Kirchner obligó al jefe Bendini a bajar retratos de ex presidentes
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Notable el ejercicio de autoridad al que sometió ayer Néstor Kirchner al jefe del Ejército, Roberto Bendini. Lo comprometió para la posteridad en el gesto de retirar retratos de ex presidentes de facto de las paredes del Colegio Militar, mostrándolo subido a un banquito y bajando los cuadros.
«Soy un hombre que predica el amor y no el odio y el rencor», declamó Kirchner como si estuviera improvisando ante los 400 cadetes que lo saludaron con un marcial « buenos días, señor presidente».
«Nunca más, nunca más -repitió- las Fuerzas Armadas tienen que subvertir el orden institucional; el pueblo, con su voto, decide su destino; hay que terminar con los salvadores mesiánicos», pidió. «El terrorismo de Estado es una de las formas más injustificables y sangrientas que le puede tocar vivir a una sociedad. No hay nada, por grave que sea, que habilite el terrorismo de Estado», concluyó. Sólo aplaudieron, al final, los funcionarios del gabinete nacional. El resto calló, incómodo, desarmado a pesar de los sables o armas que llevaban. El silencio era estruendoso.
Sin Cristina Fernández de Kirchner (que se reservó para la ESMA), y acompañado por José Pampuro, el primer mandatario hizo un gesto con las manos, apenas se enfrentó con las fotos de los ex dictadores. Pareció decirlo todo. No terminó de susurrar «proceda» que ya estaba en marcha su pedido. El teniente general Bendini caminó como si conociera la orden de antemano, montó una escalera pequeña de madera con 3 peldaños -que estaba pegada a la pared-, descolgó el retrato de Videla y se lo entregó a uno de los dos ordenanzas que lo asistían cual funebreros.A continuación, repitió la operación con el de Bignone.
• Sonido de fondo
Como música funcional, se escuchaban las voces de los movileros que trasmitían en vivo para radios y canales de noticias, más un ruido de flashes y máquinas fotográficas de fondo. Los cuadros fueron a parar hasta el despacho del director del Colegio Militar, y en su lugar quedaron algunas manchas y los clavos que sostenían los marcos.
A las 11, una hora después de lo programado, el Presidente volvió al patio de honor y se ubicó delante de los funcionarios -entre ellos, los ministros Alberto y Aníbal Fernández, Rafael Bielsa, Gustavo Béliz, Carlos Tomada, Julio De Vido y Alicia Kirchner, de chaqueta verde militar y llamativos pantalones rosa pastel-y de los generales, dándoles la espalda, de cara a los estudiantes. Con el clásico saco cruzado sin abrochar, comenzó, circunspecto: «Nunca hubiera querido tener que estar en esta instancia».
Los cadetes, que esperaron formados desde las 9.30, siguieron escuchando. «Recordar el 24 de marzo es uno de los instantes más dolorosos y crueles de la historia argentina», avanzó Kirchner. «Los argentinos todos, civiles y militares, tengamos la responsabilidad que tengamos, tenemos que generar un acto de conciencia y de identidad que nos permita definitivamente entrar a marcar en el ángulo justo de la historia aquel hecho terrible y lamentable», sentenció casi sin respirar.
«Señores -se despidió Kirchner-, que el 24 de marzo se convierta en la conciencia viva de lo que nunca más se debe hacer en la Patria y que ese 24 de marzo, definitivamente, deje en ustedes, que son el brazo armado de la Patria, la conciencia de que esas armas que orgullosamente portan nunca más pueden ser direccionadas hacia el pueblo argentino.»




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