Cuando está frente a íntimos, es casi su único tema de conversación: Eduardo Duhalde quiere convocar a una elección de constituyentes para modificar el régimen político del país y llevarlo a un formato parlamentario. Es decir, un sistema que reserve al presidente las competencias sobre Defensa y Relaciones Exteriores y delegue todo el resto en un gabinete surgido del Congreso y encabezado por un primer ministro, también legislador.
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«La gente pide parlamentarismo, me lo dicen todas las encuestas», le indicó Duhalde a un amigo íntimo hace dos viernes. No movió un solo músculo de la cara, a pesar de la comicidad de su frase. En rigor, tanto él como su interlocutor -un viejo lobo del PJ bonaerense- saben que el objetivo de la Constituyente es servir de excusa para que haya una elección antes de 2003 que le permita al mandatario lucirse ante el peronismo como un líder capaz de llevarlo a la victoria. Por eso, antes de afinar su estrategia, Duhalde fija una premisa en sus conversaciones: «La candidata debe ser Chiche». Habla de su mujer, claro.
La primera dificultad que debe despejar la estrategia que se maquina en Olivos tiene que ver con la sanción de la ley que debe desencadenar el proceso de reforma. Para esa operación requiere de los 2/3 del Congreso y, por lo tanto, de la complicidad radical. Duhalde habló ya con Raúl Alfonsín de esta pretensión y también con Leopoldo Moreau, quien ingresa a la quinta presidencial con una frecuencia impensable durante la gestión radical de Fernando de la Rúa (es cierto que muchas veces concurre a esa sede para visitar a José Pampuro, a quien ya agotó con pedidos de cargos públicos para sus acólitos radicales).
• Requisitos
Alfonsín, Moreau y los demás caudillos de la UCR no tienen demasiados reparos en contribuir con su voto legislativo a los deseos constitucionales de Duhalde. Siempre y cuando se cumplan algunos requisitos. El primero y más elemental: que no los dejen solos para la formación de listas electorales. Los radicales ya no podían ir aislados a los comicios en 1997 y disimularon esa situación inaugurando la Alianza, con el Frepaso. Atravesaron así esa prueba -que obligó a que Alfonsín renuncie a la candidatura de diputado en homenaje a Graciela Fernández Meijide-y la de 1999. Ahora deben cambiar de socio pero no de lógica: con la marca «UCR» muy devaluada, deben conseguir que los Duhalde les den refugio en listas comunes. Caso contrario, retacearán sus votos en las cámaras.
El otro requisito que fijarán los radicales para facilitar el camino a la reforma que quiere el duhaldismo es que no se anulen las «conquistas» de 1994, en especial la existencia de un tercer senador para la minoría. Es el punto más controvertido de la discusión ya que en todos los papeles que circulan dentro del PJ para llevar adelante la enmienda ese senador desaparece. ¿Podría ser la reforma, por esto mismo, la excusa para romper con los radicales de Alfonsín y Moreau, denunciándolos por aumentar el gasto de la política con ese tipo de institución? Medio entorno de Duhalde apuesta a esto, más por convicción personal que porque se sospeche de que el propio Presidente tenga esa intención bajo el poncho.
Hay otros aspectos de este emprendimiento oficial que tiene, en cambio, afinidades con el radicalismo asociado al gobierno. La inclinación por el parlamentarismo es el principal. Las burocracias partidarias están atemorizadas por el desprestigio en que han caído delante de la opinión pública y temen ser sustituidas por otro tipo de representantes (Elisa Carrió, Ricardo López Murphy, Mauricio Macri, etc., son vistos como verdugos en los comités). Muchos de esos viejos dirigentes de aparato creen ahora encontrar en el parlamentarismo un ardid para sobrevivir. La táctica sería dejar la presidencia para esos nuevos especímenes de la vida pública y conservar para los partidos y sus aparatos el Congreso y, con él, la formación de gabinetes de ministros.
• Urgencia
Sin embargo, no son estos artificios los que más preocupan a Duhalde. El está atento, antes que nada, a otro tipo de urgencia. Espera, con pocos indicios a favor, que la economía se recupere y aparezcan algunos signos de reactivación. Si ese fenómeno se produce, pretende aprovecharlo con un lanzamiento personal: conseguir que su apellido aparezca ligado al mayor número de votos antes de las elecciones presidenciales. El Presidente y sus colaboradores creen que si los comicios para constituyentes se realizan antes de fin de año sus opositores no partidarios no tendrán tiempo de organizarse. ¿Quién puede ganarnos en las grandes provincias?, se pregunta Duhalde cuando le señalan el riesgo de una competencia. Como en 1997, él cree que conviene consagrar su apellido como «ganador» antes de los comicios presidenciales. Como entonces, la operación se llevaría adelante con Chiche.
Hay una pregunta que en Olivos no consiguen todavía responder. Es la que se refiere al caudal de votos en blanco e impugnados que se pueden volcar a las urnas en un momento como el actual. ¿Qué cabe esperar de una elección que se desarrolla en semejante clima de encono hacia los políticos y cuando éstos ofrecen en sus listas una componenda de PJ y radicalismo? Esta pregunta no se la realizan solamente los duhaldistas, que escuchan a su jefe reiterar una y otra vez la conveniencia de una reforma. También se la hacen los demás caudillos del interior, que no quieren probar suerte innecesaria en los comicios, sobre todo cuando el gobierno sigue aliado en la Nación a los extenuados radicales, adversarios naturales del PJ en todo el país. En todos los casos, vuelve a la memoria del peronismo la misma escena: aquel naufragio de Antonio Cafiero en el plebiscito bonaerense de 1990, al que concurrió aliado a los actuales socios de Duhalde.
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