18 de febrero 2008 - 00:00

Inseguridad: si no sabe, copie

Alvaro Uribe
Alvaro Uribe
La última sucesión de hechos delictivos violentos, lleva a pensar que a nuestros funcionarios les falta la imaginación y el conocimiento necesarios para afrontar el problema de la inseguridad. Ahora bien, ya que no saben, ¿no podrían tener al menos la «picardía» -virtud criolla, se dice- de copiar?

Existen en el mundo ejemplos de políticas exitosas en la materia. Medellín, la segunda ciudad de Colombia -2 millones de habitantes-, «célebre» por sus niveles de inseguridad -crudamente reflejados en el film «La Virgen de los sicarios»- pasó, en un solo mandato del Alcalde Sergio Fajardo (2003-2007) «del miedo a la esperanza», como a él mismo le gusta decir.

En la capital del departamento de Antioquía, la vida no valía nada. Medellín era sinónimo de violencia. Hoy, en la «Sodoma» colombiana la gente ha perdido el temor a transitar por las calles. La tasa de homicidios, que en su pico (1991) era de 381 cada 100.000 habitantes, cayó a 29 en 2006 y la ciudad es considerada un ejemplo de convivencia para el mundo.

En diciembre del año pasado, Sergio Fajardo le pasó la posta a un miembro de su gabinete, con lo que queda asegurada la continuidad de una gestión que le ha valido a este político independiente de 51 años una popularidad análoga a la de Álvaro Uribe (80% de imagen positiva) y lo ha convertido en uno de los más expectantes candidatos a suceder al actual presidente.

Además de la eficacia, su enfoque del problema de la inseguridad tiene el mérito de ser una superación práctica del debate inconducente que se instala en nuestro país cada vez que se habla del tema: mano dura versus garantismo. El resultado de esta falsa disyuntiva se paga con sangre.

Fajardo y su equipo, en cambio, no perdieron tiempo en discusiones. «Nos propusimos -explicaba el Alcalde en julio de 2007- recuperar la presencia legítima del Estado en todos los sectores de la ciudad. Significa recuperar la seguridad y, a la vez, las oportunidades sociales, políticas, económicas y culturales para la gente. Primero, nos concentramos en recuperar la presencia de la policía en todos los espacios, dotarla de los equipos necesarios, montar estaciones nuevas, y hacer que se ganara la confianza de la gente y respetaralos derechos humanos».

En paralelo con esta recuperación del monopolio de la fuerza, su gobierno priorizó el trabajo en las cinco áreas más necesitadas y conflictivas de la ciudad, de las que el Estado se había ausentado por años. La herramienta fue la construcción, en esas zonas, de complejos arquitectónicos que incluyen lujosas bibliotecas y otros edificios públicos destinados a actividades sociales y culturales. «Nuestros más hermosos edificios deben ser para las áreas más pobres», dice Fajardo y aunque algunos le critican un excesivo gusto -deformación de su anterior profesión de matemático- por las formas geométricas, la mayoría elogia la calidad de las construcciones que se elevan hoy en medio de los barrios más humildes de Medellín.

«Sabíamos que la educación, entendida en un sentido amplio, es el eje para construir oportunidades. Un motor de transformación social. Eso incluye cultura, ciencia, participación ciudadana, emprendimiento.... Que donde había destrucción llegaran oportunidades», explicaba Fajardo. Por eso 40% de las inversiones en Medellín se canalizan hacia el sector educativo.

Esta política social va acompañada, además, de un amplísimo sistema de microcréditos para emprendimientos productivos.

La palabra clave es convivencia, hacer del espacio público «el sitio de la igualdad social». A la integración cultural y educativa debe sumarse por lo tanto la física.Fajardo había heredado una alcaidía plagada de proyectos faraónicos (Plaza de Toros techada, «mariposario», etc.) sin conexión con las necesidades de la ciudad en materia de infraestructura -todo parecido con el Tren Bala no es casualidad-, que intentó desactivar en la medida de lo posible para destinar los fondos a proyectos más modestos orientados a integrar las diferentes realidades sociales de Medellín ya que en las grandes urbes, a la fractura social se superpone la geográfica.

En una de las pocas entrevistas que concedió luego de su elección, Cristina de Kirchner dijo no creer «que la seguridad sea un problema en sí mismo, objetivo de planes aislados separados del modelo económico social, de la educación».

Sergio Fajardo bien podría darle la razón. Pero para que este argumento no sea una simple excusa, ¿dónde está el plan? ¿Dónde está la racionalidad, la coordinación y la eficiencia en las políticas públicas actuales para que también los argentinos transitemos del miedo a la esperanza?

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