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Estos datos hablarían de un desequilibrio en la interna del PJ en favor de Menem. El grupo federal, que comandan de manera coordinada Rome-ro y el senador por Misiones, Ramón Puerta, se convirtió desde hace unos cuatro años --concreta-mente, desde que el PJ perdió las elecciones legislativas de 1997- en un gran regulador de la política nacional, sobre todo por su gravitación en el Senado. Como bloque de poder interno, «los federales» apoyaron a Carlos Reutemann cuando el santafesino especulaba con su candidatura electoral. Llegaron a ofrecerle la compañía de Romero como vice en un gesto precipitado del tucumano Julio Miranda.
Una vez que Reutemann se negó a competir, estos gobernadores se recluyeron en una prudente prescindencia, con significado implícito: ni José Manuel de la Sota ni Adolfo Rodríguez Saá tendrían su beneplácito. Con el primero hay distancias desde la época en que el cordobés se alió con Domingo Cavallo, ministro de Fernando de la Rúa. Con Rodríguez Saá, la última experiencia fue definitiva: lo hicieron presidente en la Asamblea Legislativa del 22 de diciembre del año pasado y se sintieron abandonados al día siguiente, cuando el puntano armó un gobierno inconsulto con decisiones igualmente encapsuladas en su entorno. En Chapadmalal terminó de existir lo poco que los unía, pese a que Puerta, Romero, Insfrán (Formosa), Fellner (Jujuy), Rovira (Misiones) asistieron a esta reunión cuando Carlos Ruckauf jugaba de Bruto contra el entonces César.
Ahora, la adhesión a Menem se producirá en el contexto de un programa mínimo, el de los «14 puntos» que elaboró Romero y los federales le enrostraron al gobierno Duhalde en abril, evitando que adoptara un régimen de tipo de cambio fijo y rompiera con el Fondo.
Desde ese momento, quedó claro, para la opinión general, que el gobernador de Salta representa, «mutatis mutandi», una orientación política solidaria con la de Menem: racionalidad económica, alineamiento internacional con los Estados Unidos, buena circulación en el establishment, sobre todo el financiero. En esto, la compañía de Romero es más una confirmación que un agregado en la fórmula de Menem.
Pero, en términos específicamente electorales, la articulación de estos dos liderazgos, sobre todo por el aporte federal, no es desdeñable. En principio, le garantiza a Menem casi la exclusividad del Norte en una interna peronista. Hasta el triunfo del «juarismo» en Santiago del Estero le suma a partir de ahora a este sector (Romero es el predilecto del caudillo Carlos Juárez, el único candidato para el cual el santiagueño organizó actos en su provincia).
Esta ventaja electoral tiene que ver no tanto con la demografía como con la conducta de los votantes en esos distritos que, a partir de ahora, estarán aliados: son provincias en las que todavía impera el voto cautivo y, por lo tanto, en las que los acuerdos entre dirigentes aseguran resultados. Menem puede, a partir de esta fórmula, según cálculos que realizan sus adversarios, capturar una diferencia de 400.000 votos en una interna respecto de cualquier competidor del PJ.
Pero la alianza con estos gobernadores aporta un dato más, acaso el de mayor relevancia: si Menem preside el próximo gobierno, ya tiene asegurada, desde antes de la interna en el PJ, si la hay, la mayoría del Senado en su favor. Un recurso político clave. Basta consultar a Fernando de la Rúa o a Eduardo Duhalde sobre lo que significa no tenerla.
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