20 de julio 2001 - 00:00

Habitual: otro paro a atado por miedo y poco transporte

Habitual: otro paro a atado por miedo y poco transporte
Entre los paros que hicieron las dos CGT, o sólo una al discrepar, de 12, 24 o 36 horas, «con movilizaciones o sin», en realidad no se sabe ni se coincide en cuántos «paros generales» hizo ya el sindicalismo argentino en la democracia.

Probablemente el de ayer sea el 7° al gobierno aliancista y desde 1983 el número 28.

No importa cuántos, son muchos, cada vez más violentos e intimidatorios por la impunidad policial y judicial de que gozan sus autores, como el de ayer, que tuvo serios hechos de violencia, y tienen dos características comunes: jamás se realizaron con apoyo mayoritario de la población que los rechaza y nunca aportaron solución alguna inmediata a los trabajadores, aunque sí a los gremialistas, que renuevan así «su poder» que se traduce en enriquecimientos privados y negociar más ventajas.

Desde la democracia estos paros tienen un acatamiento mayor por las intimidaciones y la violencia, sobre todo a medios de transporte para hacerlos de acatamiento obligatorio.

En esto los sindicalistas son hijos del rigor.

A los militares les temían, no les hacían paros y, por el contrario, asistían los principales caciques de los gremios a las asunciones cuando derrocaban a presidentes electos.

Sólo al final del Proceso, cuando el régimen se desmoronaba tras la derrota en Malvinas, se atrevieron a un paro.

Tampoco se los hacían al poderoso general Juan Perón.

Pero muerto éste enloquecieron con paros y marchas a su esposa sucesora, ayudando a su caída por otro nuevo régimen militar.

La gente no quiere a los sindicalistas, los repudian la izquierda, el centro y la derecha y no logran otra adhesión en actos que no sea de los activistas pagos que tienen precisamente con dineros públicos que extraen de las obras sociales.

Aun siendo tan populares los creadores de «paros generales» son temidos por gobiernos débiles El presidente Arturo Frondizi a fines de los años '50 enfrentaba los paros y hasta movilizaba camiones del Ejército como medio de transporte para quienes, la mayoría, querían trabajar.

Luego y hoy los gobiernos son débiles, sobre todo los radicales Hoy declarar ilegal un paro suena casi una utopía, pero antes se aplicaba.

Ilegal significa que el trabajador que no justifica su inasistencia, o sea que efectivamente quiso parar, pier-de el jornal.

Nadie imagina que algo así pueda disponer el endeble gobierno de De la Rúa.

Si se declararan ilegales y se descontara el día no trabajado hasta los empresarios adherirían porque ganan.

Sucede que hoy, con 3 años de recesión, se vende tan poco, es necesario restringir tanto la producción y enfriar las máquinas, que ganar un día de jornal sería negocio.

Ayer hubo bombas contra el taxista que salió a trabajar, el tren que circuló, el colectivo que quiso llevar gente que no deseaba parar.

Es una vergüenza, una degradación.

Un grupo menor de estudiantes seis veces le cerró el Puente Pueyrredón, que une Capital Federal con Avellaneda, a este gobierno.

Estudiantes por una protesta, ni siquiera piqueteros profesionales.

Entonces quedan dudas sobre la capacidad de salvaguardar el orden público.

Y esto alienta a los sindicalistas aunque sean total minoría.

El llamado «paro general», repudiado por la sociedad por mayoría pero igual acatado por la fuerza y el temor que inspira la violencia, es un retroceso de la Argentina como país y una bofetada a su democracia que también se hace así endeble, como sus gobiernos.

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