Kirchner enfría ahora la ofensiva contra militares
Néstor Kirchner les explicó ayer a los altos mandos -con los cuales evitaba reunirse desde que asumió- que su gobierno no impulsa la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. A pesar, claro, de que gente de su sector en el Congreso (el advenedizo grupo Talcahuano) sostiene la conveniencia ética de modificar esas normas. «Yo me voy a encargar de que los diputados de ese sector no insistan con esa iniciativa.» Se diluye entonces el proyecto oficial que suponía un nuevo juzgamiento para 1.600 oficiales, número que luego podía extenderse a 3 o 5 mil, idea impulsada por más de un ministro de la actual administración, habituales confidentes de Kirchner. Pero éste ha dicho que bloqueará la revisión sobre militares que ya fueron juzgados y sobreseídos, juzgados, condenados e indultados, y procesados sin culminar la etapa judicial. O sea, mantiene la actual legislación, producto del Parlamento por iniciativa, en su momento, de Raúl Alfonsín. En rigor, si son ciertas las palabras del Presidente, parece apoyarse en el Derecho, ya que tampoco habría podido conseguir la declaración de inconstitucionalidad por parte de la Corte Suprema (no olvidar que fueron varios los miembros, ninguno de la «mayoría automática» que ya se pronunciaron por la constitucionalidad de estas normas). También se advierte que ingresó en vía muerta la posibilidad de extraditar a los militares que reclama el magistrado Baltasar Garzón, al menos una vasta mayoría de ellos. Si todo esto evoluciona en esa dirección, en la que expresa Kirchner ante los mandos castrenses, la pregunta obvia es: ¿para qué se destapó este añejo conflicto desde la propia Casa de Gobierno? Las conclusiones corren por cuenta hasta del menos informado de los observadores.
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•Protagonismo
Sin embargo, toda esta política, sostenida en las recomendaciones de De Vido, entró en crisis con la detención de 44 oficiales retirados que ordenó el juez Rodolfo Canicoba Corral. Si de por sí hubo un motivo de inquietud con esta medida, la semana pasada el gobierno agregó otra preocupación. Patricia Walsh acostumbra a presentar, año a año, un proyecto de derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Lo hizo de nuevo la semana pasada, en un clima mucho más favorable: a la diputada por Izquierda Unida se le sumaron las firmas de varios peronistas integrantes del «Grupo Talcahuano» identificado con Kirchner en la Cámara. Allí están el bonaerense Ricardo «Lolo» Gómez (el mismo que denunció al director de Migraciones Jorge Rampoldi por una presunta vinculación con la Triple A), el santafesino Julio Gutiérrez (primo de la esposa de Carlos Reutemann) y Eduardo Di Cola (cordobés recientemente incorporado al sector).
Este sector de diputados que comandan Ricardo Falú y Gerardo Conte Grand comenzó a provocar dolores de cabeza en el gobierno ya que obligan a Kirchner a hacer lo que menos le gusta: ejercer posiciones de moderación o retracción frente a iniciativas que suenan como buena música en el electorado de centroizquierda que él quiere cautivar. Peor aún, el gobierno se ve obligado a requerir servicios de otros sectores del Congreso respecto de los cuales quiere ganar autonomía. Sin ir más lejos, el Presidente debió alertar a Eduardo Camaño, figura principal del duhaldismo y presidente de la Cámara de Diputados, sobre la necesidad de bloquear el tratamiento de la ley que promueven Walsh y los «kirchneristas». Fue durante el viaje de regreso de Washington y fue como un balde de agua fría para Alberto Fernández (jefe de Gabinete enfrentado con Camaño por su predilección por Mauricio Macri en la contienda porteña) y también para Rafael Bielsa, a quien tal vez no le hubiera disgustado avanzar en la derogación de esas leyes (por más que el canciller viene haciendo declaraciones muy moderadas sobre la necesidad de «mirar más al futuro que al pasado»).
El almuerzo de Kirchner y Fernández, ayer, con los militares y Pampuro fue un intento por volver la relación con las Fuerzas Armadas a su cauce institucional. Desde la Casa Rosada se procuró divulgar una imagen de tranquilidad y quitarle al encuentro el aspecto de un planteo. Pero Kirchner, Fernández, De Vido y quienes desde la Casa Rosada se encargan de la cuestión militar, siguen inquietos por un par de «detalles». Temen que el avance de las acusaciones y la revisión del pasado terminen por comprometer a algunos jefes actuales. Y que la tensión que no se manifiesta ahora, se vuelva visible más adelante. Concretamente, ningún uniformado les contestó a los funcionarios qué sucedería si, agotado el proceso judicial en la Argentina, la fuerza pública reclama en un cuartel por uno de los «extraditables» de Garzón. Nadie conoce aún si esos militares serían o no entregados por sus pares.




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