4 de abril 2002 - 00:00

Guerra de damas en la intimidad

Fue la primera discordia pública que hubo entre ellas y asombró a los peronistas que conocen la entretela de la familia duhaldista. Hilda Chiche de Duhalde y Mabel Müller, se enfrentaron duramente por un área de gobierno que suele despertar codicia en todas las administraciones y, sobre todo, en el funcionariado femenino: la de protección del medio ambiente.

Desde hacía meses la senadora Müller venía promoviendo para que se hiciera cargo de la oficina a Raúl Jilleck, ex funcionario de la provincia de Buenos Aires que también colaboró con la dirigente duhaldista cuando ésta presidía la comisión respectiva de la Cámara de Diputados (en aquellos años, Müller y Jilleck hicieron gala de un ecumenismo infrecuente, que les permitió intimar con María Julia Alsogaray a pesar de las feroces diferencias internas).

Sin embargo la figura de Jilleck no atravesó con éxito el papel de tornasol de la primera dama. Por un lado, debido a algunas cuestiones pendientes con la Justicia que afectarían al candidato. Por otro, por la campaña que realizaron contra él algunos «entornistas» de Duhalde, que lo llaman «gillette» por su relación con los recursos del Estado.

Inspirada en estas maledicencias, Chiche resolvió vetar la designación del colaborador de la Müller y mantener a Carlos Elías Merenson como responsable de la ecología oficial. Para eso le dio instrucciones a otra amiga, Nélida «Chichi» Doga, quien bloqueó la promoción de Jilleck.

• Descanso en Miami

Mabel Müller se enojó por el «bochazo» y, aturdida por el estrés de la disputa, resolvió tomarse la Semana Santa para descansar: convocó a su marido Oscar Rodríguez y juntos se marcharon a despejarse de tanta tensión en Miami. Rodríguez también es funcionario, se desempeña como subsecretario de Inteligencia y junto con el contador Sermino -tradicional tenedor de libros de los Duhalde e interventor de la caja de la SIDE- es el encargado de que el jefe de los espías Carlos Soria mantenga el área al servicio de la causa del conurbano (lo saben un hombre de lealtades volátiles, que niega varias veces a sus antiguos jefes, por usar una metáfora pascual). Acaso Rodríguez se exceda en el celo que aplica a esa tarea y haya confundido que lo convocaron a lanzar una campaña contra el irritable Soria, de quien aparece cada vez más apartado.

Finalmente, no se sabe bien si atribuir a las personas que componen esta trama o a los cargos por los que disputan el nivel de agresividad que divide al clan bonaerense. Si uno se guía por los antecedentes, el área de preservación del medio ambiente estaría contaminada por la discordia. Baste recordar la cantidad de batallas en las que quedó envuelta
María Julia Alsogaray ni bien puso un pie en esa oficina, sólo en apariencia más pacífica que ENTel o SOMISA. Por ninguna de esas misiones, y sí por la ecología, terminó declarando en tribunales.

La sucedió otra mujer, también de poca fortuna:
Graciela Fernández Meijide peleó con pasión desconocida el mantenimiento del cuidado ambiental en el ministerio que ocupó durante la gestión De la Rúa. Es una mujer racional y agnóstica, pero la cantidad de enredos en que se precipitó desde que rozó esa oficina la volvieron casi supersticiosa. Dios escribe derecho sobre renglones torcidos y, tal vez, Chiche, con su severidad puritana, haya salvado a los Rodríguez-Müller de algún albur policial con su veto.

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