Rumiaba ayer Alberto Pierri un particular desencanto. Repite una historia, siempre con los mismos protagonistas, la dupla Carlos Menem-Eduardo Duhalde. Casi una condena. Fue uno de los pocos que, desde el principio, acompañó la fórmula en l989. Desde entonces, más cerca de Duhalde -inclusive en emprendimientos particulares-, alcanzó el récord de permanencia al frente de la Cámara de Diputados y soñó con la gobernación bonaerense: se lo impidió su amigo, aunque siempre le echaron la culpa a la esposa de éste, Chiche. Desde entonces, se cortó la alianza política, aunque no la amistad. Por esa época, Pierri se re-costó en Menem, a quien ahora respalda en la provincia y a quien agasajó con el formidable acto de La Matanza el último sábado (no menos de 20 mil personas). Ese acontecimiento, más la seguridad que siempre le transmitía Duhalde -«Menem va a llevar como segundo a un hombre de Buenos Aires», repetía como si entendiera de política-, hizo que renovara otro sueño: ser el segundo de Menem. Pero no lo dijo. Entretanto, Menem selló otro pacto en el interior con Juan Carlos Romero como segundo (en rigor, lo había acordado hace un mes y medio en Salta) y ahora un Pierri descarnado por obligación parece encerrado en su propia jugada: es el hombre clave en la construcción de la candidatura y se olvidó de fijar la recompensa. Casi impropio para alguien de quien no se sabe si tiene más de empresario que de político.
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