Néstor Kirchner se lanzó ayer en la quinta 17 de Octubre, en San Vicente (Buenos Aires), donde quedó reflejado el juego de desconfianzas mutuas entre el gobierno y Lupín: este último no quiere aparecer demasiado pegado al duhaldismo, aunque necesite del «aparato» bonaerense; al PJ de la provincia y a los funcionarios -salvo José Pampuro y otros-no le termina de gustar que, a nivel nacional, ellos hayan hecho el gasto y ahora pueda cobrarlo el santacruceño (a nivel local, les pasó algo similar con Felipe Solá, quien peleará la reelección). Pero Duhalde -que permaneció a 60 kilómetros de distancia y envió a su esposa, Hilda Chiche Duhalde, a la costa atlántica- manda y los demás (excepto la primera dama) obedecen. Graciela Camaño se movió de manera escurridiza en el auditorio de San Vicente, que ofició de plataforma para la «renovación» con Kirchner. Después de que su esposo, Luis Barrionuevo, despotricara contra el postulante, la ministra de Trabajo cumplió con sus obligaciones laborales, aunque trató de no ser retratada. Jorge Matzkin tuvo la excusa perfecta para eludir los primeros planos: llegó tarde a la cita porque venía de una audiencia que compartió con el Presidente e intendentes de Entre Ríos. El ministro del Interior se ubicó a un costado de la mesa principal. Simplemente, fue a cumplir. Hasta Eduardo Camaño se cuidó de hacer rostro.
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Como si se tratara de un voto vergüenza, muchos de los presentes pidieron no ser identificados en las crónicas periodísticas del día siguiente. Los únicos que daban con entusiasmo profusas nóminas de asistentes eran los delegados de Kirchner.
Apenas aparecieron 3 gobernadores a dar el sí: Solá, Gildo Insfrán (Formosa) y Eduardo Fellner (Jujuy). Jorge Busti no suspendió sus vacaciones en Brasil y Carlos Reutemann eligió el silencio, aunque no impidió que fuera Angel Baltuzzi, jefe formal del justicialismo de Santa Fe. Lo más sorprendente resultó que Antonio Cafiero no se dejara ver en este lar histórico.
• Confusión
Los 600 invitados (la mayoría, de compromiso), el calor reinante y la demora en comenzar el acto -producto de la habitual tardanza de Kirchner en cumplir con sus obligaciones-generaron confusión en la platea. Pampuro, por ejemplo, se quejaba de «nos falló la (senadora Malvina) Seguí». Le avisaron que la tucumana está alineada con Adolfo Rodríguez Saá, pero no le disgusta el peronismo de Anillaco.
A la hora del discurso, un Kirchner de saco y corbata (el grueso optó por camisa sport o, por lo menos, se quitó el saco al estilo Solá) habló del proyecto «nacional y popular» y le dedicó sólo una estrofa ambigua (y nada generosa) para homenajear al duhaldismo: «queremos consolidar de manera definitiva el proyecto de producción y trabajo que la Argentina está necesitando».
Mientras un kirchneriano (posiblemente, familiar) le gritaba: «Vamos, Néstor», la emprendió contra el menemismo. «A nosotros nos duele la Argentina que nos dejó la década del '90. Menem fue el mejor alumno del proyecto económico que se inició en el '76 con una corrupción estructural, un proceso de concentración económica totalmente gravoso para todos los argentinos y una distribución del ingreso absolutamente insostenible para un gobierno que se dice peronista», concluyó sin despertar más que un tibio entusiasmo. El único calor -y sofocanteera el del clima.
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