3 de octubre 2008 - 00:00

Esculturas, o el juego de los 7 errores

De izq. a derecha, el busto de Raúl Alfonsín, el de Hillary Clinton ( emplazado en el Sex Museum de Nueva York), el discutido monumento a Eva Perón y la efigie de George W. Bush en Washington.
De izq. a derecha, el busto de Raúl Alfonsín, el de Hillary Clinton ( emplazado en el Sex Museum de Nueva York), el discutido monumento a Eva Perón y la efigie de George W. Bush en Washington.
Sobre bustos no hay nada escrito: el desconcierto que el miércoles provocó entre los observadores el descubrimiento de la marmórea efigie de Raúl Alfonsín en la Casa de Gobierno no fue el primero en la historia, ni será el último. El duende del arte, en estos casos, plantea enigmas que exceden el de la emoción; por el contrario, la pregunta que empieza a golpetear la intimidad del silencioso contemplador, sin que al principio la comparta con otros, es otra: ¿a quién se parece el de la estatua, ya que no al modelo original?

En el caso del ilustre ciudadano de Chascomús, inmortalizado por el cincel de Orio Dal Porte, el arco puede ser tan amplio como heteróclito, y va (según las distintas hipótesis escuchadas hasta ayer) desde Antonio Carrizo hasta Antonio Cafiero, ambos con bigotes naturalmente, e inclusive al mismo Carlos Menem ( opinión esta última no carente de malicia). El juego era ayer identificar las siete diferencias o errores entre el original y el busto de Alfonsín.

En cambio, para el hijo del homenajeado, Ricardo Alfonsín, lo que faltó de la obra en cuestión es otra cosa. Ayer se lo reconoció así en radio: «Yo le llevé una foto suya a Dal Porte, sobre la cual trabajó, y aprobé el busto. Pero, admito, en la obra falta el gesto de mi padre».

De gestos ausentes y representaciones discordantes, la historia de la bustología y esculturapolítica argentina está repleta. Entre los rostros canónicos de algunas figuras que arrastra el imaginario popular, quien más carga con el peso de la distorsión es Evita, cuyos desencuentros con los artistas continúan sobreviviéndola.

  • Eva Perón

  • En los años 50, se le encargó al escultor Sesostris Vitullo, argentino que vivía en París, un monumento a Eva Perón. El artista, entusiasmado, quiso representarla fielmente en rasgos, aunque sin dejar de hacer, a la vez, una alegoría política: para él, Evita era el símbolo de la liberación de toda América, y fue así cómo la representó, por un lado, con un perfil realista, y por otro con uno indio, todo ello según el modelo de la cultura olmeca. «La veo como un mascarón de proa rodeada de laureles», escribió en una carta Vitullo a quien le encargó el proyecto, el médico Ignacio Pirovano.

    La obra tuvo un éxito resonante en París (ciudad, como se sabe, inocultablemente gorila), pero los políticos argentinos se quedaron mudos al verla: no se atrevían a decirle al respetado y prestigioso Vitullo que su obra les parecía un esperpento. El artista quiso, antes de que se expusiera en Francia, llevarla a la embajada argentina-en París, pero de allí, diplomáticos al fin, la retiraron con discreción. El paso de los años la fue mandando al desván del olvido hasta que en los años 90 la compró Guido Di Tella, otro afrancesado.

    Justamente en esos años de peronismo heterodoxo, otro homenaje a Evita terminó siendo más chocante para los ortodoxos que insistían en quedarse en el 45 y en el arte de la representación clásica: la gigantesca escultura de bronce realizada por Ricardo Gianetti, que costó 4 millones de dólares y se emplazó frente a la Biblioteca Nacional, se parece más una corredora anoréxica de «Carrozas de fuego» que a la abanderada de los humildes. El único consuelo: no es tan horrible como el monumento al Quijote en la Avenida de Mayo, y también fueron menos los cervantinos que se quejaron.

    Hay que reconocer, desde luego, que la imprecisión de los rasgos de Alfonsín en su flamante busto no es comparable ni con las ampulosidades simbólicas de Vitullo ni con la gigantografía de los años menemistas. Aunque sí lo es, por ejemplo, con el poco agraciado busto que el artista norteamericano Daniel Edwards le consagró a su admirada Hillary Clinton, a quien no sólo veía como presidente, sino también como arquetipo de sus más íntimas fantasías. Tanto es así que la obra, emplazada desde 2006 en el Sex Museum de Nueva York, refuerza justamente el busto de la ex primera dama, aunque su rostro se asemeje al de una dama de mayor edad. Lydia Lamaison, por ejemplo.

    En cambio, el artista que le dedicó un busto al presidente George W. Bush, también en 2006, y que hoy se atesora en el National Guard Memorial Building de Washington, le quita tal vez deliberadamente unos cuantos años, operación en que lo convierte en algo más parecido al Charlton Heston joven.

    Por supuesto, si se piensa en lo que la cirugía plástica ha hecho del rostro de Meg Ryan (a quien transformó en Melanie Griffith, y viceversa, por citar sólo un caso), la siempre ardua, tal vez imposible quimera de aprehender el fugaz gesto de los políticos en el mármol sea mucho más disculpable.

    El interrogante que queda, sin embargo, es pensar ahora, a la luz de los casos contemporáneos, cómo habrán lucido en la vida real Augusto, Julio César o Alejandro Magno, a quien sólo hemos conocido a través de la inspiración de empeñosos escultores anónimos.

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