"Kirchner ha logrado un amontonamiento de votos"
El candidato frustrado a diputado nacional por la Capital por el Partido Obrero e ideólogo principal del trotskismo criollo, Jorge Altamira, tiene una pluma ocurrente para tratar algunos temas. En el periódico partidario de su formación, «Prensa Obrera», hizo un análisis del resultado de las elecciones que interesa porque es el único -junto con el de Carlos Menem- que haya hecho un protagonista de esa jornada. La extravagancia de algunas percepciones, sin embargo, no le resta interés al análisis de Altamira.
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Delimitar será, por lo tanto, provocar crisis mayores a las conocidas. Llegamos de este modo a la conclusión típicamente contradictoria de que el amontonamiento kirchnerista tiene como contrapartida una mayor desintegración del peronismo.
La labor confusionista del oficialismo tiene un resultado revolucionario, aunque este resultado no lo inicia el kirchnerismo sino que es la consecuencia obligada de las contradicciones de un movimiento cuya función histórica está superada desde hace mucho tiempo.
• Sin aparato
El aparato peronista es el resultado de un largo proceso histórico, el cual prohijó incluso a Kirchner. El poder personal de Kirchner no tiene un aparato de base ni podrá ser creado artificialmente desde arriba o simplemente cooptarlo del viejo peronismo. De darse este último caso, saltaría por el aire el mito en el que insiste en encubrirse Kirchner. El amontonamiento electoral exitoso que logró Kirchner obedece al dato más objetivo que puede ofrecer la realidad: tres años de crecimiento de la producción a tasas elevadas, que psicológicamente impacta todavía más por la bancarrota de 2001.
Si se hace abstracción de un cambio en los factores económicos de conjunto (una gran abstracción, claro, dadas las fuertes tendencias a una crisis financiera internacional y a una crisis política en Estados Unidos que puede voltear al vicepresidente), la variante más probable es que Kirchner continúe con sus maniobras de amontonamiento hasta que se enfrente con los brotes de una crisis económica o con una agudización de la lucha de clases.
Cualquiera estaría tentado a redefinir el carácter político del gobierno, luego de las elecciones, y presentarlo como « bonapartista». Es lo que hicieron, en cierto modo, Alberto Fernández y Pampuro cuando caracterizaron el resultado electoral como un «plebiscito». O sea que otorgó a Kirchner un mandato que lo coloca por encima de las instituciones y de los partidos.
Podríamos añadir que, según cómo se calcule ese resultado, Kirchner ha obtenido incluso un superplebiscito. Pero precisamente por amontonar toda clase de tendencias bajo un mismo resultado esa votación mayoritaria está privada de un contenido político definido. La capacidad para imponer un arbitraje político personal a las clases sociales y a los conflictos entre ellas tiene que primero demostrarse en los hechos y luego validarse en los votos; no al revés.
Los opositores ficticios o reales al gobierno no han conseguido en las elecciones ningún aval para tomar iniciativas independientes, ni tampoco quiere esto la clase capitalista, que se está enriqueciendo con la política económica oficial. Los opositores patronales de centroderecha o de centroizquierda están forzados a un inmovilismo; Carrió ya encontró la justificación para parar eso al decir que la «sociedad no la entiende». Estarán a la espera de un convite o movida del gobierno. La discusión del Presupuesto de 2006 podría dar alguna indicación de los futuros alineamientos. La posibilidad de un frente centroizquierdista encabezado por Binner se encuentra completamente condicionada al éxito o fracaso de la tentativa oficial de Kirchner. Pero si Kirchner fracasa, el centroizquierdismo aparecerá como un recurso de la burguesía para contener y encauzar el descontento popular dentro de los marcos capitalistas. No es una alternativa para el pueblo sino un probable salvavidas para el capital. La manifestación práctica más clara del estadio prebonapartista del gobierno es que las elecciones no le han dado mandato para un tarifazo o para aceptar la exigencia del FMI de revaluar el peso.




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