el apoyo de la provincia de Buenos Aires. Uno y otro están encerrados en un círculo vicioso. Desde la provincia le dicen al cordobés que «una vez que levantes en las encuestas se comenzará a ver el corrimiento». Sus gerentes contestan: «Sólo levantará cuando se lo rodee de caudillos importantes». Al menos consiguió De la Sota una primera señal amigable: el sindicalista Hugo Curto le preparará un acto en Tres de Febrero, en el límite de San Martín, de tal manera que Luis Barrionuevo y Carlos «Tato» Brown puedan mover también a sus activistas. Pero no alcanza. En la sexta sección electoral hubo un pronunciamiento casi unánime por Carlos Menem.
En la tercera Manolo Quindimil debió suspender una asamblea para que no se produzca lo mismo. A Osvaldo Mércuri lo tienen controlado por los cuatro costados por sus contactos con amigos de Menem y, encima, Duhalde ordenó despegar las elecciones provinciales de las nacionales, lo cual debilita enormemente al candidato en un distrito en el que el aparato lo es casi todo si se trata de una interna.
Razona De la Sota: «Pobre Felipe (Solá). El cree que Duhalde desdobló para cagarme a mí. Y lo hizo para cagarlo a él. ¿No se da cuenta de que quiere llevar las elecciones bonaerenses bien tarde para él mismo ser gobernador?». De la Sota cree que Solá debería despertar pronto de su sueño platense y plegarse a su marcha como vice. Pero el heredero víctima de Carlos Ruckauf cree que todavía hay muchas incógnitas por despejar. La principal, ¿con qué grado de deterioro abandonará Duhalde la presidencia? La cuestión bonaerense lleva a De la Sota, como una línea recta, hacia otro problema: el del vice. Si no captura a Solá a quien tanto él como «Olguita» le ofrecieron el cargo (Solá lo niega)-, buscará en las provincias. Y allí se encuentra con un drama: «prescindencia» es el nombre. No hay gobernador que quiera inclinarse por él o por otro candidato porque, al hacerlo, abriría inmediatamente una fisura en su propio feudo, alimentada por la puja presidencial (la misma que se le produjo al propio De la Sota en Córdoba). Por otro lado, Rubén Marín -todos lo pretenden por lo que significa como centro de gravedad del PJ- no quiere secundar al cordobés. Sólo hubiera aceptado acompañar a Carlos Reutemann, quien le ofreció el lugar en la fórmula. Juan Carlos Romero sigue levantando su candidatura a la Presidencia, con lo que convierte en una falta de respeto cualquier insinuación.
Queda Ramón Puerta en la fila, quien seguramente sueña un destino más elevado para su futuro. Deberá esperar De la Sota para allanar esta dificultad, que después de todo no es la más grave.
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