Hugo Chávez no termina de entender las razones por las que Néstor Kirchner lo está tratando con semejante frialdad en su visita a Buenos Aires. El programa que se desarrolla en estos días no alcanza a ser la sombra de aquel otro programado por los dos presidentes en junio, en los albores de la amistad entre ambos: en el gobierno venezolano están convencidos de que algo cambió con la visita de Kirchner a George W. Bush, en la segunda mitad del mes pasado.
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En aquel entonces, la entrevista con Chávez sería presentada como el encuentro de un «bolivariano» con un «sanmartiniano» (rol que debería adoptar Kirchner aunque sea para mantener la simetría) para proclamar juntos la restauración del «sueño de los Libertadores» contra el imperialismo (en aquel momento español, ahora norteamericano). El plan consistía en un viaje al paso de Uspallata (Mendoza), donde los dos mandatarios cabalgarían parte de la trayectoria de San Martín a lomo de mula y se intercambiarían réplicas de los sables de los próceres. En Buenos Aires, habría conferencias de prensa conjuntas y homenajes a los dos libertadores. Un ceremonial coherente con el «espíritu del 25 de Mayo» (así denominan los kirchneristas ortodoxos el sesgo adoptado por el gobierno el día de la asunción), cuando a Fidel Castro, Chávez y Kirchner sólo les faltaba usar el mismo traje para demostrar que eran parte del mismo equipo.
Algo cambió desde entonces y los colaboradores más inmediatos de Chávez creen que fue por obra del gobierno de Bush, que envió a Roger Noriega a pisarle los talones en Buenos Aires. Noriega es nada menos que el segundo de Colin Powell para la política latinoamericana de Washington. ¿En qué se refleja el cambio? Ejemplos: ayer Chávez pasó el día interrogán-dose sobre las razones por las que su «amigo» Kirchner pasó el día encerrado en la residencia de Olivos, sin invitarlo siquiera a tomar un café. Los piqueteros (convertidos en su mayoría en los «piqueteros de su majestad» por su veneración al gobierno) desactivaron su acto de Racing, previsto por Juan Carlos Alderete (socio político de Luis D'Elía) en el viaje que realizó a Caracas. No habrá Asamblea Legislativa -como había pensado Eduardo Camaño-sino una reunión conjunta en el Salón Azul del Congreso (la diferencia es que en ésta no se invita a ajenos al Parlamento y se reduce a los legisladores que quieren participar, de buena voluntad). ¿Conferencia de prensa? Tal vez la haya mañana, cuando Chávez vea a Kirchner. Pero hay que descartar el discurso original, anti Bush, anti ALCA, america-nista y basado en la hipótesis que ayer explicaba Alicia Castro en un corrillo del hotel Four Seasons, donde se aloja el presidente de Venezuela: «La sociedad argentina percibió el factor de inestabilidad del neoimperialismo norteamericano; se abre ahora la alternativa de una política sudamericana, que tenga a la región como un solo bloque político, como expresión de ese salto cualitativo».
Ahora, la postura de Kirchner parece más propensa a un inter-ambio comercial, como se le anticipó a la gente de Chávez el sábado, en Montevideo, en una gestión discreta de la Cancillería. Lo presumía el visitante venezolano desde que vio cómo su colega argentino se retiraba por adelantado de la ceremonia de asunción de Nicanor Duarte, en Paraguay, como si quisiera evitar una foto conjunta.
A falta del calor oficial, el venezolano se rodeó de sus seguidores locales. Hoy se verá con intelectuales adictos e inaugurará una cátedra en la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo. Chávez llegó a medianoche del sábado al hotel de la calle Posadas, acompañado por los amigos que lo habían recibido en el Aeroparque y la comitiva que lo secunda: Alicia Castro, el embajador «Fredy» Balzán, la subdirectora de Relaciones Internacional de la Presidencia venezolana, Delcy Rodríguez, y su edecán, el mayor Jorge Ceijas.
Ya en su domicilio porteño, Chávez estuvo rodeado por Miguel Bonasso (un clásico de este tipo de visitas hoteleras), Estela Caloni (periodista del diario «La Jornada» de México), Luis Bilbao (quien publicó dos libros entrevista con el venezolano), Humberto Tumini y Enrique Albistur, un «kirchnerista que no baja las banderas», como bro-mean quienes destacan que hizo todo lo que está a su alcance como secretario de Medios para que el visitante tuviera lucimiento (fue el inspirador del programa de TV que se emitió por «Canal 7» ayer).
Antes de retirarse a dormir, hacia la una de la mañana, Chávez recibió un regalo que le habían preparado desde hacía meses: un poncho tejido en Belén, Catamarca, con todas las variantes del pelo de la vicuña, desde la panza hasta el lomo (da un degradé muy difícil de lograr, que vuelve valiosísima la prenda). Nada casual el regalo: Simón Bolívar, en la Carta del Cuzco, dispuso la preservación de las vicuñas en toda el área andina. Bolívar gobernó Perú después de la retirada de San Martín, ausente de la escena sudamericana a partir de Guayaquil. Casi el papel de Kirchner en estos días.
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