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Néstor Kirchner y
Hugo Moyano, ayer en
la algarada por el Día
del Militante que
celebraron en el
mausoleo de Juan
Perón en la localidad
de San Vicente.
Postergaron celos que
los separan hoy más
que nunca.
En cierto modo, es un insultoal espejo: el staff K está poblado de dirigentes que alimentaron el acuerdo UCRFrepaso. Entre otros dos ministras de su esposa fueron tropa activa de aquel pacto: Graciela Ocaña de Salud y Nilda Garré de Defensa.
Además del reproche a ese eje -«levantan las viejas banderas de la alianza que nos llevó al fracaso de 2001 y al 'corralito'»- Kirchner hizo una previsible defensa de la gestión de su esposa: desde el fin de las AFJP hasta las maldiciones sobre el neoliberalismo.
Pero nada, ni media palabra, dijo sobre la sangría del PJ: ayer, atento al calendario, Felipe Solá dejó el bloque K y se plantó en un interbloque que nuclea, en la etapa inicial, a más de 20 diputados de origen peronista que no se referencian en Olivos.
En San Vicente, en tanto, Kirchner se rodeó con Moyano, Daniel Scioli, Alberto Balestrini, el alcalde anfitrión Daniel Di Sabatino, y el ministro de Interior, Florencio Randazzo.
Rescató algo de calma: delante suyo, al micrófono, el jefe de la CGT repitió -por algún motivo, lo hace cada tanto- su respaldo a Cristina de Kirchner. Así y todo, Moyano se fue a la banquina unos metros: «El gobierno tiene que hacer algo para evitar despidos», intimó.
Kirchner logró morigerar la rebeldía moyanista que se alimenta día a día con los destratos del matrimonio: el fallo por la libertad sindical y la designación de Juan Rinaldi, por sobre el «candidato» del camionero en la SSS, fueron los dos desplantes recientes.
Antes de irse, el patagónico recorrió el museo -repasa la etapa 45/55, que con idea de Antonio Cafiero e impulso de Di Sabatino proyecta una segunda etapa para la «resistencia peronista»- y se detuvo en las gigantografías que recuerdan la masividad del primer peronismo.
«Esas sí que eran movilizaciones; no tenían medios, andaban en alpargatas», se confesó ante una imagen clásica de los pies en la fuente. Caminó, luego, hasta el mausoleo donde está el féretro de Perón. Se persignó, dicen que le vieron húmedos los ojos y tras un minuto de silencio, inició un aplauso. Sin marchita.
Afuera, ahí nomás, aleteaba el helicóptero.




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