19 de septiembre 2001 - 00:00

Fin del mito de la "riqueza argentina"

No podemos retraernos a transcribir párrafos aislados del nuevo libro de Mariano Grondona. No interesa mucho de la obra su descripción de hechos (sobre todo en páginas del comienzo) demasiado recientes y obvios (presuntos sobornos en el Senado, Alfonsín para restituir la democracia, Carlos Menem la política). Simplicidades como «decirle no al miedo», el origen indoeuropeo de la palabra optimismo, los malos gobiernos que acortaban con golpes militares y ahora no se puede; gobiernos de «robo eficaz» y de «moralidad ineficaz», ministros «minimalistas» y «maximalistas» (para medidas macro), Machinea «fue un ministro responsable y una excelente persona», le dice. Tiene errores como «Alfonsín actúa como un árbitro eficaz entre la oposición y el oficialismo». Pero luego viene lo saliente del libro que ejemplarizamos un poco en estos párrafos seleccionados.

La crítica es un acto de esperanza. La queja, en cambio, es un desahogo sin proyecto...

Esta «mala onda» que se ha apoderado de los argentinos, ¿es culpa exclusiva del gobierno?...

¿Está verdaderamente todo mal? Quien llegue a esta conclusión estará ignorando la única variable que va bien. Una variable que no aparece en las pizarras financieras: el fin del mito de la riqueza argentina...

«Rico como un argentino», decían en París allá por los años veinte. Tenían razón. La Argentina de las primeras décadas del siglo XX estaba entre las naciones más ricas del planeta. En 1908 figuraba séptima por su producto por habitante, detrás de Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, el Reino Unido, Suiza y Bélgica, pero delante de Holanda, Alemania, Dinamarca, Canadá, Austria, Francia, Suecia y, de lejos, Italia y España. Todavía en 1928, al finalizar una década de gran crecimiento en Europa y en la propia Argentina, nuestro país figuraba en el duodécimo lugar. Lo habían pasado por muy poco Holanda, Canadá, Dinamarca, Francia y Alemania, pero quince países a los que hoy llamamos desarrollados, entre ellos Japón, seguían detrás...

Al menos hasta hace muy poco, el mito de la riqueza argentina fue compartido por todas las clases sociales. Lo albergó la vieja clase alta agropecuaria, embriagada por sus fértiles campos. Ante el imponente espectáculo de los ganados y las mieses, ¿le era posible acaso imaginar lo contrario? Lo acarició la nueva clase alta industrial en medio de su expansión protegida. Lo albergó la clase media de «mi hijo el doctor», dueña de las universidades y las profesiones, situada en un nivel inalcanzable para el resto de América latina. Lo acogió la clase obrera resguardada por sus poderosos sindicatos y mimada por los políticos. Y si un número creciente de argentinos corría el riesgo de quedarse sin un trabajo productivo, allí estaba el Estado generoso para brindarles el seguro refugio del puesto público cuya constante expansión disimulaba el desempleo encubierto...

Por eso lo que más aflige a los productores rurales fundidos, a los industriales quebrados, a la clase media que se desvanece, a los profesionales, obreros y empleados sin trabajo y a los propios políticos, sitiados por el reclamo general de que bajen el costo de su cuestionada profesión, no es la declinación objetiva de sus posibilidades, sino la perplejidad subjetiva que los acomete al ver que la pobreza los golpea o los rodea pese a vivir en un país al que suponían rico...

Que el nuestro ha sido un país azotado por los privilegios y la corrupción,
¿quién podría negarlo? Pero esta comprobación, ¿permite afirmar sin más que todavía hoy somos un país rico saqueado por los inmorales? ¿No será al revés? ¿No será que hemos pasado a ser un país pobre al que los privilegios y la corrupción ahora lo irritan más que antes porque han dejado de ser económicamente sustentables?...

Algo revolucionario ha ocurrido
en el mundo actual: la riqueza ha dejado de ser lo que era...

Se daba empleo a todos en las deficitarias empresas del Estado y hasta en las empresas privadas protegidas,
pero, como nadie venía a competir con ellas desde afuera, se obtenía casi el pleno empleo improductivo mediante puestos ficticios de trabajo, baja productividad por persona empleada y una creciente inflación...

La idea de las ventajas comparativas se apoya en una definición de la riqueza según la cual ella es, por lo pronto, lo que está: la tierra, los edificios, las máquinas, las cuentas bancarias.

Desgraciadamente para la Argentina que se va, en el mundo ha irrumpido una nueva definición de la riqueza según la cual
ella es, por lo pronto, lo que no está: la innovación tecnológica y empresaria, el marketing en busca de nuevos mercados, la competitividad...

Por un largo tiempo fue actualmente rica y potencialmente pobre. Hoy es actualmente pobre y potencialmente más pobre todavía. Si no se convierte en una nación competitiva por medio de una profunda revolución económica y mental, descenderá cada año...

La riqueza está en otros países que ya
han resuelto ser competitivos, México y Chile...

Ambos vuelcan a las exportaciones un tercio de lo que producen. Brasil y la Argentina, sólo 10 por ciento...

Problema no es que casi no tiene objetos para vender. Nuestro problema
está en la obstinada persistencia de una fantasía. El día en que termine de asumir su realidad, el día en que reconozca de una vez la situación a la que ha llegado, ese día la Argentina despertará...

Una nación es competitiva cuando promueve efectivamente la competitividad de las empresas que viven en ella.

Si por la razón que fuera es hostil a los negocios, será muy difícil que sus empresas consigan competir...

Según Porter, el concepto de
competitividad ha venido a reemplazar al concepto tradicional de las «ventajas comparativas»...

Europa no tiene petróleo. No obstante, es incomparablemente más competitiva que los países árabes que nadan en él...

Grave aun es que se multipliquen los gestos de añoranza por la economía cerrada que habíamos abandonado...

¿Es la Argentina, hoy, un
«hogar» acogedor y un «gimnasio» exigente de las empresas que en ella viven y se entrenan para competir con éxito dentro y fuera del mercado local? Manifiestamente, no...

El capitalismo no es eso que habíamos soñado. No es un sistema perfecto y ni siquiera bueno. Al capitalismo habría que aplicarle la definición que alguna vez propuso Winston Churchill para la democracia: «Es el peor de los sistemas conocidos, con excepción de todos los demás»...

Al iniciar hace diez años el camino capitalista, concebimos al mismo tiempo la
utopía de un capitalismo indoloro e instantáneo. Cometimos, en otras palabras, un grave pecado de frivolidad...

Duplicado el gasto público entre 1991 y 1999, cargando sobre el sector privado, el único productivo, el peso de un Estado gigantesco, corrupto e ineficiente...

El capitalismo es la libre competencia entre las empresas bajo el amparo de leyes definidas por un Estado honesto y severo, cuyos funcionarios no se guían al aplicarlas por el afán de lucro que les reconocen a las empresas.

¿Lo comprendemos así los argentinos?... La economía libre es la única que ha probado ser capaz de promover el desarrollo económico...

Quizá lo que nos pasa a los argentinos es que
hemos sido arrojados al capitalismo por la fuerza de las circunstancias, pero no por convicción, porque poseemos todavía una mentalidad pre o anticapitalista...

La presunta culpabilidad del «modelo económico»
implantado en los años noventa. Si la crítica se detiene aquí, parece encaminarse al elogio de todo aquello que dejó atrás el plan de convertibilidad: el proteccionismo, el intervencionismo estatal, el déficit del presupuesto y la irresponsable emisión monetaria, con su consiguiente secuela de devaluaciones...

Mientras mantengamos como único dilema la opción entre el populismo de los años ochenta y el capitalismo de los noventa, no tendremos adonde ir. Ya sabemos que el primer modelo es inviable. Pero también hay que reconocer que algo anduvo mal en la implantación del segundo cuyas llagas sociales están a la vista...

Quizá lo que falló no fue aspirar al segundo modelo sino omitir uno intermedio: el modelo de la transición del populismo al capitalismo avanzado. Quizá la Argentina pretendió entrar atropelladamente...

La tarea era pasar del populismo al capitalismo cuidadosamente, creando redes de seguridad
cuya oportuna instalación nos habría evitado las penurias y las dudas que hoy nos cercan...

Ese país del
«Segundo Mundo» como lo definió la revista «The Economist», padece ahora un sufrimiento inesperado...

Cuando ingresó en la Unión Europea, España
tenía una economía cerrada y un pleno empleo improductivo. Cuando necesitó competir, generó un desempleo productivo que llegó a 24 por ciento. Pero utilizó el subsidio al desempleo. Hoy, ya en plena expansión, España ha bajado el desempleo a 14 por ciento...

Dos mil millones de pesos anuales serían necesarios para solventar el subsidio al desempleo y combatir a la pobreza...

En 1991, cuando lanzó el plan de privatizaciones, el gobierno debió anticipar que aumentaría inexorablemente el desempleo. En ese momento, cuando la plata sobraba porque los capitales venían a raudales, pudo diseñar un seguro de desempleo como el que a España le permitió una reconversión similar cuando entró en el Mercado Común Europeo...

Los brasileños, al definirse como «sudamericanos», tienen en claro su identidad...

Brasil se ve a sí mismo como una nación sudamericana. México, como una nación americana. Chile, como una nación cosmopolita. ¿Cómo se ve a sí misma la Argentina?...

La Argentina,
no ha reemplazado la vieja identidad europea que ya no tiene por la nueva que aún no ha adquirido. Vive, por ahora, en la tierra de nadie de una profunda crisis de identidad...

Si la Argentina
va a ser finalmente «España en América», le faltan cosas...

Deberíamos prepararnos para la travesía. Si lo hiciéramos, nuestra primera revolución debería ser el feroz ajuste de las cuentas públicas hoy atribuladas por la burocracia, el partidismo y la corrupción...

Ortega y Gasset adivinaba las carencias profundas de un país afectado de narcisismo,
un mal que finalmente estallaría en inestabilidad política y económica...

En 1989, los argentinos aprendimos que el estatismo proteccionista e inflacionario no lleva a ninguna parte.
De 1989 en adelante el país privatizó sus empresas, consolidó una moneda tan valiosa como el dólar, abrió su economía...

¿No será que estamos aprendiendo que, si la Argentina quiere ser de veras un país capitalista competitivo, deberá cambiar por completo sus hábitos, sus métodos, su mentalidad?...

Así somos los argentinos: nadamos solamente cuando el agua nos llega al cuello...

Todo seguirá mal, cada vez peor, mientras la fantasía de la Argentina rica, fácil
y segura nos siga encandilando...

En caso de que la popularidad y la necesidad entren en conflicto, ¿no es la obligación moral de un gobierno democrático perder las próximas elecciones?...

Hasta podría ocurrir que, si decide perderlas por hacer lo debido, el gobierno recupere ese consenso que, de todos modos, ya había perdido...

Dejá tu comentario

Te puede interesar