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De izq. a derecha, el busto de Raúl Alfonsín, el de Hillary Clinton ( emplazado en el Sex Museum de Nueva York), el discutido monumento a Eva Perón y la efigie de George W. Bush en Washington.
La obra tuvo un éxito resonante en París (ciudad, como se sabe, inocultablemente gorila), pero los políticos argentinos se quedaron mudos al verla: no se atrevían a decirle al respetado y prestigioso Vitullo que su obra les parecía un esperpento. El artista quiso, antes de que se expusiera en Francia, llevarla a la embajada argentina-en París, pero de allí, diplomáticos al fin, la retiraron con discreción. El paso de los años la fue mandando al desván del olvido hasta que en los años 90 la compró Guido Di Tella, otro afrancesado.
Justamente en esos años de peronismo heterodoxo, otro homenaje a Evita terminó siendo más chocante para los ortodoxos que insistían en quedarse en el 45 y en el arte de la representación clásica: la gigantesca escultura de bronce realizada por Ricardo Gianetti, que costó 4 millones de dólares y se emplazó frente a la Biblioteca Nacional, se parece más una corredora anoréxica de «Carrozas de fuego» que a la abanderada de los humildes. El único consuelo: no es tan horrible como el monumento al Quijote en la Avenida de Mayo, y también fueron menos los cervantinos que se quejaron.
Hay que reconocer, desde luego, que la imprecisión de los rasgos de Alfonsín en su flamante busto no es comparable ni con las ampulosidades simbólicas de Vitullo ni con la gigantografía de los años menemistas. Aunque sí lo es, por ejemplo, con el poco agraciado busto que el artista norteamericano Daniel Edwards le consagró a su admirada Hillary Clinton, a quien no sólo veía como presidente, sino también como arquetipo de sus más íntimas fantasías. Tanto es así que la obra, emplazada desde 2006 en el Sex Museum de Nueva York, refuerza justamente el busto de la ex primera dama, aunque su rostro se asemeje al de una dama de mayor edad. Lydia Lamaison, por ejemplo.
En cambio, el artista que le dedicó un busto al presidente George W. Bush, también en 2006, y que hoy se atesora en el National Guard Memorial Building de Washington, le quita tal vez deliberadamente unos cuantos años, operación en que lo convierte en algo más parecido al Charlton Heston joven.
Por supuesto, si se piensa en lo que la cirugía plástica ha hecho del rostro de Meg Ryan (a quien transformó en Melanie Griffith, y viceversa, por citar sólo un caso), la siempre ardua, tal vez imposible quimera de aprehender el fugaz gesto de los políticos en el mármol sea mucho más disculpable.
El interrogante que queda, sin embargo, es pensar ahora, a la luz de los casos contemporáneos, cómo habrán lucido en la vida real Augusto, Julio César o Alejandro Magno, a quien sólo hemos conocido a través de la inspiración de empeñosos escultores anónimos.




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