19 de septiembre 2001 - 00:00

El difícil admitir que la Argentina ya no es rica

Públicamente existen 4 Mariano Grondona. Uno el simplemente tentado a ganar dinero con la TV, algo que lo obliga a escuchar opiniones de quienes no llegan a la mitad de su inteligencia o elaborar conclusiones en un minuto final. Otro es el que, compulsivamente, tiene que escribir y firmar un comentario político semanal en «La Nación», haya o no haya desarrollado en profundidad un análisis.

Los libros que se escriben sobre aquel legendario diario «La Opinión», de Jacobo Timerman, desarrollan más los aspectos formales, tratan de describir el contexto de país en el que gravitaron sus escasos 7 años de vida, pero no la filosofía que lo impregnó, probablemente porque quienes lo describen no trabajaron en él. Timerman, por caso, quería que los periodistas escribieran y firmaran notas cuando tuvieran algo que decir y no impuestas por un calendario semanal, algo que generalmente lleva a la banalidad. En el caso de Grondona, que no tiene el ejercicio diario del «periodista de redacción» para nutrirse de diálogos constantes con protagonistas políticos, la banalidad se nota en sus repetidas citas históricas y sus descripciones etimológicas de las palabras para completar el espacio que le reservan. Esto último es malo y tan simplista para el análisis de la actualidad como el de los artesanos en hacer encuestas públicas que sólo por esa ductilidad particular y endiosando sus resultados se creen habilitados para sesudos análisis políticos.

El tercer Grondona es el verdaderamente valioso, el que lo pone en nivel excluyente en cuanto a los analistas políticos, entre los reales formadores de opinión pública y, desde ya, en el escaso grupo de alto nivel de la intelectualidad argentina. El cuarto no tiene importancia porque fue temporal y casi exclusivo fruto putativo del segundo, el obligado a caer en elementalidades que impone la «columna semanal a fecha fija». Este cuarto es el que le refriega por su rostro y prestigio la izquierda por las poco razonables -algunas, no todas-«columnas», hasta con seudónimos, que escribió sobre la institucionalidad en los regímenes de facto militares que asolaron el país en el pasado reciente.

Precisamente del Grondona valioso, del que no se siente atado por obligaciones ni demagogias populares, acaba de salir una creación consistente, un libro de imprescindible lectura, por lo menos en 63 páginas (de la 99 a la 162) de un total de 214. Valioso porque Grondona selecciona y retoca lo mejor de su demasiado copiosa producción periodística semana tras semana que queda casi como un borrador de lo que ahora, circunscribe a un buen libro se brinda como lectura atractiva. Además, a este nuevo libro lo hilvana una idea-tesis muy interesante y, a nuestro criterio, real, que expone en la página 100: «El fin del mito de la riqueza argentina». Esta tesis central está acorde con el título de la obra: «La realidad. El despertar del sueño argentino» (Planeta).

Reconfortante

En una Argentina donde hay que leer la pomposidad vacua del «manifiesto por la unidad nacional», de Raúl Alfonsín (donde sólo acierta el comienzo del mal argentino, en 1930, aunque yerra la motivación que atribuye exclusivamente al primer golpe militar antidemocrático, que es sólo una consecuencia); la fatuidad mediocre de Marcos Aguinis; que se considere «sociólogo» razonable a José Sebrelli; «pensador» a Horacio Verbitsky por apretujar ideología debajo de alguna buena idea-fuerza; «historiador» a Pacho O'Donnell por aprovechar la información y cambiándole pícaramente sólo el sentido, un libro como «La realidad» de Grondona reconforta y revaloriza la inteligencia en nuestro país.

No le sirven a Grondona para sustentar su tesis los «libros políticos» -malos, ególatras y superficiales, sin excepción-ni los pretenciosos y elementales «libros analíticos» de la actualidad argentina. Ni siquiera los libros periodísticos de anécdotas, de mera descripción de hechos, porque siempre están teñidos de intencionalidad sumada a poca profundidad ya que sólo persiguen ganar algún dinero fácil. Por eso este libro de Grondona no tiene bibliografía de apoyo en su final, es lógico.

La base del sustento de la obra de Grondona -fuerte también en casi toda su decena de libros anteriores-es la información diaria de prensa, los analistas periodísticos del día, los columnistas espontáneos que llegan sin afán de lucro a los medios, principalmente a los diarios, lo que oye o lee del discursear de políticos y economistas que tamiza para su producto libro con su propia formación, su buen raciocinio que traduce en lógica correcta (si es desarrollada sin apremio de fechas) y su innegable habilidad para la escritura clara, amena con conceptos comprensibles propios sólo provenientes de quienes razonan bien.

Fundamentalmente es un libro útil para entender lo que está sucediendo en la Argentina: detrás de los desastres de la década 1980, avanzaba la idea de reducir los estatismos monstruosos en empresas públicas que nos agobiaban y alejaban de toda competitividad por su ineficiencia. Eso se corrige en la década de los '90. El desastre aquí fue la duplicación del ya abultado gasto público, pero va anidando la idea en el cerebro de los argentinos de que esto también tiene que cambiarse. En eso estamos hoy. Se espera que suceda en esta década y siglo que acabamos de iniciar.

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