Decenas de
cuadras
fueron
ocupadas
por micros
que llevaron
a partidarios
hasta La
Paternal para
el acto de
Bielsa y
Kirchner.
Mas allá de todo lo que se dice antes de los comicios, hay enigmas que sólo serán resueltos el día de la elección. A pesar de la simple o doble lectura de las encuestas, se acepten o no sus vaticinios. O de lo que opinen presuntos expertos en la materia, incluyendo a los periodistas. Y si se enumeran o suman previamente esas incógnitas, se obtendrá un mapa de complejidades que por su misterio transforman la fecha del 23 de octubre en la jornada más esperada de la novela electoral, no tanto por la formalidad del escrutinio, sino por lo que éste habrá de dilucidar: sea para que algunos refirmen o modifiquen cambios en sus cálculos económicos o para que otros diseñen una nueva ingeniería para la final política de 2007, cuando venza o se renueve el mandato presidencial. Veamos algunas de esas dudas:
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• Sin constituir una incógnita, sorprende otra característica del gobierno (también extendida a otras administraciones provinciales). Al revés de otros comicios, en esta ocasión no se invita ni se promueve el acto de votar el próximo domingo. Era común la campaña, en otras oportunidades, a favor de la regularización del documento único, del cumplimiento del deber cívico, del robustecimiento de la democracia a través del sufragio, inclusive hasta de las sanciones posibles -nunca aplicadas- para quien se salteara esa responsabilidad. Ahora no se ha hecho nada al respecto. ¿Es un olvido imperdonable, o selectivo, esta falta de motivación republicana? O, en tren de conjeturar, se trata de un ardid del oficialismo para mantener electorados cautivos,asegurados, presos de algún canje espurio, que garantizan un número concreto de votos. Pregunta sin respuesta, más que un enigma, aunque la deserción y el voto en blanco (más de 30% en los comicios provinciales de 2003 en los dos rubros) ya comienzan a ser componentes para quienes impugnen la legitimidad de los resultados. Si las encuestas afirman que la mayor parte de la gente no sabe lo que se vota el domingo, hay un paso -sin una razonable prédica y publicidad oficiales- para que esa misma gente se pregunte para qué votar.
• Hay un vacío y una contradicción manifiestos entre lo que prometen los sondeos de la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires. ¿Cómo es posible que el oficialismo presuma de una ventaja abrumadora en el distrito bonaerense (Cristina de Kirchner sobre Chiche de Duhalde) y, simultáneamente, en el ámbito porteño sea rechazado por la mayor parte de la población? (ya que, aun en la hipótesis no anticipada por nadie de que Rafael Bielsa triunfe, aun con diferencias, Mauricio Macri y Elisa Carrió constituyen un notable paquete opositor). Parece difícil entonces aceptar que vecinos sólo separados por una avenida piensen en forma tan diferente.
Por supuesto, nadie ignora la realidad de que la Capital actuó en ocasiones con criterios diferenciados del resto de las provincias (votó contra Roca, Yrigoyen, Perón, Menem); siempre se ha considerado un electorado distinto. Lo es también por su condición económica, menos crítica y pobre. Pero la referencia histórica no explica otros comportamientos: en fenómenos de surgimientos masivos y populares, como se anuncia el kirchnerismo en todo el país y con preferencia en Buenos Aires -copiando a lo que fueron el radicalismo de Raúl Alfonsín o la propia Alianza de Fernando de la Rúa, ambos distritos electorales procedieron a la hora de la verdad en forma semejante. Hubo paralelismo para sostener ciertos liderazgos y en este caso, el Presidente se encargó de martillar frente a todos los auditorios que esta elección es de características nacionales, no locales, que juega su cabeza, hasta en un momento de extrema confianza -de la cual luego se apartó sabiamente- la planteó como un plebiscito para su gestión. Si hay plebiscito en Buenos Aires, ¿por qué no se registra en la Capital?
Se habla de otro argumento para justificar esa dicotomía insondable de los resultados que se anuncian en ambos distritos: como suele decirse, la gente vota más en «contra de» que «a favor de». O sea que, en Buenos Aires sería formidable la repulsa al duhaldismo ancestral y, a contrario sensu, la gente se inclinaría por la propuesta de Kirchner. Eso explicaría una victoria, aunque en el recuento final, el Presidente podrá exhibirse como vencedor con una primera minoría, ya que la mayoría dividida del resto de los partidos, en la provincia, se pronunciará en su contra. Pero lo que vale para la provincia -lo de «contra de» o «a favor de»-, también puede aplicarse en la Capital Federal. Es decir, que Kirchner sea tan rechazado por los porteños como lo sería Duhalde entre los bonaerenses, ya que le asignan un castigo popular semejante debido a la concentración de votos opuestos tanto o más importante que la del hombre que lo hizo presidente. Singular el caso, además, porque el santacruceño goza de un respaldo cercano a 50% entre los capitalinos y, sin embargo, nadie le registra siquiera la mitad de esa simpatía a su candidato el día de los comicios. No habría que ignorar, es cierto, un dato obvio. En un distrito el gobierno se hace representar por la mujer del Presidente y en el otro va detrás de un ministro que al propio oficialismo le genera desconfianza.
Conclusión: resulta por lo menos complejo este enigma sobre la conducta de los ciudadanos de un mismo lugar, separados apenas por una avenida -mimetizados además en el denso primer cordón-, a menos que se acepte como determinante la práctica de las dádivas en el resultado (planes, subsidios, electrodomésticos, dinero en efectivo). Si ése es el saldo, se ha avanzado hacia la africanización.
• Nadie comprende aún otra revelación de las encuestas. Si en Buenos Aires anuncian la victoria de Cristina de Kirchner, ¿cómo es posible que al mismo tiempo varios de esos sondeos también consagren como triunfador al Partido Justicialista en el distrito? (es obvio que la primera dama participa con el Frente para la Victoria). Ciertamente, es un dato contradictorio, casi un enigma. ¿Se volcarán los votantes por el apellido impreso en la boleta -grande Kirchner, un poco menos Cristina- o, como sueña Duhalde, optarán por la que lleva la fotografía de Perón y Evita, más el escudo peronista y la leyenda Partido Justicialista, luego Chiche en grandes letras y Duhalde en más pequeñas? Un dilema sobre esta previsible confusión.
• Otro interrogante, aún sin resolver, es la reacción de los electores frente a una novedad de esta campaña: si bien todos los postulantes pretenden ingresar al Congreso, como diputados o senadores, a discutir y debatir como ejercicio al menos semanal, lo cierto es que una parte de ellos se ha negado a participar en confrontaciones públicas. Casi como regla, sobre todo el oficialismo (en un par de ocasiones, sólo Bielsa se prestó a esa práctica), especialmente la esposa del mandatario, quien además casi no concedió -salvo a medios afines- siquiera reportajes periodísticos. No debe ser esta ausencia a los debates -justamente de quienes piden el voto para participar en debates- una inquietud en gran parte de la población, pero nadie ha medido el impacto de ese desprecio, que convirtió a los ciudadanos en aquellos tristes novios del pasado, que los casaban por poder y a la distancia, sin conocer a su pareja. Enigma menor, pero enigma al fin.
• Más incógnitas: hace dos años, Adolfo Rodríguez Saá (2.340.000 votos) y Carlos Menem (4.700.000 votos) obtuvieron un caudal impresionante de adhesiones: ¿hacia qué sector o fracción política irán esas voluntades tan recientes? Ninguno de los dos caudillos ofrece hoy una representación propia en el ámbito bonaerense. ¿Han perdido totalmente identidad esos sufragios, pueden cambiar tanto aquellos que en esa oportunidad votaron contra Kirchner? Si unos desaparecieron, otros permanecen en el lugar. Caso: Luis Patti, quien en esa elección obtuvo más de 733 mil votos propios, como aspirante a gobernador. ¿Podrá ahora repetir ese logro, teniendo en cuenta dos hechos: uno, que va acompañando a Chiche Duhalde y, dos, que fue sometido a una dura campaña por parte del kirchnerismo? ¿Cuál de esos dos movimientos le aportará o le restará adhesiones?
• Si desde el gobierno se insiste en que un engrandecido Kirchner, luego de las elecciones, intentará presidir el justicialismo (partido con el que confronta en algunos distritos) y en los últimos días peronizó la campaña de sus postulantes, ¿qué pasará con la nómina de transversales que él mismo alimentó, que en parte fracasaron a lo largo y ancho del país, pero que públicamente más que disentir con el PJ propusieron su extinción? (ni qué hablar de los que aconsejaron meterse la marcha en el culo). Misterio sobre un tema delicado, ya que entre los enigmas queda este interrogante: ¿cómo hará el gobierno para decir y hacer decir el lunes que ha ganado con holgura si su frente oficialista (el de la Victoria) será segundo en todo el país frente al tradicional PJ? ¿O sólo alcanza con imponer el personalismo de Cristina de Kirchner en la provincia de Buenos Aires?
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