31 de octubre 2005 - 00:00

"Kirchner ha logrado un amontonamiento de votos"

El candidato frustrado a diputado nacional por la Capital por el Partido Obrero e ideólogo principal del trotskismo criollo, Jorge Altamira, tiene una pluma ocurrente para tratar algunos temas. En el periódico partidario de su formación, «Prensa Obrera», hizo un análisis del resultado de las elecciones que interesa porque es el único -junto con el de Carlos Menem- que haya hecho un protagonista de esa jornada. La extravagancia de algunas percepciones, sin embargo, no le resta interés al análisis de Altamira.

Ha sido un resultado político conservador, aunque la caracterización no sea del agrado de los analistas del «progresismo». Las clases sociales explotadoras aprecian el desenlace de las elecciones como un factor de «normalización política» frente a la «política de las calles». Hasta se admiran de que la pelea del peronismo bonaerense no haya provocado otra gresca más que la protagonizada por acaparadores de paredes hace dos semanas. Esperan ahora que el gobierno utilice el aval electoral para completar el trabajo de «recuperación económica» mediante tarifazos, el acuerdo con el FMI y una nueva ronda de « flexibilidad laboral».

Debajo de la superficie, sin embargo, la cuestión de la estabilidad política aún está por resolverse. La amplitud de la victoria electoral del oficialismo ha recibido distintas mediciones -depende de quién haga el cálculo. Esta indeterminación pone de manifiesto su ambigüedad.

De un lado, una gran parte de los votos para el oficialismo son prestados porque están ligados a aparatos regionales o provinciales con intereses propios. Del otro lado, muchos votos opositores no son tales: los votos por el rosarino Binner, el cordobés Juez, el santiagueño Zamora, el correntino Colombi y así varios más, son votos más kirchneristas que los de sus rivales oficialistas Obeid, De la Sota o del PJ santiagueño, respectivamente.

El amontonamiento del kirchnerismo expresa un cambalache de tendencias, que no tiene ni orden ni rumbo. El caso de Salta es particularmente interesante porque los kirchneristas apoyaron al justicialismo oficialista, donde tenían a la segunda candidata al Senado, y al Frente para la Victoria, que capitanea un verdugo de los obreros del tabaco.

La lista oficial de Cristina Kirchner aplastó literalmente al duhaldismo, como lo demuestra la victoria completa y sin atenuantes que obtuvo en el Gran Buenos Aires. El hecho muestra la hondura del derrumbe del peronismo como aparato, porque cayeron en la picota platos fuertes como Cacho Alvarez de Avellaneda, el eterno Quindimil de Lanús y el aparentemente imbatible Mussi, de Berazategui (aunque en este caso se dice que «arregló» con el gobierno sin anunciarlo).

Pero el conflicto del peronismo bonaerense todavía no llegó al hueso, porque aún no ha puesto en evidencia el choque de intereses sociales que hay detrás de este conflicto. Lo cierto es que luego de las elecciones, Kirchner se va a ver obligado a dejar de juntar y a ponerse a delimitar. Las divergencias con un Macri o un Sobisch no alcanzan para establecer una delimitación nacional de fuerzas.

Delimitar será, por lo tanto, provocar crisis mayores a las conocidas. Llegamos de este modo a la conclusión típicamente contradictoria de que el amontonamiento kirchnerista tiene como contrapartida una mayor desintegración del peronismo.

La labor confusionista del oficialismo tiene un resultado revolucionario, aunque este resultado no lo inicia el kirchnerismo sino que es la consecuencia obligada de las contradicciones de un movimiento cuya función histórica está superada desde hace mucho tiempo
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• Sin aparato

El aparato peronista es el resultado de un largo proceso histórico, el cual prohijó incluso a Kirchner. El poder personal de Kirchner no tiene un aparato de base ni podrá ser creado artificialmente desde arriba o simplemente cooptarlo del viejo peronismo. De darse este último caso, saltaría por el aire el mito en el que insiste en encubrirse Kirchner. El amontonamiento electoral exitoso que logró Kirchner obedece al dato más objetivo que puede ofrecer la realidad: tres años de crecimiento de la producción a tasas elevadas, que psicológicamente impacta todavía más por la bancarrota de 2001.

Si se hace abstracción de un cambio en los factores económicos de conjunto (una gran abstracción, claro, dadas las fuertes tendencias a una crisis financiera internacional y a una crisis política en Estados Unidos que puede voltear al vicepresidente), la variante más probable es que Kirchner continúe con sus maniobras de amontonamiento hasta que se enfrente con los brotes de una crisis económica o con una agudización de la lucha de clases.

Cualquiera estaría tentado a redefinir el carácter político del gobierno, luego de las elecciones, y presentarlo como « bonapartista». Es lo que hicieron, en cierto modo, Alberto Fernández y Pampuro cuando caracterizaron el resultado electoral como un «plebiscito». O sea que otorgó a Kirchner un mandato que lo coloca por encima de las instituciones y de los partidos.

Podríamos añadir que, según cómo se calcule ese resultado, Kirchner ha obtenido incluso un superplebiscito. Pero precisamente por amontonar toda clase de tendencias bajo un mismo resultado esa votación mayoritaria está privada de un contenido político definido. La capacidad para imponer un arbitraje político personal a las clases sociales y a los conflictos entre ellas tiene que primero demostrarse en los hechos y luego validarse en los votos; no al revés.

Los opositores ficticios o reales al gobierno no han conseguido en las elecciones ningún aval para tomar iniciativas independientes, ni tampoco quiere esto la clase capitalista, que se está enriqueciendo con la política económica oficial. Los opositores patronales de centroderecha o de centroizquierda están forzados a un inmovilismo; Carrió ya encontró la justificación para parar eso al decir que la «sociedad no la entiende». Estarán a la espera de un convite o movida del gobierno. La discusión del Presupuesto de 2006 podría dar alguna indicación de los futuros alineamientos. La posibilidad de un frente centroizquierdista encabezado por Binner se encuentra completamente condicionada al éxito o fracaso de la tentativa oficial de Kirchner. Pero si Kirchner fracasa, el centroizquierdismo aparecerá como un recurso de la burguesía para contener y encauzar el descontento popular dentro de los marcos capitalistas. No es una alternativa para el pueblo sino un probable salvavidas para el capital. La manifestación práctica más clara del estadio prebonapartista del gobierno es que las elecciones no le han dado mandato para un tarifazo o para aceptar la exigencia del FMI de revaluar el peso.

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