2 de octubre 2001 - 00:00

Difama pero gana Carrió en su puja con Cavallo

Si cabía alguna duda acerca de que Rodolfo Terragno es el candidato del oficialismo basta saber que su principal padrino en el radicalismo porteño, Jesús Rodríguez, se acercó hasta Fernando de la Rúa para pedirle algo muy concreto y acaso imposible: «Deberías tratar de que (Domingo) Cavallo polemice con Terragno, no con (Elisa) Carrió». El Presidente se mostró sensible ante el pedido porque, como J. Rodríguez, cree que su suerte está ligada al ex jefe de Gabinete. Pero todavía no consiguió satisfacer el pedido que le formularon. Anoche el ministro de Economía aseguró que no polemizará con el candidato de la UCR y que, si alguna vez debatió con él, «fue para hacerlo famoso».

No se mencionó aquella anécdota para demostrar que Terragno defiende los intereses del oficialismo porque no hay estrategia retórica que pueda ocultarlo, a pesar de las disidencias del candidato. El episodio vale por otro motivo: la elección de Capital se ha convertido en la más inquietante, si no en términos absolutos, por lo menos para la mirada del radicalismo. De la Rúa, Terragno y la principal dirigencia de su partido en el distrito, se sienten víctimas de una polarización que los eclipsa: la que componen Carrió con sus acusaciones y Cavallo con su defensa.

Es natural que la gresca en la que están involucrados la diputada y el ministro llame más la atención que las objeciones casi académicas de Terragno acerca del modelo económico. Carrió no dice que Cavallo es el gestor de un programa agotado. Dice que Cavallo es un delincuente al que va a meter preso y, de paso, incluye en la amenaza también a Horacio Liendo, como lo haría tal vez con cualquier otro candidato a senador por el partido del ministro.

Para una audiencia tan anestesiada o desencantada que es capaz de llevar el voto negativo a un récord histórico, Carrió eligió la forma más eficiente de hacer proselitismo. A su manera, la legisladora se suma al fenómeno dominante del voto en blanco, antipolítico, y promete cárcel para quien -se supone- es el responsable más reciente de la larga depresión económica. No lo acusa por eso, claro, como haría Terragno; más sencillamente, lo condena por corrupto, presuntamente ladrón. A la italiana, con aquel «piove, governo ladro» en que se funda toda demagogia.

Se puede objetar que Carrió carece de argumentos para semejante condena. Los que parecía tener, cayeron en las últimas horas. Ella misma admite que sus papeles son falsos aunque pretenda que sus acusaciones sigan siendo verdaderas, con una lógica que está más cerca de la imaginería religiosa con que se rodea que de aquellas clases de filosofía que dictaba en la facultad, cuando era agnóstica e iluminista. Pero estas objeciones sirven de poco en el caso de Cavallo: él inventó el método de condenar por suposiciones, informes parciales de usinas imprecisas, intuiciones, cuadros de contactos y otro tipo de «evidencias». A tal punto que hoy debe negociar y disculparse con todos sus acusados para que le cierren las causas judiciales, evitar condenas y, tal vez la cárcel, a la que teme podría llegar más rápido que lo que promete Carrió, aunque por razones distintas del megacanje.

Como sucedió tantas veces a tantas víctimas de las arremetidas insultantes de Cavallo, Sonia Abrazian, sus hijos y buena parte del equipo de comunicaciones del ministro han montado una especie de «unidad Carrió» dedicada a rastrear por los medios de comunicación los presuntos infundios de la acusadora, confrontarlos con pruebas, papeles, legajos y cifras. Los motoqueros van y vienen entre el Palacio de Hacienda y el departamento de Libertador y Ocampo con videos para ser analizados. Es casi seguro que por las noches enhebran argumentos y escriben solicitadas imaginarias hasta la extenuación, sin estar seguros de que, finalmente, esa tarea tenga alguna utilidad. Lo comprobó el ministro el sábado, tal como le explicó a un colega del gabinete que le reprochó dar espacio a Carrió al dedicarle una conferencia de prensa: «Tuve que salir yo porque, cuando me enteré de que se había asociado a un falsificador, le mandé los datos a 'Clarín' pero no me publicaron nada». No es casual y él lo sabe (a diferencia de Alfredo Castañón, su secretario Legal y Técnico, quien le aseguró a una revista que «si no nos publican ustedes en la tapa hablo con Magnetto»).

• Efectos políticos

Es probable que la dinámica que adquirió el enfrentamiento con Carrió no agrade al ministro, aún cuando pueda beneficiar relativamente a su partido en las urnas. Pero más allá de esta peripecia personal, la pelea ya tiene efectos políticos relevantes. Aníbal Ibarra, por ejemplo, temeroso de que la ola anti-Cavallo que agita Carrió en la Capital termine por revolcarlo, llamó a votar contra la alianza entre «el ministro y De la Rúa». Esa declaración puede haber nacido de la desesperación de quien no quiere ver caer a su hermana y jefa política, Vilma, candidata a senadora junto con Terragno. Pero en el arrebato Ibarra rompió tal vez el último hilo que lo unía a la Casa Rosada y, acaso, a buena parte del radicalismo. Allí se enojan y recuerdan que la noche en que ingresó Cavallo al gabinete, Carlos Alvarez y el propio jefe de Gobierno fueron activos abogados de esa incorporación. Ahora los radicales temen que, ante una eventual derrota de Terragno, Ibarra se convierta en una especie de puente a través del cual lo que queda del Frepaso porteño y algunos dirigentes de la propia UCR pasen al servicio de Carrió.

Es innecesario señalar que las consecuencias de una derrota de Terragno en la Capital son graves para el gobierno. Primero, porque nadie la atribuiría a la disidencia que enarbola el ex ministro (tan acalorada que lo lleva a imaginar un pasado en el que él se alejó del gabinete por su propia voluntad debido a una denuncia de sobornos en el Senado y, a la vez, resultó expulsado del equipo por su tenaz oposición al ingreso de Cavallo a Economía). En la UCR imputarían el traspié a la política de De la Rúa y Cavallo, lo que fortalecería a los adversarios internos del gobierno, agrupados en torno a Raúl Alfonsín, Leopoldo Moreau, Federico Storani, Jesús Rodríguez, etc. Además, la Ciudad es el distrito del Presidente y eso empeora el color de una eventual derrota del radicalismo allí.

Estas consecuencias vuelven más endiablada, desde el punto de vista de las conveniencias políticas, la oposición CarrióCavallo. Es muy probable que el ministro no se beneficie con la polarización que genera: es difícil que Liendo consiga ubicarse segundo y convertirse en senador por la minoría. Ese lugar le está asegurado a Terragno aún si cae derrotado. En un cuadro así, el gobierno quedaría más débil y esa flaqueza la pagaría tal vez antes Cavallo como ministro que De la Rúa como presidente.

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