En la Catedral Metropolitana ayer había alguna gente disgustada y, seguramente, muchos más disgustados no concurrieron a la misa. Es que después de tantas declaraciones y versiones, había feligreses católicos y otros que no lo son que aguardaban la voz del cardenal Jorge Bergoglio. Posiblemente, la autoridad eclesiástica no deseara recrudecer la crisis entre Iglesia y gobierno, pero había oídos atentos a esa voz, inclusive para que Bergoglio disipara o desalentase desinteligencias. No lo entendió así el arzobispo de Buenos Aires.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Dejá tu comentario