4 de marzo 2005 - 00:00

Discurso que debió evitar gozo de ataques internos

El discurso que pronunció ayer Néstor Kirchner está destinado a ser una pieza importante. No porque su contenido deslumbre desde el punto de vista conceptual, con algún enfoque original o inesperado. Su relevancia deriva del contexto: es el mensaje que quiso enviar en uno de los días más trascendentes de su mandato, si se tiene en cuenta que el problema de la cesación de pagos y la desconexión de las redes de financiamiento global constituyen acaso uno de los dos desafíos más serios -el otro es el elevado desempleo que exigirá inversiones- que se le presentaría a cualquier administración que tuviera que gobernar a partir de 2003. Para encontrar un texto de similar dimensión, habría que remontarse, en el caso de Kirchner, al que comunicó el día en que Carlos Menem renunció a competir en el ballottage y despejó así su camino hacia la jefatura del Estado. Curiosamente, las dos páginas tienen similitudes en el espíritu político que las anima, como se acotará más abajo. De un repaso del discurso que el Presidente leyó ayer por la tarde en el Salón Blanco se pueden extraer las siguientes observaciones:

• El primer rasgo saliente del pronunciamiento fue haber sacado el eje argumental del nivel de quita que se alcanzó con esta oferta aceptada por 76,07% de los acreedores. Esa línea es la que más seduce a la izquierda ultra y al populismo. Pero es también la que más refuerza el aislamiento en que el default sometió al país. Kirchner no se dejó tentar por ella y prefirió exhibir otros aspectos de su acuerdo. No se abrazó al marketing más abiertamente populista, en el que sí cayó en algunos discursos proselitistas anteriores, que ve un mérito en pagar lo menos posible, aunque eso signifique que al país no le vuelvan a prestar (los expertos saben que se habrá salido definitivamente del default cuando se emita un nuevo bono y el mercado lo adquiera a una tasa razonable).

• Inusual

• Tampoco Kirchner se regodeó en conflictos con otros países o gobiernos aprovechando una aceptación razonable (aunque inferior a la que esperaba el Grupo de los 7 y que expresó oficial y extraoficialmente el Fondo Monetario Internacional, es decir, de entre 80% y 90%). Si alguien esperaba una diatriba contra el premier italiano, Silvio Berlusconi, por ejemplo, se vio defraudado. Aunque su gobierno hubiera afirmado que la propuesta argentina era «inaceptable».

• Como pocas veces antes, Kirchner quiso presentarse como jefe de la Nación, en sentido estricto. Para un político como él, con una propensión muy marcada hacia los enfrentamientos de facción, el protocolo de ayer fue inusual. Por ejemplo, convocó a los gobernadores de todas las provincias, con los que jamás se reunió hasta ahora (es lógico para un gobernante que no confía ni en las reuniones de gabinete). Les agradeció y destacó que se refería a los de todos los partidos, no sólo a quienes militan en el PJ.

• Atardecer festivo

Lo mismo hizo con sus ministros y colaboradores: empezando por Lavagna y siguiendo por Alberto Fernández y Carlos Zannini. Para gente tan poco acostumbrada al elogio y al agradecimiento del santacruceño, el de ayer fue un atardecer festivo.

• Esta generosidad, que lo llevó a decir que la reestructuración es «fruto de la unidad nacional», se extendió a «empresarios nacionales», «organizaciones sociales» y «trabajadores». Pero contrastó con una referencia muy minuciosa a quienes debían quedar «fuera de la fiesta». Confesó que le habían recomendado no hacer reproches, pero igual los hizo: mencionó con nombre y apellido a los profesionales que habían criticado la manera de negociar (o de no hacerlo) o el contenido de la oferta. Citó, con párrafos especialmente escogidos, a Carlos Melconian, Julio Pierkarz, Pablo Guidotti, Miguel Kiguel, Jorge Avila, Ricardo Estévez, Daniel Artana, Manuel Solanet, José Luis Espert y Jorge Streb.

Se le puede reprochar que, como en aquel discurso inaugural que pronunció el día en que Menem le libró el paso, haya mostrado alguna mezquindad en la hora del éxito (lo que, en vez de favorecerlo, convierte a ese triunfo en algo dudoso). Pero lo que verdaderamente merece una objeción es el error de concepto que lo llevó a esas recriminaciones. En casi todos los casos, las fechas en que esas críticas citadas por Kirchner fueron pronunciadas son anteriores al 1 de junio de 2004. Ese día, el propio gobierno mejoró sustancialmente la oferta original de Dubai. Es decir: Kirchner y su ministro Lavagna también consideraron que su negociación fracasaría y que la oferta sería rechazada si se mantenía en los términos formulados hasta entonces. Los economistas que señalaron eso a lo largo de 2003 o en febrero o marzo de 2004 (casi todos los citados) no hicieron más que adelantar una opinión a la que el gobierno terminó sumándose. El día en que se lanzó la oferta de Buenos Aires, correctora de la de Dubai, podrían decir, como expresó Kirchner ayer, «teníamos razón».

• Pero el otro desacierto que esconde el reproche del Presidente es que la oferta misma fue mejorando en la medida en que la tasa de interés internacional, fijada para el largo plazo por la Reserva Federal de los Estados Unidos, hacía más atractiva la propuesta argentina. Sobre todo, porque mejoraba la cotización de los bonos brasileños de largo plazo, que fueron tomados como referencia por los inversores internacionales. En otras palabras: irónicamente se podría acotar que hubo un olvido ayer, en el texto de Kirchner, y fue no agradecerle a Alan Greenspan, que indirectamente hizo por la mejora de la propuesta local mucho más que Lavagna con su reticencia a negociar. Otro reconocimiento imposible debería dirigirse a los fallos internacionales que desalentaron la vía del pleito e indujeron a aceptar el canje.

• La filípica contra economistas y gurúes contrastó más con palabras del propio Kirchner, quien al final de su discurso pidió a los «dirigentes que terminen de agredirse permanentemente». Hasta defendió, con espíritu liberal, «la discusión de la idea para mejorar las políticas» y pidió un «debate a fondo para los problemas del país, como el crecimiento, el desempleo, etcétera». ¿Qué ánimo de participar en esa «discusión por la idea» a los que ayer fueron apostrofados públicamente desde la máxima altura institucional?

• Se le deben reconocer al discurso de Kirchner otros párrafos, más sensatos. Como el que admite que, despejado el problema de la deuda, ahora se podrá mirar con más tranquilidad el mediano y largo plazo. «Vivimos segundo a segundo, minuto a minuto», confesó, revelando la sensación de apremio que le provoca gobernar. Convocó a mejorar el Estado, el mercado y la sociedad. Defendió la competencia, aunque aclaró que debe combinarse con equilibrio «el dinamismo y la inclusión social». Sin embargo, a renglón seguido, incurrió en una desorientación de carácter general. Defendióla reestructuración como un caso de «enfoque propio». Criticó los «modelos universales». Y terminó incurriendo en una cita inesperada: habló del acuerdo por la deuda como
«una solución argentina para los problemas argentinos». Seguramente, ningún corrector le hizo notar que adoptaba como propio, en ese momento, el lema de la tapa de cada edición de «Clarín» (¿o fue un agradecimiento cifrado por los servicios prestados por esta prensa adicta?). Menos todavía le habrán hecho saber que Roberto Noble, el fundador de «Clarín», tomó ese eslogan de los escritos de Manuel Fresco, ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, que expresó una variante estrictamente fascista del conservadorismo argentino, adorador de Benito Mussolini, a quien hasta imitaba en sus ademanes. Insólita gaffe retórica del Presidente.

Esta idea de la «solución argentina a problemas argentinos» constituye, además, un error de concepto. Recuerda un estándar de interpretación del proceso económico propio de la década del '60 o '70, donde tantas veces Roberto Lavagna parece anclado, como muchos otros funcionarios del actual gobierno, del duhaldismo y de seguidores del homenajeado Alfonsín. Esa interpretación supone una «vía nacional al desarrollo» que resulta inviable desde hace, por lo menos, más de una década. La expansión de la tecnología y de las comunicaciones ha globalizado los mercados de tal manera que los factores internacionales son hoy infinitamente más determinantes que los de orden local para explicar las crisis y las recuperaciones. Desde la caída del Muro de Berlín y el colapso del denominado «socialismo real», el capitalismo se mundializó. Es cierto, puede adquirir matices de mayor o menor radicalidad. Pero consagró reglas generales a las que a ninguna economía le resulta posible evadirse: la disciplina fiscal, el privilegio de la productividad, la desregulación laboral, las privatizaciones, la homologación internacional de las normas de protección a las inversiones y, fundamentalmente, la iniciativa privada tras extinguirse las creencias en «goss planes», tipo extinta Unión Soviética, etcétera. Ensayar un «modelo nacional» o una «solución argentina» que desafíe esos principios generales implicaría un grado de voluntarismo que necesariamente pondría a quienes lo intenten en un rumbo de fracaso, más temprano que tarde.

• El discurso de Kirchner se puede evaluar también por lo que no dijo. Y hay un párrafo cuya ausencia es notoria: el Presidente no puso énfasis en el enorme esfuerzo que supondrá cumplir con lo que se promete pagar a través de los nuevos títulos emitidos. Crecer durante décadas a, por lo menos, 6% anual y acumular un superávit fiscal de más de 3% todos los años implica un desafío inédito para la Argentina, que debería haber sido consignado, aunque sea el aspecto más desagradable de lo tocaría hacer a cualquier gobierno durante este mandato.

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