12 de abril 2005 - 00:00

Habitualmente a presidentes no les agrada el periodismo

En la normalidad institucional, la prensa y los funcionarios pueden tener proximidad, caballerosidad o también detestarse. Lo único que no pueden es confraternizar, relacionarse íntimamente con amistad porque, de ser así, uno de los dos está traicionando a la sociedad donde está inserto.

Jacobo Timerman lo expresó en forma muy clara, en frases que se encuentran en paredes de la redacción del diario Ambito Financiero como modelo.

Decía el periodista que fundó el recordado diario «La Opinión»: «Una de las tendencias naturales del periodista es a complacer, quedar bien. Siempre es odiado el periodista como tal y nadie es realmente amigo de un periodista en su profesionalidad. El periodista también se fatiga de ser una persona que tiene que estar permanentemente observándolo todo y, entonces, hay una tendencia natural al compromiso. Creo que hay que ser un vigilante audaz de la realidad».

Albino Gómez es un periodista con décadas de actuación en el país y en el exterior. Acaba de publicar un interesante artículo en «La Nación», algunos de cuyos párrafos reproducimos. Se concluye que Néstor Kirchner no es un excéntrico al detestar periodistas y decírselo. Tampoco es innovador en cuanto a usar periodistas pagos al servicio del gobierno, ya que se acaba de descubrir eso nada menos que en la Casa Blanca con George Bush, presidiendo el país con democracia más lograda del mundo. Lo que distingue a las naciones no es que sus presidentes, ministros o funcionarios, en general, vivan en pelea permanente contra la prensa, porque ésas son las reglas del juego que benefician en su puja a la opinión pública, sino qué armas se utilizan en esa batalla. Si Reagan odiaba un diario, lo más que hacía -y que podía hacer en democracia plena- era prohibir que se lo acercaran a su despacho. En países poco serios con democracias rengas se puede cerrar diarios, cuyas críticas no agraden, encarcelar periodistas, ahogar financieramente medios, afectarles la competencia, perseguirlos con normativas y más.

Por ahora, en la Argentina tenemos el enojo presidencial con la prensa, algo perfectamente encuadrado en la democracia. Algunas discriminaciones publicitarias desde el Estado no pueden probarse porque aquí tenemos una prensa bombardeada en cuanto a poder competir con libertad y no desde el gobierno sino de feroces monopolios son privilegios como ser socios del Estado. ¿Cómo pueden entonces denunciar por otras presuntas discriminaciones? En Estados Unidos hay periodistas que se venden al poder como dice Albino Gómez. En la Argentina también sucede, pero con una diferencia grave: la cantidad de los que actúan así es inmensamente mayor, aunque tengamos solo 10% de la población del país del Norte.

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