Por una educación de calidad y con inclusión

Política

En este siglo el crecimiento económico de las naciones depende cada vez más de la acumulación de capital humano, es decir, del hombre mismo y de sus conocimientos. Desde hace varias décadas que aumenta aceleradamente la escolarización en las naciones que lideran no sólo el crecimiento económico, sino también el abatimiento de la pobreza

El acelerado avance tecnológico viene creando nuevos vínculos entre todos los pueblos del planeta y a la vez nos somete al riesgo de que dichos desarrollos terminen ahondando, en el frente interno, la división entre quienes pueden aprovechar los cambios para afianzar su situación cultural, social, económica y política, y aquellos que no tienen acceso a estos.

El mundo apunta hacia mejores horizontes; para lograr este objetivo será preciso multiplicar los esfuerzos para garantizar una educación que siga esa misma dirección. A medida que avanza el siglo XXI la educación aparece como una de las preocupaciones esenciales que se debe plantear en nuestra Nación acerca de su propio futuro.

Mientras Alberdi decía que “gobernar es poblar”, la extrapolación a este siglo de su aserto podría expresar que “gobernar es educar”. Así lo han entendido muchos países de América Latina, pero esa comprensión parece no haber hecho carne aún en la visión que prima en la sociedad argentina, que todavía descansa en viejos laureles, hoy marchitos y resecos. La educación, penosamente olvidada y postergada, cumple con funciones sociales y también individuales. Afecta al niño y a su contexto, desborda el estrecho marco de la escuela para comprender el conjunto de ámbitos en los que se desenvuelve el hombre.

En las sociedades modernas, la escuela -en general, el sistema educativo- es la principal institución a cargo de hacer circular el conocimiento y de preparar al individuo para el ejercicio de futuros roles. Hay que concebir la educación no como la simple transmisión de conocimientos básicos o complejos; la educación debe ser entendida como un sólido proceso de formación intelectual, capaz de formar ciudadanos que comprendan cabalmente nuestros problemas, la necesaria inserción en el mundo y un futuro a conquistar.

Además de aportar al desarrollo y al crecimiento del hombre, la educación cumple el papel crucial para la sociedad de contribuir en forma decisiva a la reducción de la pobreza. La educación es la condición necesaria, aunque no suficiente, para acabar con la pobreza y la creciente exclusión social que hoy nos abruma. Además, sin una buena e inclusiva educación, es difícil disminuir la violencia.

El nivel y la calidad de la educación son determinantes básicos de la productividad y del ingreso laboral, tanto de los pobres como de muchos otros que dependen de su trabajo para subsistir, pero para los primeros la educación tiene el valor de la escasez. Sin educación para todos, la justicia social es sólo una ilusión.

Ya se conocen los resultados del Operativo Aprender 2019, que abarcó 12 mil escuelas secundarias a las cuales asisten 4 millones de estudiantes (71 por ciento a escuelas estatales). Los resultados son un llamado de atención por los escasos conocimientos de Matemática de los alumnos del último año del secundario, por la gran desigualdad existente y por grandes carencias, como por ejemplo, que la mitad de las escuelas estatales no tenga agua potable o cloacas.

La desigualdad social es muy grande, ya que el 91% de los jóvenes (18-24 años) del quintil más alto de ingresos familiares concluyó el ciclo secundario, mientras que en el quintil más bajo lo hace apenas el 43%. El 57% de los alumnos del último año secundario en escuelas estatales no tiene ni los conocimientos mínimos “Básicos”, en las privadas esta magnitud se reduce a 26%. En el nivel socioeconómico “Alto” de las familias este indicador fue 24%, mientras que en el nivel socioeconómico “Bajo” de las familias este indicador ascendió a casi el triple (64%). Como se observa, las brechas por desigualdad social son muy grandes.

Tenemos un sistema escolar fracturado, con dos niveles distintos y separados: escuelas públicas principalmente para pobres y escuelas privadas para quienes pueden pagar, si bien existen cada vez más escuelas privadas que son gratuitas o tienen bajos aranceles. Si todo sigue como hasta ahora, se ampliará aún más la gran brecha que existe entre ambos sistemas escolares, lo que será fatal para la vigencia de una sociedad democrática. La desigualdad educativa es un obstáculo insalvable para construir una sociedad fraternalmente integrada.

De lo que se trata ahora es de volver la mirada a nuestra historia y aprender de quienes afrontaron la epopeya de la escuela argentina a fines del siglo XIX. Combatir la pobreza, alcanzar un desarrollo sostenible, permitir que los avances tecnológicos se difundan por toda nuestra sociedad sin exclusiones son tareas que una población no educada no podrá asumir.

Nelson Mandela dijo que “la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”. Muchos pueblos han entendido esta idea. De nosotros depende que la Argentina protagonice el rescate de su sistema escolar. Eso sí, no hay demasiado tiempo. El trabajo no es pequeño y debe iniciarse ya, ya que la escuela argentina hace años que ha dejado de ser la escuela modelo a ser imitada, como lo había sido por muchas décadas desde fines del siglo XIX.

(*) Academia Nacional de Educación

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario