18 de octubre 2005 - 00:00

El 17 peronista, un alto en la interna

Antonio Cafiero
Antonio Cafiero
Un restorán porteño con un más que apropiado nombre, «El General», fue el escenario elegido por viejos militantes peronistas para festejar los sesenta años de la pueblada que dio nacimiento a ese movimiento, y que desde el 17 de octubre de 1945 se dio en llamar el Día de la Lealtad. Frugal mesa de quesos y fiambres, bife «al parquet» (una humorada para mayores) con ensalada, helado, vino Los Arboles: todo por populares $ 20 por barba. El local ubicado en San Telmo pertenecea una sociedad formada por cinco peronistas (como es obvio), entre los que se cuenta Javier Puertolas, hombre del Sindicato del Seguro.

Hubo casi un centenar de peronistas, desde el ex intendente Carlos Grosso al -sentado en mesa aparte- sindicalista de los judiciales Alberto Piumato (aliado al secretario general de la CGT, Hugo Moyano), pasando por el ex gobernador santafesino José María Vernet y el funcionario de la Cancillería Daniel Castruccio. También estuvieron Mario Granero, Teresa González Fernández, Osvaldo Papaleo y Jorge Landau (apoderado del PJ en la provincia de Buenos Aires). Una variedad de líneas ideológicas internas que hacía honor a la tradición del movimiento. «Juntos, pero no mezclados», se encargó de aclarar Piumato, seguramente preocupado de que en Casa de Gobierno se enteren de que anda en malas compañías.

• Relato

El orador del almuerzo fue el senador bonaerense Antonio Cafiero, que hizo silenciar la bullanguera concurrencia cuando se tomó casi media hora para relatar detalles poco conocidos de la histórica jornada. Algunos apuntes de esos recuerdos:

• «Evita tuvo una participación menor que la que algunos le atribuyen; su única preocupación era que Perón estuviera vivo, porque pensaba que iban a matarlo, y entonces lo llamaba cada quince minutos al departamento donde estaba.»

• «La noche anterior, en la facultad de Ciencias Económicas a la que yo concurría, comenzó a circular el rumor de que el 17 habría una marcha hacia Plaza de Mayo. Durante la semana anterior había habido algunas manifestaciones en el interior, de poca monta y rápidamente dispersadas por la Policía.»

• «Ese día, junto con algunos compañeros de la facultad, nos apostamos a eso del mediodía en Avenida de Mayo y Perú para esperar la llegada de las columnas, que -ya comenzaba a rumorearse- venían desde Berisso, Ensenada, Avellaneda.»

• «Cuando finalmente Perón salió al balcón, lo que más recuerdo es su expresión de sorpresa. Ni él se creía que iba a producirse semejante demostración a su favor. Por eso, su primer saludo, '¡Compañeros!', tuvo una entonación casi intimista,de sorpresa, repito.»

• «Es indudable que el principal protagonista de ese día fue Cipriano Reyes, pero después se confundió: creyó que era él y no Perón el líder de masas de la Argentina, y eso le costó lo que le costó. A Perón, ¿hace falta que lo diga?, nunca le tembló demasiado la mano para desprenderse de personajes que se creían más importantes que él.»

Obviamente, muchos de los que estaban allí conocieron de primera mano o por referencias cómo tronaba el escarmiento del general para los «traidores».

El festejo había comenzado con la entonación «espontánea» y entusiasta de la marcha «Los muchachos peronistas», casi como una muestra de rebeldía ante la sugerencia de hace algunas semanas del Ministerio del Interior. Algunos en la mesa de
Cafiero le decían cuán difícil era optar por alguna de las dos candidatas bonaerenses, no precisamente porque ambas les resultaran atractivas; otros, en cambio, se felicitaban por votar en Capital (tampoco dijeron por quién lo harán). Cafiero decía que «cada peronista sabe lo que tiene que hacer», eludiendo definirse.

El júbilo y la recordación se prolongaron hasta casi las cuatro de la tarde, hora en que -postres mediante- el dueño del local hizo una «reprise» de la marcha partidaria, esta vez en su versión original cantada por
Hugo del Carril. En lugar de sumarse al cantor, los concurrentes optaron por escuchar, en un silencio casi religioso, que se rompió con el último «sos el primer trabajador», acompañado por unánimes «¡Viva Perón, carajo!».

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