El después del esmazazo
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Lo que dijo el gobernador cordobés, José Manuel de la Sota, trascendió ayer con asentimiento a varias provincias: «Algunos integrantes de organismos de derechos humanos promueven el resentimiento que lleva al fascismo».
En Córdoba, De la Sota señaló: «Ninguno de nosotros tiene que rendir examen en materia de derechos humanos porque sufrimos en carne propia tanto o más que cualquier otro militante de sectores populares de la Argentina. Algunas personas no tienen derecho a abusar de la política presidencial de verdad y justicia y utilizar actos de este tipo para profundizar divisiones entre argentinos».
El mandatario cordobés aseguró además que «el odio y el resentimiento no son un buen camino para encontrar el 'nunca más'», y que «tiene que haber verdad, justicia, arrepentimiento de todos, y no reivindicación irresponsable del uso de la violencia detrás de cualquier idea». «Hemos sido discriminados injustamente como peronistas y no lo merecemos», denunció.
La relación entre el oficialismo y la UCR siguió ayer tirante, tras la polémica que desató Kirchner por haber omitido en su discurso frente a la puerta de la ESMA la acción de Alfonsín por los derechos humanos, en especial el juicio a las juntas de comandantes.
En la víspera, continuaron las repercusiones y la polémica por este hecho y por el llamado telefónico que, anteanoche, hizo el Presidente al radical para disculparse. «Sé que está enojado, doctor Alfonsín», comenzó ese diálogo Kirchner. «Estoy dolido más que enojado», replicó su interlocutor. «Nunca me olvidé del juicio a las juntas», prosiguió el santacruceño, antes de invitarlo a tomar un café. «Muy bien», lo despidió el cacique de Chascomús, sin demasiada cordialidad ni cortesía.
Ayer, Angel Rozas calificó de «buen gesto, pero insuficiente» el llamado que el Presidente le hizo al ex jefe de Estado. «Creo que es insuficiente lo del presidente Kirchner, quien debería hacer una rectificación, la cual lo dejaría muy bien parado frente a los argentinos», aseveró el responsable del comité nacional.
El dirigente radical y ex gobernador del Chaco sostuvo que «lo que le interesa a la UCR es que la opinión pública conozca la verdad respecto de lo que el radicalismo hizo durante el gobierno de Alfonsín en el tema de los derechos humanos».
En este marco recordó que durante la gestión alfonsinista «no sólo se llevó a cabo el juicio a las juntas militares y se creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), sino que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, con sede en Washington, nombró a Alfonsín 'personalidad del año' por su defensa en esa materia en la Argentina». «Lo bueno habría sido que, cuando salía en cadena para todo el país, Kirchner hubiese reconocido esto», concluyó Rozas.
• Mandoble
Aníbal Fernández, por el lado del Poder Ejecutivo, desmintió que el discurso pronunciado por Kirchner, en el que pidió perdón «en nombre del Estado por haber callado durante 20 años de democracia tantas atrocidades», haya sido una «agresión o castigo» al radical.
«Nadie le puede negar a Alfonsín el esfuerzo por la consolidación de la democracia en el término del juicio a las juntas», afirmó el ministro del Interior. Hacia el final de sus declaraciones desandó el camino de la concordia y terminó arrojando un mandoble sobre el alfonsinismo al subrayar las consecuencias que tuvieron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida -votadas a instancias del ex presidente Alfonsín-y los indultos, que -afirmó- «tiraron por la borda lo que la Conadep hizo, que fue un esfuerzo muy grande y pudo detectar muchas atrocidades».
Horacio Verbitsky aprovechó ayer, en su columna de «Página/12», para profundizar la brecha que se abrió entre Kirchner y los gobernadores del PJ, a los que el periodista casi insultó cuando les espetó que ninguno podía ni «salir a la calle por el repudio social».
No se puede pensar en serio en política afirmando que la única consecuencia que puede traer una ruptura del peronismo en este momento es un aislamiento de, por ejemplo, Felipe Solá, De la Sota o Jorge Obeid.
Kirchner no se conformó con mantener silencio cuando Bonafini vetó la presencia de los gobernadores. Insistió con llamar «corporación» al grupo de mandatarios, como lo hizo con los diputados y senadores en su momento, a los que se niega a recibir en la Casa Rosada.
Por medios oficiales, Miguel Bonasso llamó «fascista» a todo el que quiere «Historia sin colores». A su vez, el mismo Verbitsky, en la cúspide de la intemperancia, desafió desde su nada al gobernador de una provincia que es 40% del país y dijo de Solá que quiere ser «hiperkirchnerista», cuando lo ensalzaron como socio privilegiado en la provincia de Buenos Aires en los intentos por limitar a Eduardo Duhalde.
Peor es denunciar lo de «campos de concentración que tienen poco que envidiarle a la ESMA y promover a altas responsabilidades a notorios torturadores» en territorio bonaerense, cuando el problema allí es la inseguridad que paraliza la vida de muchos barrios.
No le hace ningún favor Verbitsky a Kirchner al acelerar una crisis entre el gobierno nacional y los gobernadores de su propio partido potenciando lo grave que el Presidente dijo de ellos en su discurso. Dicen -en otros medios- que Kirchner expresó: «Yo no vi que ninguno de los que ahora se quejan haya sacado una solicitada cuando Menem firmó los indultos o cuando se sancionaron las leyes de Obediencia Debida y Punto Final». Lo haya dicho o no, es cierto: ningún gobernador lo hizo. Pero sólo en la mente sectorizada y con pesadumbres particulares todo eso está mal. ¿Lo estará también la sociedad argentina? ¿Todos o una absoluta minoría quiere revivir los '70?
El después, el día después del olvidable acto en la ESMA, dejó desconcierto sobre el gobierno. Puede sospecharse que Néstor Kirchner necesita, como alimento espiritual, el enfrentamiento de quienes puedan ser figuras no sometidas totalmente a sus designios, sean gobernadores, políticos, periodistas, empresarios. Alarmante.




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