Lo que no le reconoce el gobierno al que pertenece -y sin dudas inventó-, se lo concede otra administración vecina, seguramente más poderosa que la Argentina. Eduardo Duhalde, sin oficina en la Cancillería (es embajador en el Mercosur), quien en la Capital pernocta del Alvear al San Juan, en Brasil ayer lo premiaron con un obsequio: el canciller Celso Amorim lo condujo a unas amplias oficinas en el segundo piso del Palacio Itamaraty que, desde ahora, son exclusivas para el bonaerense. Se habrá de reconocer que Brasilia no es el mejor sitio para vivir, pero el hecho de que Lula lo quiera a Duhalde en su cercanía es todo un gesto. El regalo inmobiliario -típico para alguien que alguna vez tuvo una empresa de esas características-ocurrió luego que el presidente brasileño recibiera al argentino y le encomendara entrevistarse con otros mandatarios de la región para realizar un acuerdo sobre la Unión Sudamericana antes de que concluya el mes.
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Duhalde debe sentirse como el ex jugador de tenis Horacio de la Peña, hace poco nacionalizado chileno porque en Santiago lo trataban mejor que en Buenos Aires. Si en Chile hasta se fotografió con el presidente Ricardo Lagos, mientras Duhalde no consigue una placa con Néstor Kirchner porque está prohibido. Informate más
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